21 junio 2009

Género, cultura popular, teoría crítica y transformaciones sociales


La Fundación Isonomía (Universitat Jaume I) organiza el curso Género, cultura popular, teoría crítica y transformaciones sociales (7, 8 y 9 de julio de 2009. Llotja del Cànem - Castelló de la Plana)


"El curso de verano “Gènere, cultura popular, teoria crítica i transformacions socials” pretende ofrecer un espacio para reflexionar, analizar y debatir sobre diversos aspectos que configuran el curriculum y que configuran la manera de ser de niños o niñas, de hombres o mujeres, del profesorado o del estudiantado en el sistema escolar. Pensamos que el feminismo ( los feminismos), los estudios culturales y la teoría crítica tienen mucho que aportar en la transformación del imaginario cultural, en la transformación de las desigualdades sociales de todo tipo y en la configuración del poder y del empoderamiento"

(Consol Aguilar, Directora del Curso)

Más información en:

http://isonomia.uji.es/

20 junio 2009

La novela y la ciudad. Jornadas Literarias


60º Cursos de Verano de la Universidad de Cádíz
JORNADAS LITERARIAS. LA NOVELA Y LA CIUDAD
(Conmemoración del 20º Aniversario del Programa de Verano
de la Universidad de Villanova y la Universidad de Cádiz)
Aulario La Bomba, 14 de julio de 2009

En 1989 la Universidad de Cádiz acogió el primer programa de verano de enseñanza del español para extranjeros, gracias a un convenio firmado con la Universidad de Villanova (Pennsylvania). Desde entonces y hasta ahora han sido muchos los alumnos y profesores de allí y de aquí que han descubierto la otra ciudad, ciudad imaginada y luego vivida tras cruzar el Atlántico. A tal descubrimiento contribuyó decisivamente Fernando Quiñones, que en los primeros años del programa fue guía y promotor de la ciudad de Cádiz y de su cultura, y cronista y poeta del paisaje de Villanova.

Estas Jornadas celebran veinte años de diálogo y cultura, y proponen –como Quiñones siempre alentó- nuevas miradas a las ciudades que, sin ser nuestras, nos acogen.

Coordinación
Profª. Dra. Mercedes Juliá (Universidad de Villanova)
Profª. Dra. María Jesús Ruiz (Universidad de Cádiz)

Programa

10:00 hs.
Antonio Gómez Rufo. Escritor
Madrid como personaje literario
11:30 hs.
Elvira Lindo. Escritora
Nueva York, miradas desde España
13:00 hs.
José Manuel Caballero Bonald. Escritor
La memoria como patria

17:00hs. Taller literario
Miguel Ángel García Argüez. Escritor
Construir ciudades invisibles

19:00 hs. Mesa redonda
Las ciudades de Fernando Quiñones: de Cádiz a Nueva York con escala en Venecia
Modera: Mercedes Juliá
Intervienen: Nadia Consolani / Jesús Fernández Palacios / Manuel J. Ruiz Torres / Nieves Vázquez

20:30 hs.
Clausura institucional de las Jornadas


Información y matrícula:
Vicerrectorado de Extensión Universitaria
Aulario La Bomba
Paseo Carlos III, 3 – 11003 Cádiz
Tlfno. 956 015 800 – Fax 956 015 891
e-mail:
extensión@uca.es
http://www.uca.es/web/actividades/estacionales/2009/200960cursosdeveranodecadiz

11 junio 2009

III Jornadas de Patrimonio Inmaterial

PROGRAMA III JORNADAS PATRIMONIO INMATERIAL
“La presencia de lo mágico en la tradición popular chilena”

Centro Cultural de España (providencia 927) – entrada libre

Martes 16 de junio, 19:00 hrs.
“La dimensión espiritual de los pueblos y su relación con “lo mágico”.

Invitados:

.Luis Barrie. Ingeniero en sonido, académico e investigador sobre paisajes sonoros.
.Jaime Blume. Doctor en literatura, académico de la universidad Católica de Chile e investigador en áreas de literatura y mito.
.Mafalda Galdames. Miembro de ANAMURI, Asociación de mujeres rurales e indígenas.
.Hugo Zepeda. Abogado, académico y teólogo.

Miércoles 17 de junio, 19:00 hrs.
“Elementos y valor de la religiosidad popular, creencias y supersticiones”.

Invitados:

.Catalina Darraidou. Periodista, máster en historia y gestión de patrimonio, autora del libro “Chile en Fiesta”.
.Claudio Mercado. Antropólogo, musicólogo y coordinador del Dpto. audiovisual del Museo Chileno de Arte Precolombino
.Renato Cárdenas. Investigador especializado en cultura chilota. Director del Archivo de Chiloé.
.Maximiliano Salinas. Historiador, académico de la Universidad de Santiago e investigador especializado en temas de cultura popular y el humor.


ORGANIZA:
Centro Cultural de España y Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares de la Biblioteca Nacional.
Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares, DIBAM
Embajada de España en Chile

10 junio 2009

Revista de Dialectología y Tradiciones Populares

La RDTP acaba de publicar su último número:
Naturaleza y Cultura, nuevas perspectivas antropológicas.
Más información en:

19 mayo 2009

Mario Benedetti

EL OLVIDO

El olvido no es victoria
sobre el mal ni sobre nada
y si es la forma velada
de burlarse de la historia
para eso está la memoria
que se abre de par en par
en busca de algún lugar
que devuelva lo perdido
no olvida el que finge olvido
sino el que puede olvidar

(Mario Benedetti, Viñetas de mi viñedo)

http://cocinagaditanadeldoce.blogspot.com/2009/05/el-aula-de-gastronomia-del-bicentenario.html

04 mayo 2009

Obras de Diego Catalán en internet


Se está publicando bajo licencia creative commons (permiso de copia y reproducción libre y gratuita, siempre y cuando se reconozca la autoría, y no se haga con fines comerciales):
1) En la bitácora Obras de Diego Catalán "La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación".
2) Una vez acabado el Romancero de la Cuesta del Zarzal, se ha comenzado a editar en aquella misma bitácora: *ARTE POÉTICA DEL ROMANCERO ORAL
Esta edición se lleva a cabo por un grupo de ciudadanos partidarios de la libre transmisión de la cultura, sin canon, ni derechos de autor, que trabajan sin ánimo de lucro, secundando este proyecto iniciado por Diego Catalán.
Amigos del Olivar de Chamartín

26 abril 2009

Saber y cantar en La Rioja

Javier Asensio García, Romancero general de La Rioja.
Logroño, Editorial Piedra de Rayo, 2008.
985 págs. + 2 CDs

Comenta Luis Díaz Viana, en algún momento de sus siempre lúcidas reflexiones sobre la cultura popular, que el deslumbramiento de recolectores e investigadores de la tradición oral se produce cuando advertimos que quienes nos transmiten su memoria poseen un saber inalcanzable para nosotros, y cuando, de este modo, caemos en la cuenta que los libros sólo nos proporcionarán una parte muy pequeña de la sabiduría que cabe en una vida humana. En el caso de la recolección de romances, tal impresión es inmediata y constante, quizás porque el transmisor de baladas convoca en su voz una memoria evidentemente centenaria y, sobre todo, porque al hacerlo teje una nueva ficción hecha de viejas fórmulas, que le pertenecen y a las que él pertenece. En definitiva, es inevitable la emoción del recolector ante un informante que sabe, la sensación casi de vértigo de que estamos ante un Homero.

El trabajo de Javier Asensio está hecho desde esa emoción y anhela esa sabiduría inalcanzable que lleva tantos años contemplando por tierras de La Rioja. Probablemente por eso se abra este frondoso repertorio con unas páginas dedicadas a dar fe –gráfica y textual- de las mujeres y hombres que han hecho el corpus, los que han convocado en su voz y en su esfuerzo poético la memoria de siglos y siglos. El estudio introductorio del autor prosigue en el deslumbramiento, e incorpora los retazos necesarios para que sepamos no sólo qué se canta y se cantó en La Rioja, sino también los porqués, esto es: la ocasionalidad y las razones humanas que persiguieron las baladas en este territorio.

