09 abril 2006

Sobre la tradición, el folklore y los ángeles


Suele dividirnos a los españoles –entre otras cosas- hablar de tradición. Para demasiados, tradición es barbarie, a saber: tirar una cabra desde el campanario, alardear de cierto vocabulario grueso y obsoleto, o enquistarse en cierta moral estrecha y ensimismada. Son los responsables de que, para otros, tradición sea lo reprobable, lo que no nos deja avanzar, lo que hay que guillotinar de una vez por todas para ser definitivamente europeos. Entre tanto, unos pocos asistimos con desazón a la desintegración de las estructuras tradicionales, de los ritos, de los cantos, de los usos y de los objetos que han marcado nuestro cotidiano vivir o que, siendo el cotidiano vivir de nuestros antepasados, nos han hecho en buena parte a nosotros como individuos. Y pensamos que tradición no es recordar, ni conservar retazos de una tela ajada sobre los que llorar melancólicamente, sino reconocer nuestra identidad histórica y social en la confluencia del pasado, el presente y el futuro que cada uno de nosotros es.
En este espacio procuraremos el reencuentro con esas tradiciones que nos explican. Se trata entonces de conocer nuestro folklore y, sobre todo, otra vez, de re-conocerlo. Se trata también de que limpiemos para siempre lo folclórico del velo rancio con que nuestra reciente historia lo ha manchado, y de que nos hagamos más ricos y más libres con tesoros culturales con los que, de condenarlos al olvido, estaríamos cometiendo –ahora sí- una barbarie.
Pidamos ayuda, para empezar, a los ángeles.
Los cuatro angelitos que custodiaban nuestra cama infantil nos siguen haciendo falta: “Cuatro esquinitas tiene mi cama, / cuatro angelitos que me la guardan...”. Su vigilia protege a los niños de los malos sueños y los padres, al invocarlos, cumplimos con el deber imposible de velar por la felicidad de nuestros hijos en los terrenos cenagosos de lo onírico. La pequeña plegaria forma parte de la tradición oral de una millonaria comunidad humana: la han rezado y la rezan niños españoles, portugueses, latinoamericanos, sefardíes... Algunas versiones revelan la identidad de los ángeles (Lucas, Marcos, Juan y Mateo, dicen en Segovia) y los sefardíes de Grecia, por ejemplo, para quienes los angelitos son “malajimes”, atribuyen con certeza el poder de la custodia nocturna a Mijael, Gabriel, Uriel y Rafael, los ángeles del Apocalipsis. Más allá de esto, parece ser que el primer fundamento de estas figuras protectoras está en el Cantar de los Cantares, representado por la imagen de los cuatro guardianes que custodiaban la cama del rey Salomón. Invocarlos, en cualquier caso, nos devuelve la confianza infantil en el poder mágico de la palabra y sabe Dios si nos libra de los malos tiempos que siempre acechan: “El que esta oración dijere / cien días de perdón gana, / y el que a otro se la enseñe / no esperase cosa mala”.
Publicado en La Voz de Cádiz, el 31 de diciembre de 2004

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