Sin olvidar la categoría estética del corpus que publica, Asensio abunda en su estudio sobre la poética y la geografía del romancero, y facilita así a los no iniciados el camino libresco para comprender el milagro de la balada oral. Un camino emprendido por Menéndez Pidal y María Goyri y acrisolado por Diego Catalán en sus estudios de poética. Después, la ventana al sonido de La Rioja se abre espléndida para que contemplemos un repertorio abundantísimo y preservado con exquisito esmero, en el que hay que detenerse en los parajes de los romances históricos, y no dejar de recrearse en el de los romances devotos, singularmente adscritos al ciclo humano de la pasión.

De los casi doscientos cincuenta temas que componen este repertorio, hasta más de cincuenta podemos oír los CDs, y repetir así el imprescindible asombro de la memoria.

17 abril 2009

Paisajes naturales, paisajes humanos

Jornadas sobre el Parque Natural Sierra de Grazalema
Oficina Verde de la Universidad de Cádiz
Del 5 al 26 de mayo de 2009

14 abril 2009

Natacha recuerda la II República

Grupo de colaboradores de las Misiones Pedagógicas. Natalia Utray Sardá (1916-1994) es la primera por la izquierda


En Barcelona y en 1935 se estrenó Nuestra Natacha, de Alejandro Casona, una obra que revolucionó el teatro y la pedagogía de la época, que fue presentada y recibida como ejemplo de teatro "del pueblo y para el pueblo", y en la que la crítica anarquista vio un ejemplo de su idea de un teatro al servicio de la Revolución. La obra llegó a estrenarse en Madrid en febrero de 1936 y, tras el 18 de julio, en Valencia, una vez trasladado aquí el Gobierno de la República.

La obra pone sobre las tablas a Natacha -la primera mujer en España en obtener el título de doctor en ciencias educativas-, empeñada en renovar la pedagogía del Reformatorio de las Damas Azules, una vieja institución defendida en sus añejos y represores principios por la Señorita Crespo, la Marquesa y el Conserje, representantes de la mentalidad reaccionaria. Natacha fracasa en su intento, abandona el Reformatorio y funda, con otros compañeros, una granja de trabajo comunal, en la que desarrollar los nuevos principios.

Alejandro Casona (pedagogo vocacional y Director del Teatro del Pueblo de las Misiones Pedagógicas) lleva a los escenarios el ideario pedagógico krausista puesto en práctica por la Segunda República: la educación como fuerza redentora y transformadora de la sociedad, la necesidad de llevar la educación hasta el último rincón aldeano y hasta los grupos sociales más marginales, el rechazo al autoritarismo, a la severidad, a la sumisión y al respeto jerárquico, la condena del castigo como solución de conflictos y la defensa de la coeducación. Y concibe a Natacha como la personificación de “la mujer nueva, redimida y redentora, que en estos años lucha por su incorporación a la Universidad y a la vida pública”.

Para dibujar a su protagonista, Casona tomó referencias indudables de su madre, Faustina Álvarez (primera inspectora de enseñanza primaria del país), así como de otras mujeres contemporáneas decisivas en la transformación social, caso de María Goyri o de Victoria Kent. Pero parece ser que el modelo más próximo y el más homenajeado fue Natalia Utray Sardá, compañera del autor en las Misiones Pedagógicas, nieta de uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, licenciada en Historia y miembro, durante la guerra civil, del cuerpo de enfermeras del Ejército Republicano. En un momento de Nuestra Natacha, la protagonista de la obra alecciona a su compañero Lalo (alter ego de Casona en el texto) en estos términos: “Vaya a buscar a los pobres, a los enfermos, a los trabajadores que se nos mueren de tristeza en las eras de Castilla. Y repártase entre ellos generosamente. Lléveles esa alegría, enséñeles a reír, a cantar contra el viento y contra el sol”.

30 marzo 2009

La aventura de oír. Homenaje a Ana Pelegrín



El CEPLI de la Universidad de Castilla-La Mancha dedicará su II Jornada de Literatura Popular de Tradición Infantil a homenajear a la profesora Ana Pelegrín.

El encuentro se celebrará en Cuenca los días 6 y 7 de octubre de 2009.

Información y matrícula en: http://www.uclm.es/cepli/

Cruces de mayo

III curso de patrimonio etnológico
Cruces de mayo: Músicas, sonidos y palabras



El curso “Cruces de Mayo: Músicas, Sonidos y Palabras” plantea aunar las ideas de rituales festivos y las músicas, toques y cantes, tomando como base representativa a las “cruces de mayo” o “fiesta de las cruces”, dado su especial relevancia en Huelva y en el mismo Alosno, sede del curso. Se trata del tercer curso organizado desde la Universidad de Huelva con el fin de profundizar en el conocimiento y estudio del Patrimonio Etnológico, fundamentalmente centrado en la riqueza patrimonial de la provincia de Huelva y con el objetivo temático de las Cruces de Mayo.


Alosno (Huelva)
23-25 de abril de 2009
Salón Sociocultural Antonio Machado
Sede de A.D.R.A.O.

Curso de Extensión Universitaria de la Universidad de Huelva

(30 horas lectivas reconocibles como 2 créditos de libre elección)

Más información en: http://www.uhu.es/pcultural/

23 marzo 2009

Patrimonio oral y progreso humanista


Juan Ignacio Pérez y Ana María Martínez,
El placer de escuchar. Guía para dinamizar la literatura oral en Andalucía. LitOral, Asociación para la Difusión de la Literatura Oral, 2008

El placer de escuchar es una propuesta valiente, rayana en lo temerario, por reincorporar a la educación –y a la vida- de las gentes de Andalucía su propio patrimonio oral, ciertamente deshilvanado por la estandarización cultural que, en este Sur de cruce de caminos y de aluvión, se viene padeciendo más que en otras tierras.

Quizás defender a estas alturas que la tradición oral no es arqueología sea en exceso optimista, pero deviene como propósito real en cuanto que –como proponen los autores de este libro- quedan ámbitos en el que sólo la tradición oral puede restablecer la salud social. Ámbitos como la educación y la dinamización cultural, para los que el patrimonio intangible, el folklore, ya se ha probado como herramienta positiva.

El entusiasmo que caracteriza a los investigadores de la tradición oral es idéntico al que surge en cualquier persona interrogada por su memoria. Se produce por el descubrimiento de lo extraño en lo propio, por el re-conocimiento de la identidad y por el deslumbramiento al advertir que estamos hechos de recuerdos, no sólo de recuerdos individuales, sino de todos los recuerdos de todos los que nos precedieron. Con esta garantía, todavía es posible –y la verdad es que es obligado- trabajar en la recuperación y la divulgación del folklore y sistematizar modos e instrumentos para hacerlo.

El placer de escuchar aclara y ordena un frondoso mundo de textos tradicionales que, a primera vista, ofrecen el aspecto de un bosque enmarañado y confuso. Sus autores, sin embargo, trazan líneas divisorias –que no fronteras inexpugnables- y dibujan un huerto limpio y riquísimo de frutos en el que recoger la cosecha de canciones, romances, retahílas, adivinanzas, leyendas y oraciones. Lo ponen fácil. Y a partir de aquí no hay excusa para que los educadores y los activadores culturales dejen de lado la propia cultura de sus destinatarios.

La guía cuenta también con un decálogo de buenas prácticas que trabaja el esencial respeto al documento folklórico y a los transmisores de ese documento, y que traza líneas maestras para proceder a la divulgación del material sin caer en ciertos peligros que continuamente acechan tal labor. Porque lo cierto es que, al recoger tradiciones orales, acumulamos un material sumamente sensible, dúctil, frágil por lo efímero y por lo intangible y, por tanto, fácilmente manipulable. De ahí que nos preocupe que la comercialización frívola y la simplificación atenten tan repetidamente sobre él.

Quizás, en fin, lo más crucial de El placer de escuchar sea la capacidad desplegada para crear o consolidar redes humanas: entre los recolectores, investigadores y profesores que se acercan a la tradición continua u ocasionalmente, y entre quienes recogemos documentos folklóricos y los transmisores que, a partir de aquí, se proponen como protagonistas activos de su legado.
Publicado en Tantágora, 8 (primavera 2009), págs. 42-43

01 marzo 2009

Recuerdos de un columpio. Un reportaje de Daniel Pérez


Josefa Bautista tenía ocho años cuando su tía echaba el columpio en un olivo de La Pedrosa. Los mayores entretenían el domingo buscando palmitos, espárragos o tagarninas. Los jóvenes hacían un corro alrededor de la bamba. La primavera acababa de reventar en los prados de la Sierra y el río bajaba crecido. El pueblo se sacudía poco a poco la resaca gris del invierno y salía al campo, a celebrar la vida. Entonces, entre mecida y mecida, las mocitas cantaban: El columpio es un rosal / la que se mece una rosa / las dos están estirando / vaya una cosa preciosa. Es cierto que en una sola canción cabe un quintal entero de recuerdos juveniles. Josefa -al igual que las arcenses Mercedes, Mari Ángeles o Soledad-, lo reconocen ahora, a sus 61 años: ése, exactamente, es el compás al que bailó su infancia.

Los investigadores María Jesús Ruiz, José Manuel Fraile Gil y Susana Weich-Shahak se ha propuesto que ese patrimonio intangible «pero no invisible» que forma parte de la personalidad cardinal -individual y colectiva- de tanta gente no caiga en el olvido. Por eso acaban de publicar Al vaivén del columpio, un libro -CD editado por la UCA y la Diputación de Cádiz que rescata los últimos testimonios orales de quienes conocieron, en persona, esta singular forma de cortejo. El trabajo recopila una amplia selección de las coplillas, romances y versos que los enamorados se regalaban en las plazas, huertas, patios y jardines, además de otros puramente asociados a los juegos infantiles. «Se trataba de un ritual transgresor con las normas sociales, que contaba con sus propias reglas y que incluso se desarrollaba especialmente con determinadas épocas del año, en las que los estrictos preceptos morales parecían relajarse», cuenta María Jesús Ruiz. Soledad Roldán, a sus 68 años, tiene un recuerdo vivo de las matanzas de cerdos en la Finca del Valiente. Terminaba marzo o arrancaba abril y había que aprovechar ese entretiempo para abrir los animales y conservar la carne antes de que el calor pudiera echarla a perder en el proceso. Mientras las mujeres del pueblo se aplicaban a la tarea, las niñas hacían cola ante el columpio. A la niña que está en la bamba/ se lo quisiera decir/ que se baje, que se baje/ que otra se quiere subir.«Las canciones y las mecidas iban parejas, no se entendía una cosa sin la otra», dice Soledad. Y la espera formaba parte del «ritual». Las niñas empujaban antes de tener derecho a subir a la silla de oro, un acto cargado de significación antropológica, como bien explica el libro. El columpio entroniza con las mayas, «que durante siglos encarnaron la divinización de la primavera y de lo femenino en pueblos y aldeas de España».

La fila iba rotando. Aquella soga echá a la rama poderosa de cualquier árbol y con un saco de paja como asiento, era mucho más que un divertimento. Cuando llega el turno a los mocitos y mocitas, comenzaba el galanteo. Toma niña estos cuartos y toca en aquel cristal y dile a aquel mozo rubio que me venga a columpiar. Ese filtreo, más o menos encubierto pero aceptado, arrancaba en el campo a partir de mayo y duraba hasta San Juan. «La estación del amor, la llamaban -explica Ruiz-, porque los jóvenes campesinos aprovechaban para conocerse y entablar relaciones».María Morales, de Puerto Serrano, subía con otras muchachas, los domingos de fiesta, a la Ermita del Almendral. «Todo era muy inocente, era un juego tontorrón, que no tenía nada de mala intención. Nos cantábamos las coplas, con los mayores delante, y nadie se enfadaba, aunque había quien ponía la cara larga», recuerda, a sus 82 años. Siempre era la mujer la que subía al columpio y el hombre el que la empujaba, y podía así «rozarla, cogerla por las caderas, hacerla sentir el vértigo, con todo lo que aquello tenía de atrevido y excitante». La conversación también debía de someterse a un discreto maquillaje en forma de indirectas, insinuaciones y, por supuesto, coplas. «Las había de todo tipo, desde las de ofrecimiento a las de desdén, pasando por los clásicos intercambios de pullas en clave de mofa, que alegraban a la concurrencia».Todo el proceso tenía algo de sensual, de transgresor. Los autores recogen las preocupaciones de muchas de las mujeres entrevistadas por guardar recato sobre el columpio y al uso de pañuelos, correas y otras ataduras «para que las faldas no volasen, pero también para aumentar el interés de los asistentes». Dale las columpiás grandes / que te quiero ver las ligas / y te quiero retratar / de la cintura para arriba. O esta otra: La niña que se mece y no le cantan, es porque tiene sucias las enaguas blancas. El doble sentido, en algunos casos, es muy evidente: Cuando me subo al columpio, la sangre se me precipita y si me empujan con fuerza, se me remueven las tripas.En Cádiz, el Carnaval se prestaba a «este rito de inversión, que encajaba perfectamente con la idea misma de estas fiestas como un momento en el que el control se relaja y es posible hacer cosas prohibidas o mal vistas en el resto del año, como tocarse o hablarse hasta el miércoles de ceniza».

El Franquismo, siempre vigilando puntillosamente la moral ajena, prohibió el rito, así que muchas de estas coplas, asentadas desde hacía siglos en el acervo popular, pasaron de pronto a la clandestinidad. María Ángeles Ordóñez, de Arcos, recuerda cómo había letras autorizadas («que ella misma cantaba en uno de los patios del Paseo del Boliche»), y otras que no podían entonarse en público. «Mi madre, cuando hacía las faenas del hogar, susurraba, casi involuntariamente, alguna de esas bamberas, y después me decía: esto no lo cantes en la calle». Precisamente, esa vulneración de los protocolos sociales más estrictos, aunque fuera en la intimidad, es la que ha permitido que ese patrimonio oral no se perdiera del todo.«Tenemos la suerte de haber encontrado a gente que nos ha querido regalar su mayor tesoro: la memoria», explica María Jesús Ruiz, que encuadra la recuperación de ese legado en la necesidad de «reencontrarnos con todo lo que fuimos, algo que muchos aún pretenden manipular». El Franquismo «también intentó enterrar estas canciones en las cunetas; incluso quiso enterrar las ganas de cantar de mucha gente».No lo consiguió. Para demostrarlo basta con escuchar a Cati Carrera, Mercedes Galiana, Josefa Bautista, Soledad Roldán, Leonor García, María Ángeles Ordónez, Aurora Rodríguez, María Morales, Carmen Durán...

Publicado en La Voz de Cádiz, 1 de marzo de 2009

dperez@lavozdigital.es

27 febrero 2009

La Comunidad de Madrid cataloga el Olivar de Chamartín según los deseos de Diego Catalán




La Comunidad de Madrid protege el Olivar de Chamartín con sus 150 olivos centenarios y tres edificios emblemáticos -Promueve su incorporación al Catálogo de Parques y Jardines y al Catálogo de Edificios Protegidos-Este espacio natural de gran valor botánico es un enclave fundamental de la vida cultural de la capital -El Consejo de Gobierno aprobó hoy la modificación puntual del PGOU de Madrid para la conservación de esta zona verde en el centro26 febrero 2009.- La Comunidad de Madrid protege el antiguo Olivar de Chamartín, una parcela de 14,5 hectáreas en la que destacan 150 olivos centenarios y tres edificios de gran valor histórico y cultural. Este terreno se encuentra dividido en tres fincas cada una de ellas contiene una edificación emblemática que se corresponden con la Fundación Castillejos, la residencia de la familia Castillejos Claramunt y la Fundación Menéndez Pidal, propiedad de la Fundación Areces.Para su protección, el Consejo de Gobierno aprobó hoy la modificación puntual del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de Madrid para la parcela que ocupa el Olivar de Chamartín, comprendido entre las calles Menéndez Pidal, Henri Dunat, Padre Damián y Alberto Alcocer, según informó el vicepresidente y portavoz, Ignacio González.La singularidad de este espacio radica en el valor de sus zonas verdes, en su significado como reducto agrícola en el centro de la ciudad, y en su altísimo interés cultural e histórico como enclave fundamental en la vida cultural de España a lo largo del siglo XX, y donde aún hoy se organizan importantes proyectos culturales. Con esta iniciativa el Ejecutivo regional preserva los valores naturales de los jardines y el patrimonio histórico y cultural que representan las edificaciones que contiene el Olivar.


Publicado en www.madrid.org

En defensa del Olivar de Chamartín:

http://olivarchamartin.blogia.com/





21 febrero 2009

Cádiz gusta: cocina gaditana del Doce


Presentación del Proyecto Cádiz Gusta

26 noviembre 2008

Al vaivén del columpio


María Jesús Ruiz / José Manuel Fraile Gil / Susana Weich-Shahak
Al vaivén del columpio. Fiesta, coplas y ceremonial (libro + CD)
Universidad de Cádiz - Diputación de Cádiz
2008

Todo el complicado ceremonial del cortejo amoroso se realizó muchas veces al vaivén acompasado de este pasatiempo. Los mocitos andaluces de calañés ladeado, los majos de montera que en la Corte mecieron a la manola de guardapié hinchado, los mancebos judíos que matexaban a las alhasbas de Alcazarquivir o Tánger,... todos ellos columpiaron a su elegida para obtener en público su gracia. Ese grabado decimonónico tuvo por marco el canto, y por cristal, los chillidos, componiendo un cuadro colorista y abigarrado que nada tuvo que envidiar a El columpio rococó que pintó Fragonard en la empolvada Francia del XVIII.
Con la Conquista española, la costumbre pasó a América y se acendró allí con tintes y cualidades propias; de modo que, al doblar la esquina que separó los Siglos XIX y XX, los columpios y meceores no cejaban su vaivén en todo el ámbito hispánico. Pero, mientras el pasado Siglo despeñaba sus décadas, la práctica del columpio y el ceremonial amoroso que lo envolvía abandonaron las plazas, huertas y jardines para refugiarse en el viejo mundo de lo infantil, cajón de sastre donde –al decir de Menéndez Pidal- todo rasgo tradicional y folklórico encuentra acogida.
Este libro rescata los últimos testimonios orales de quienes conocieron la costumbre como práctica de jóvenes y recoge las recreaciones literarias de quienes, contemplando el ritual, se sintieron deslumbrados. El Cd documenta las coplas y melodías que, con inmensa generosidad y a través de su memoria y su voz, nuestros informantes nos fueron allegando.
ÍNDICE

1.El columpio en Andalucía: una poética del galanteo.
2.El columpio infantil: al vaivén de la retahíla
3.El columpio entre los sefarditas: la matexa
4.El repertorio musical: las melodías
5.Referencias literarias y testimonios antiguos
6.Imágenes
7.CD. 31 temas (Península y Marruecos)
(12 €)

23 noviembre 2008

Pequeña memoria recobrada

Pequeña memoria recobrada. Libros infantiles del exilio del 39
Edición de Ana Pelegrín, Mª Victoria Sotomayor y Alberto Urdiales
Madrid, Ministerio de Educación, Política Social y Deporte, 2008

Estudio, catálogo y CD


Prólogo de Alejandro Tiana Ferrer

Presentación

Una aproximación a los libros infantiles en el exilio español (1939-1977), por Ana Pelegrín

Letras para cambiar el mundo. Los libros para niños en las Misiones Pedagógicas, por María García Alonso

La imagen exiliada, por Alberto Urdiales

Tarde de enero de 1923, por Juan Mata

Memoria de la escena. El teatro infantil de los exiliados, por Mª Victoria Sotomayor

De Sanabria a Buenos Aires: el destierro escénico de Alejandro Casona, por María Jesús Ruiz

La obra de Anna Muriá, por Miguel Desclot

Leoi-Kumea: un libro traducido al euskara para niños del exilio (asombrosa adaptación al euskara de Le pétit lion de Jacques Prévert por Orixe), por Juan Kruz Igerabide

Memorias dun neno labrego y la obra de Xosé Neiras Vilas, por Blanca Ana Roig Rechou

El exilio interior y la recuperación de la memoria, por Nieves Martín Rogero

Catálogo de autores y obras (401 registros)

Índices

El exilio infantil es doblemente trágico: sale uno de la primera patria, la niñez, y lo arrojan a otro idioma, a una tierra de otros sonidos y de otros olores.

Ana Pelegrín nunca quiso resignarse al primer exilio, el de la infancia; cuando, lejos de Jujuy, se hizo aquí algo así como hispano-argentina, tampoco quiso resignarse a olvidar su idioma, esa lengua de voseos y melismas enigmáticos; y cuando acá y allá conoció el destierro de quienes acá tendría que haberse encontrado tampoco se resignó.

Probablemente esa tozudez tan proverbial y tan explícita la condujo a la utopía de recuperar para la memoria de todos la memoria de los exiliados del 39 que, en su diáspora americana, no se resignaron a abandonar a los niños que, aquí, les habían forzado a descuidar. Lo llamaron depuración.

Ana irredenta durante más de veinte años, rebuscando entre las viejas librerías de Buenos Aires, de Madrid, de México D.F.... hasta acumular un noventa por ciento de los "billiken" perdidos por el mundo. Ana irredenta reclutando amigos, colegas, para convencerlos (y lo hacía) de que lo más urgente, necesario y decente que podríamos hacer en nuestra vida era ponernos a trabajar en la pequeña memoria, y recobrarla. Ana irredenta convenciendo a políticos e instituciones (y lo hacía) de que era un deber moral inexcusable, una simple cuestión de respeto, exhibir en un libro lo irrespetuosa que fue la guerra y la dictadura con los niños de acá.

Pequeña memoria recobrada no pide permiso para recordar porque Ana Pelegrín siempre fue niña y desobediente. Y en ese estado de gracia vivió, murió y vive con nosotros.

Fabián Amador Jiménez, un gitanico navarro


Cuentos maravillosos de un gitanico navarro: Fabián Amador Jiménez
Recopilados por Javier Asensio y Helena Ortiz Viana
libro + CD-ROM
Editorial Piedra de rayo, 2008
"No tendrían más que patatas y castañas para cenar, pero su espíritu se alimentaba con historias de gigantes, duendes y héroes de la épica medieval; no se relacionarían con los señoritos del pueblo, pero en su casa se codeaban con Carlomagno, Roldán y los Doce Pares de Francia; no viajarían mucho más allá de las ferias de los pueblos cercanos, pero con su imaginación habían llegado hasta el río Jordán, al castillo donde irás y no volverás y a los palacios del rey Escorza, que, pese al apellido, no debía ser navarro..."
(Los autores)

13 noviembre 2008

Jornadas de tradición oral y folklore en la Universidad Popular de La Rioja


La Universidad Popular de La Rioja celebra entre los días 11-14 de diciembre de 2008 sus Jornadas de Tradición Oral y Folklore
«La Universidad Popular es un terreno nuevo donde todos puedan entrar, donde se presente la enseñanza con ropajes de fiesta y se sirva la ciencia como una diversión»
(Vicente Blasco Ibáñez. Valencia 1903)
PROGRAMA
Jueves, 11 de diciembre
Auditorio del Ayuntamiento de Logroño
20:00 hs.
Arboleras en concierto. Romancero sefardí
Viernes, 12 de diciembre
Centro Cultural CajaRioja
18:00 hs. Susana Weich-Shahak
Tesoros del romancero sefardí de tradición oral
19:00 hs. José Manuel Fraile Gil
Ritmos de la tradición hispana
20:30 hs.
Presentación del libro Romancero General de La Rioja, de Javier Asensio García
Sábado, 13 de diciembre
Centro Cultural CajaRioja
10:00 hs. María Jesús Ruiz
Coplas amorosas y retahílas infantiles en el ritual del columpio
11:00 hs. José María Pastor Blanco
El dialecto riojano
12:00 hs. Mª Cruz Garrido
La voz femenina en el cancionero de corro
Domingo, 14 de diciembre
Viaje a Urueña, Villa del Libro (Valladolid)
más información en:

31 octubre 2008

Exilio, teatro y teatralidad


IX CONGRESO INTERNACIONAL
EXILIO, TEATRO Y TEATRALIDAD

Universidad de Deusto

Donostia-San Sebastián, del 5 al 7 de noviembre de 2008

HAMAIKA BIDE HOMENAJEARÁ EL TEATRO DEL EXILIO




Miércoles 5 de noviembre


10:45-11:30. Conferencia inaugural
José Monleón (IITM – Director de la Revista Primer Acto): “Memoria histórica y exilio interiror durante la Dictadura”

11:45-13:00. Ponencias

· Nigel Dennis (University of St. Andrews): “Al resplandor de la hoguera: política y teatralidad en La niña guerrillera, de José Bergamín”
· Mª Pilar García Negro (Universidad de A Coruña): “La obra dramática de Castelao como puente entre las dos orillas del Atlántico”
· Carlos Mata (GRISO – Universidad de Navarra): “El mito del Don Juan, del Siglo de Oro al exilio español republicano: Ardor con ardor se paga de José Ricardo Morales”
· Pilar Moraleda (Universidad de Córdoba): “El casticismo como añoranza en dos sainetes de Pedro Salinas”
· Agnes Toda i Bonet (UPV-EHU): “Maria Aurèlia Capmany y Preguntes i despostes sobre la vida i la mort de Frances Layret”
· Mª Jesús Ruiz Fernández (Universidad de Cádiz): “Exilio y melancolía del teatro popular de Alejandro Casona”
· Antonio Plaza (IES Blas de Otero – Madrid): “El teatro proletario en España, 1931-1936”


18:00-19:00. Ponencias. “Teatro y exilio vasco”.
· Patri Urkizu (UNED): “ Euskal antzertia erbestean (1937-1959)”
· Gorka Aulestia (UPV-EHU): “José Antonio Arkotxa eta antzerki-lanak”

19:00-20:30. Ponencias. “Teatro y exilio vasco”

· Xabier Mendiguren (Elkar Argitaletxea): “Telesforo Monzonen antzerkia: kanpoan baina etxean”
· Iñaki Azkarate (Hamaika Bide Elkartea): “Antzerki folklorikoa eta ideologia Ruiz Anibarro-n”
· Iñaki Adúriz (Hamaika Bide Elkartea): “Kantutik eta interpretaziotik saiakera kritikora (Bokazioa eta konpromisoa Isidoro Fagoaga Larracherengan)”


Jueves 6 de noviembre

10:00-12:00. Ponencias.

· Rosa Peralta (Universidad Autónoma de Barcelona): “La escenografía del exilio, una visión analítica”
· Iñigo Sarriugarte(UPV-EHU): “De escultor y pintor a escenógrafo: Alberto Sánchez y su exilio en la URSS”
· Teresa González de Garay (Universidad de La Rioja) : “Tres en uno: un auto sacramental en el exilio”
· Helena Buffery (University of Birmingham): “Representar ‘la tierra cautiva’…”
· María Bueno (Revista Ficciones): “Compases de una música de nardos: La voz de Pepita Embil”
· Patxi Paliza (Ayuntamiento de Karrantza): “‘Vladimiro’: De niño de la Guerra Civil española a bailarín y coreógrafo clásico”
· Jesús Bozal (Escuela Oficial de Idiomas - Soria): “Manuel García Sesma: teatro, enseñanza y radio en el exilio de México”
· José Ramón Zabala (Hamaika Bide Elkartea): “Poesía y exilio en la canción de Paco Ibáñez”

12:15-13:00. Conferencia.
· Ricardo Doménech (Catedrático de dramaturgia y dirección de escena y crítico teatral)

18:00-19:30. Ponencias.

· Nerea Navarro Mercero (Periodista): “Andoni Arozena, antzerkia euskara indartzeko oinarritzat jo zuen euskaltzalea”
· Idoia Gereñu (Universidad Carlos III): “Antonio Mª Labayen, euskal antzerki gizona”
· Larraitz Ariznabarreta (BHI Txingudi): “Pedagogia xede Martín Ugalderen antzerki lanean”

19:30-20:15. Función teatral-Lectura dramatizada.

A cargo de los alumnos de 3º del Taller de Artes Escénicas de Donostia (TAE), con textos de Telesforo Monzón, Max Aub, José Martín Elizondo y Pedro Salinas.

Viernes 7 de noviembre

9:30-11:45. Ponencias.

· José Ángel Ascunce (Universidad de Deusto): “El teatro vasco en castellano en el exilio de 1936”
· Iñaki Beti (Universidad de Deusto): “El teatro reivindicativo de Cecilia G. de Guilarte”
· Maravillas Villa (Profesora de instituto): “¿Por qué las mujeres escriben tan poco teatro? Cecilia G. de Guilarte: dramaturga en el exilio”
· Jesús María Lasagabaster (Crítico literario): “Entre la fantasía y la utopía. A propósito de Ir a una estrella, Cástor Narvarte”
· Mercedes Acillona (Universidad de Deusto): “El teatro de Unamuno y la experiencia del exilio”
· Presentador: Mari Karmen Gil Fombellida (Hamaika Bide Elkartea)
· José Paulino Ayuso (Universidad Complutense de Madrid): “Margarita que se deshoja. Una breve temporada de la Xirgu en México”
· Víctor García Ruiz (Universidad de Navarra): “Pedro Salinas, Alejandro Casona y Víctor Ruiz Iriarte: El exilio y la comedia”
· Eduardo McGregor (Actor): “Exilio y teatro. México en la memoria”
· Juan Pablo Heras (Dramaturgo): “La Barraca en México: Álvaro Custodio, Amparo Villegas y la Celestina”

12:00-12:45. Ponencias. “José Martín Elizondo”
· Manuel Aznar (Universidad Autónoma de Barcelona): “Teatro y política en Antígona entre muros, de José Martín Elizondo”
· José Esteban Contreras (Université de Paris): “El esperpento en la obra de José Martín Elizondo”

12:45-13:00. Conferencia
· José Martín Elizondo (Director de escena y dramaturgo-Toulouse): “Andaduras teatrales: un itinerario en el exilio”

18:00. Conferencia de clausura de las Jornadas
· Alfonso Sastre (Dramaturgo)


18:30. Homenajes
Homenaje a Alfonso Sastre (Dramaturgo), José Martín Elizondo (Director de escena y dramaturgo) y Ricardo Doménech (Catedrático de dramaturgia y dirección de escena y crítico teatral)

25 octubre 2008

De la desaparición de la niñez

Ana Pelegrín, Cada cual atienda su juego. De tradición oral y literatura.
Madrid, Anaya, 2008.

Las líneas que siguen fueron escritas a principios del pasado julio. Ahora me consuela que Ana Pelegrín llegara a leerlas y que yo alcanzara a decirle cuánto me había emocionado y cuánto había aprendido con esta nueva edición del hermoso Cada cual... Para celebrarlo cantamos Los cinco lobitos. No he retocado el texto porque el amparo, la tutela y el cariño de Ana siguen y seguirán conmigo y, por lo tanto, no hablaré de ella en pasado.

De 1970 data un trabajo de Manuel Alvar al que es obligado volver de cuando en cuando para apreciar algunos de los elementos más sensibles y caracterizadores de la tradición oral (Patología y terapeútica rapsódicas: cómo una canción se convierte en romance). Habita en él una idea crucial, que tiene que ver con la consideración del texto oral como un ser vivo, sujeto, por tanto, a la voluntad de crecer y reproducirse, así como a la de rebelarse contra su extinción, asiéndose para ello a unos determinados mecanismos de supervivencia.

Si hay alguna zona de la tradición oral paradigma de tal vitalismo ésa es, sin duda, la infantil. Luchando contra viento y marea y en medio de las peores condiciones (es decir, ahogadas por el consumo del juego tecnológico y por la desintegración de espacios socializadores), las canciones y retahílas infantiles se mantienen como una expresión primordial del ser humano, como una necesidad vital. Aunque transformadas (vulgarizadas si se quiere, desritualizadas en muchos casos), esas pedacerías rimadas encierran bajo las siete llaves de su sinsentido gestos, ritos, símbolos, ritmos y letras que un día nos pertenecieron de pleno y que, de hecho, nos explican, y ofrecen a quien las contempla una belleza esperanzadora; como la belleza de El beso del Hotel de Ville, la fotografía de Doisneau en la que el amor desafía a la muchedumbre.

Quien mejor conoce el folklore infantil hispánico, Ana Pelegrín, reedita ahora la reflexión lúcida y el repertorio de Cada cual atienda su juego, un libro que, de cabo a rabo, descansa –que no duerme- en esa comprensión de la poética de los niños como arma cargada de futuro.

Cada cual... alimenta la certidumbre de que el ser es humano en cuanto que genera –para habitarlo- un pensamiento mítico, el de la infancia, que no es otro que el que, a partir de la edad adulta, intenta recuperar para así comprender (comprenderse). Restablece de tal modo la lógica del pensamiento salvaje (Bowra), haciendo inteligible la necesaria dimensión espiritual, que es a la vez física y mágica. Si se les concede el juego, los niños atravesarán su primera etapa vital seguros de pertenecer a la naturaleza, convencidos de que pueden obtener de ésta obsequios bienhechores (la lluvia, la luz...), y convencidos también de que sus manos, sus brazos, sus cuerpos, los ubican en la compañía de los otros. El juego es un seguro contra la soledad. Así se ejercita.

La palabra poética infantil tiene, por lo demás, una dimensión cósmica: más compañía, la del hombre con todos los hombres que le precedieron, un hilo conductor del que se ha desprendido la comprensión del rito, pero cuyos símbolos –en palabras de Pelegrín- han quedado confiscados por el folklore del niño. La luna benefactora, dadora de fortuna; el sol persiguiendo a los niños, animistas por ello, y los niños confiados en la magia de sus rimas, que hacen avanzar al sol; las naranjas que cantan porque tienen el sol entre sus gajos y porque quien las canta tiene voz de mujer; los niños viviendo en los árboles y propietarios del vuelo, en el columpio, como las doncellas atenienses evocadas por Rodrigo Caro para explicar que ascender y descender es la única forma de buscar por el cielo y por la tierra los cuerpos queridos.

Cada cual... asume, a su vez, el desmenuzamiento, el análisis, de las estructuras del decir poético de la infancia. Previo éste a las formas reguladas de lo culto y de la edad adulta, es reconocible (aquí por paciente disección) su organización lógica y limitada, y a la vez infinita: un puñado de movimientos esenciales (el binario, el enumerativo) sobre los que se despliega no una comprensión conceptual del universo, sino una aprehensión rítmica, básicamente lúdica, de todo lo importante. El repertorio de retahílas, cantinelas y canciones viene sencillamente a demostrarlo. Las manos y los dedos componen, en los primeros años, un teatrillo ambulante que, con media docena de representaciones, completan toda una dramaturgia (la de los cinco lobitos mimados por la mamá loba, la de los dedos hambrientos que colaboran para freír un huevo); después, los juegos y retahílas de sorteo, de azar, de persecución, de corro, de comba... ponen al niño en relación con sus contemporáneos y el grupo adquiere con sus rimas una sistemática comprensión de las leyes de la vida. Ni más ni menos.

De ello se acordaron muchos adultos creadores. Quizás crear, a partir del momento en que partimos desde la infancia hacia el exilio, no es más que recordar la patria. Es imprescindible recordar a los que recordaron. El penúltimo capítulo de Cada cual... cumple con tal deber y reúne textos de algunos de los que entendieron que nada más efectivo que una imagen, que una melodía de la infancia, para provocar una fantasía y desplegar una explosión de imágenes. Juan Rufo, Serrano Plaja, Lorca, Azorín, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Carmen Martín Gaite, entendiendo ésta el paso del tiempo, al cabo de los años, tal y como lo aprendió en el juego:
El tiempo transcurre a hurtadillas, disimulando, no le vemos andar. Pero de pronto volvemos la cabeza y encontramos imágenes que se han desplazado a nuestras espaldas, fotos fijas, sin referencia de fecha, como las figuras de los niños del escondite inglés, a los que nunca se pillaba en movimiento.
(Publicado en Educación y Biblioteca, septiembre-octubre 2008)

17 octubre 2008

Jornadas de Arte y Crimen (22-24 de octubre)

08 octubre 2008

2as Jornadas Franco-Españolas de Tradición Oral




Viernes día 24 de octubre
10,00 h.
Inauguración de las Jornadas por Ángel Gari, Carlos González, Javier Lacasta
y José Ángel Gracia: La tradición oral en Aragón: líneas de estudio actuales y
propuestas de futuro.
11,30 h.
Archivo del patrimonio inmaterial de Navarra: una propuesta para el desarrollo
rural sostenible, por Alfredo Asiaín. Archivo del Patrimonio Inmaterial de Navarra.
12,30 h.
Leyendas de moros y moras en la tradición oral de Aragón, por M.ª Jesús
Lacarra. Universidad de Zaragoza.
17,00 h.
El Dance aragonés y sus demonios. Aspectos regionales y suprarregionales,
por M.ª Luisa Mateo. IES Bajo Cinca de Fraga.
18,30 h.
La obra de Sara Llorens en la investigación de la literatura oral en Cataluña,
por Josefina Roma. Universidad de Barcelona.
19,30 h.
Proyección de la película Bozes Lexanas. Contará con la introducción de Juan
Miguel Gutiérrez (autor) y Kany Peñalba (productora).


Sábado día 25 de octubre

9,00 h.
La féminité primordiale de la terre dans la mythologie des Pírinées
Centrales. Mythes chthoniens dans la tradition orale contemporaine : hados,
damos et demaiselos, por Isaure Gratacos. Université de Toulouse.
10,30 h.
Hadas gasconas, qui ètz? Fées gasconnes, qui êtes-vous? por François
Pedegert-Saliou. Enseignante en classe bilingue occitan/français.
12,30 h.
Presentación de las últimas novedades bibliográficas de Ángel Gari, Vicente
Chueca y Frantz Petiteau.


Pequeña exposición bibliográfica relativa a los temas de Tradición Oral y
Patrimonio Inmaterial.


Salón de actos del Instituto de Estudios Altoaragoneses,
C/ Parque, 10 Huesca. Teléfono: 974 294 120


Cuota de inscripción:
10 euros; 6 euros para estudiantes y licenciados en paro que así lo justifiquen.
Número de plazas: 40
Forma de pago:
Se abonará en la sede del IEA o por transferencia bancaria a la cuenta del Instituto
de Estudios Altoaragoneses nº 3189-0200-19-1078351127 de MultiCaja, previa solicitud
de plaza en el IEA. Se remitirá al IEA la copia de la transferencia junto con el
boletín de inscripción y, cuando corresponda, la fotocopia acreditativa de reducción de
inscripción.

05 octubre 2008

Canciones infantiles


El CEPLI (Centro de Estudios de Promoción de la Lectura Infantil y Juvenil de la Universidad de Castilla-La Mancha) edita el facsímil de estas Canciones Infantiles (ca. 1917) de la mítica Sopena. Son 16 textos tradicionales ilustrados por Joan Llaverias, pintor y cartelista en publicaciones de humor político y libros para niños. La edición conmueve al recordarnos la actividad en torno a la educación infantil de las primeras décadas del siglo XX, la calidad de aquella pedagogía, el respeto por el folklore y por su uso en la formación de los niños.

03 octubre 2008

Narcocorridos


26 septiembre 2008

Trío Andana / Trasiego


22 septiembre 2008

La palabra y la memoria

La palabra y la memoria (Estudios sobre Literatura Popular Infantil)
Coordinadores: Pedro C. Cerrillo y César Sánchez Ortiz
Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, CEPLI, 2008

La palabra y la memoria recoge las aportaciones de la I Jornada Internacional de investigadores de Literatura Popular Infantil, cuyos participantes nos reunimos en Cuenca en septiembre de 2007. Invitados por el CEPLI (Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil), debatimos y conjeturamos en torno al estado de la tradición oral infantil y planteamos las posibilidades didácticas del material tradicional en el ámbito educativo. El encuentro -como ahora viene a demostrar el libro- se desarrolló con más optimismo y proyección de futuro que lo previsible. En contra de lo que pudiera esperarse, no dominó el tono elegíaco por la desaparición de la tradición oral en el ámbito de los niños (ese grado cero en el que, a decir, de Pidal, se refugia el folklore), sino el análisis de las nuevas formas de re-creación que la cultura popular infantil va adquiriendo, y las propuestas para la activación y el aprovechamiento de esa cultura popular. Los trabajos ahora reunidos recorren el mundo diverso de leyendas, cuentos, lírica, romancero, teatro, juegos, adivinanzas... y trazan un espacio de humanización de la infancia para el que aún estamos a tiempo.
Los autores volverán a reunirse en el próximo número de Ocnos (mayo de 2009), dedicado a la lírica popular infantil.
Luis Díaz Viana (CSIC). La memoria adolescente: miedos de hoy y supersticiones antiguas (o el viaje del campo a la ciudad en las leyendas contemporáneas)
Luisa Abad González (Univ. de Castilla-La Mancha). ¿Es útil la literatura de tradición oral en la sociedad del siglo XXI? Una mirada antropológica
Gabriel Núñez (Univ. de Almería). Noticia histórica del folklore: la "nueva ciencia"
Antonio Rodríguez Almodóvar. El folklore como huella de un diálogo intercultural perdido (En torno al cuento popular "La niña que riega las albahacas")
José Manuel Pedrosa (Univ. de Alcalá). Cuento popular, lecturas infantiles, vocación literaria
Amando López Valero y María López López (Univ. de Murcia). Cuentos de animales en la tradición oral murciana. Elementos recurrentes derivados de la comparación con las fábulas de Esopo
Carlos José María Silveyra. De la lírica tradicional al folklore infantil
Pedro C. Cerrilo (Univ. de Castilla-La Mancha). Literatura y juego: las canciones escenificadas infantiles
Pascuala Morote Magán (Univ. de Valencia). Juegos de niñas, entre lo tradicional y lo contemporáneo
María Teresa Miaja de la Peña (Univ. Nacional Autónoma de México). Hacia un adivinancero mexicano
Ana Pelegrín (Univ. Politécnica de Madrid). Retahílas tradicionales: el sentido del sinsentido
Eloy Martos Núñez (Univ. de Extremadura). Las canciones y otros elementos líricos como genotextos de cuentos y leyendas
Ramón F. Llorens García (Univ. de Alicante). La literatura popular infantil: entre la transgresión y el orden
José Manuel de Amo Sánchez-Fortún (Univ. de Almería). La literatura popular de tradición infantil en la formación inicial de los maestros
César Sánchez Ortiz (Univ. de Castilla-La Mancha). La voz escrita. La función educativa de la lírica popular infantil
Mª Carmen Utanda Higueras (Univ. de Castilla-La Mancha). El contexto de un texto: El viejo Timoféi y la tradición oral
Nieves Gómez López (Univ. de Almería). La encantada de los siete pozos y otros encantos
María Jesús Ruiz (Univ. de Cádiz). Vieja tradición oral y nueva pedagogía: el teatro infantil de Alejandro Casona
Armindo Mesquita (Universidade de Trás-os-Montes e Alto Douro, Portugal). Os tesouros da memória na obra de Alexandre Parafita para a infáncia
CEPLI

11 septiembre 2008

Ana Pelegrín (Jujuy, Argentina,1938-Madrid, España, 11 de septiembre de 2008)




Un tapiz carcomido, visible el desnudo armazón de hilos antes entretejidos, algunas hebras al aire, un desdibujado diseño, una cesta con ovillos de distintos colores para intentar su reconstrucción. Quizás un vitral hecho añicos con algunas imágenes a recomponer, pequeños trozos de cristal desperdigados, semienterrados pero centelleando en el arenal del tiempo, pasan como ráfagas para imaginar la tarea emprendida.

(Ana Pelegrín, "Retahílas tradicionales: las razones del sinsentido". Acaba de publicarse en La palabra y la memoria. Estudios sobre literatura popular infantil, ed. de Pedro Cerrillo y César Sánchez Ortiz, Universidad de Castilla-La Mancha)




Bibliografía Ana Pelegrín

Nota: en el caso de que un libro tenga más de una edición, citamos la última pues Ana Pelegrín suele corregir y aumentar sus trabajos.

Estudios

Cada cual atienda su juego. De tradición oral y literatura.
Madrid: Anaya, 2008. 2ª ed. ampliada.

Libro de Estampas y almanaque del niño.
Madrid: Comunidad de Madrid, 1989. 135 págs.

Repertorio de antiguos juegos infantiles.
Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1998. 496 págs.

Juegos y poesía popular en la literatura infantil-juvenil, 1750-1987
Madrid : Universidad Complutense de Madrid, 2001. CD ROM

La aventura de oír
Madrid: Anaya, 2004. 2ª edc. corregida y ampliada. 304 págs.

La flor de la maravilla: juegos, romances, retahílas
Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2006. 2ª edc. corregida . 384 págs.


Libros en colaboración

A. Malonda, A. Pelegrín, J. Bonino, y J. Carvajal
Expresión dinámica
Valencia: Centro de Orientación de Universidades Laborales - Instituto de Ciencias de la Educación de Valencia, 1971

A. Pelegrín y C. Ochoa
Dramatización: curso, música y dramatización
Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1976

A. Lyu, Pelegrín y M. Sanuy
La expresión dinámica: curso. Música y dramatización
Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1976.

“Juego simbólico, juego dramático”,
en: Música y Danza para el niño
Madrid. Instituto Alemán. 1979. págs. 93-104.

“El juego tradicional en la Literatura y el Arte”,
en: P. Cerrillo (ed.)
Literatura infantil de tradición popular
Cuenca: Universidad Castilla-La Mancha, 1993.

“Expresión corporal”.
en: V. García Hoz (ed.)
Personalización en la educación física
págs. 337-353. Madrid: Rialp. 1996

VV.AA.
El niño, etnografía de una vida que se crea.
Salamanca. Dip. Provincial. 1998.

“Catálogo de retahílas y canciones infantiles en Andalucía”,
en: P. Piñero, E. Baltanás y A. Pérez Castellano, (comps)
Romances y canciones en la tradición andaluza
Sevilla: Fundación Machado, 1999. [Separata].

Ana Pelegrin (Coord.)
Catálogo de Literatura Iberoamericana Infantil y Juvenil.
Madrid: Acción Educativa. 1999.

“Juego de aldeas y de niñez en textos hispánicos”, en:
El juego en el libro antiguo. Exposición bibliográfica.
Madrid: INEF-Universidad Politécnica de Madrid, 2000.

”Literatura de tradición oral”
en: J. M. Beltrán, J. Díaz, A. Pelegrín y A. Zamora
Folklore musical infantil
Madrid: Akal, 2002.

"Juegos y habilidades gimnásticas en aleluyas infantiles", en:
J. Díaz (coord.)
AAVV. Aleluyas.
Valladolid: Centro Etnográfico Joaquín Díaz - Tf! Etnografía, 2002

Libros juveniles del exilio español en Argentina (1939-1962)
en:
J. García Padrino, P. Cerrillo (coord.)
La literatura infantil en el siglo XXI, pags. 117-150.
Cuenca: Universidad Castilla La Mancha, 2001.

Antologías:

Deditos y cosquillitas.
Ilustraciones de S. Goldman
Madrid: Espasa Calpe. 2º edc. 1994. 40 págs

Misino Gatino.
Ilustraciones de J. R. Alonso.
Madrid: Espasa Calpe, 2º edc. 1997. 40 págs.

Raíz de Amor.
Madrid: Alfaguara. 8º imp. 1999. 144 págs.

Poesía española para niños
Ilustraciones de T. Gatagán
Madrid: Alfaguara, 2ª ed., 7ª imp. 2002. 152 págs.

Letras para armar poemas
Ilustraciones de T. Gatagán
Madrid: Alfaguara, 2ª ed., 3ª imp. 2004. 136 págs.

Poesía española para jóvenes
Ilustraciones de J. R. Alonso
Madrid: Alfaguara, 2ª ed., 7ª imp. 2005. 176 págs.

Huerto del limonar
Ilustraciones de R. Vivas.
Madrid: Edelvives, 2007. 146 págs.

Libros de texto

Pelegrín ;A
Juguemos con los "Picotes" 1: expresión dinámica, dramatización y educación teatral.
Zaragoza: Edelvives, 1971. 112 págs.
Pelegrín ,A
Juguemos con los "Picotes" 1: Guía para el profesor: creatividad, expresión, dramatización.
Zaragoza: Edelvives. 1971. 38 págs.

Los picotes en Aldeavieja 2: educación teatral, expresión corporal, juegos dramáticos, títeres.
Zaragoza: Edelvives, 1972. 112 págs.

Los picotes en Aldeavieja 2. Guía del profesor: expresión dinámica (orientaciones y sugerencias).
Zaragoza: Edelvives, 1972. 56 págs.

Los picotes y el gallo de la veleta 3: expresión corporal y verbal, juegos dramáticos, títeres, máscaras-vestuarios.
Zaragoza: Edelvives, 1973, 144 págs.

Los picotes y el gallo de la veleta 3. Guía del profesor: expresión dinámica, teatro-taller.
Zaragoza: Edelvives, 1973 112 págs.

Cuentacuentos Baltasar 2º EGB
Zaragoza: Edelvives, 6º edición, 1991. 160 págs.

Cuentacuentos Baltasar 1º EGB
Zaragoza: Edelvives, 3º edición, 1983. 160 págs.


Prólogos

Juan Ramón Jiménez
Canta pájaro lejano.
Ilustraciones de Luis de Horna.
Madrid: Espasa Calpe, 1981. 122 págs.

Nicolás Guillén.
Isla de rojo coral
Salamanca: Lóguez, 1993. 140 págs.

P. Guerrero Ruíz y A. López Valero
Poesía popular murciana
Murcia: Universidad de Murcia, 1996. 362 págs.

Juan Ramón Jiménez, F. García Lorca y R. Alberti
Mi primer libro de poemas
Ilustraciones de Luis de Horna.
Madrid: Anaya, 1997. 112 págs.

Susana Weich-Shahak
Repertorio tradicional infantil Sefardí.
Estudio crítico de Ana Pelegrín.
Madrid: Compañía Literaria. 2001. 244 págs.

Artículos

“Juego dramático, expresión corporal, expresión oral”, en: Documenta, Valencia: Centro Docente - Universidad Laboral, 1971.
“Improvisación. Una técnica de trabajo”, en: Cuadernos de Pedagogía, Barcelona, 1978.
"Poesía infantil", en: Boletín de Acción Educativa, núm 2-3. Madrid, 1979.
"De poesía tradicional para los más pequeños", en: Boletín de Acción Educativa, núm. 78. Madrid, 1980.
"Poesía de tradición oral para los más pequeños", en: Cuadernos de Pedagogía, núm. 89. Barcelona, 1982.
"Sobre poesía infantil", en: Boletín de Acción Educativa, núm. 13. Madrid, 1982.
"Folklore y literatura", en: Cuadernos de Pedagogía, núm. 101, págs.66-68. Barcelona, 1983.
“Taller de poesía”, en: Innovación en la enseñanza de la lengua y la literatura. págs. 301-313. Madrid: Ministerio de Educación y Ciencia, 1987
“Panorama sucinto de la poesía contemporánea para niños”, en: Letragorda, núm. 3, págs. 15-17, Murcia: Editora Regional,1989.
Bibliotecas para los más pequeños”, en: VV.AA. Congreso Internacional de Educación Infantil. Aspectos jurídicos y sociales. Vol. 1, pags. 165-180. Madrid: Comunidad Autónoma de Madrid, 1990.
“Poesía infantil”, en: CLIJ Núm. 14. págs. 8-13. Barcelona: Fontalba, 1990.
Literatura y juegos tradicionales. En: Dossier del Curso de Formación del Profesorado. Roma: Liceo Español Cervantes, 1991.
“Juegos tradicionales. Expresión y psicomotricidad” en: Congrés d'Expressió, Comunicació i Pràctica Psicomotriu. Barcelona: Institut Municipal d'Educació, 1992.
Juegos y poesía tradicional infantil” en: Revista interuniversitaria de formación del profesorado Nº 18 (Ejemplar dedicado a: Didáctica de la lengua y la literatura), pags. 43-51. Zaragoza: Universidad de Zaragoza, 1993.
“Lírica infantil: vamos a contar mentiras” En: Diego Catalán, Antonio Cid et al. (eds.) De Balada y Lírica. 3er Coloquio Internacional del Romancero. Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal-Universidad Complutense de Madrid, 1994.
“Literatura oral infantil”, en: Peonza. núm. 30. págs.14-20. Santander, 1994.
Literatura oral infantil” En: Anthropos: Boletín de información y documentación, Nº 166-167 (Monográfico
de Literatura popular: conceptos, argumentos y temas), pags. 124-129. Barcelona: Anthropos, 1995
“Gesto, juego, cultura”, en: Revista de educación. núm. 311. págs.77-99. Madrid, 1996.
“Retahílas, romances de la tradición oral infantil”, en: Virtudes Atero Burgos (ed.) El Romancero y la copla: formas de oralidad entre dos mundos España y Argentina, págs. 69-87. Sevilla: Universidad de Sevilla, 1996.
“Poesía infantil”, en: J. Alvarez Barriento; M.J. Rodríguez Sánchez de León (eds.) Diccionario de Literatura Popular Española. págs. 252-254.Salamanca: Colegio de España, 1997.
“Sources for the History of children ‘s games the book of Hours of the College of the Patriarch”, En: La Comuna Eredità dello Sport in Europa, Atti del 1er Sem. Europeo di Storia dello Sport, págs. 61-68. Roma: Krüger - Scuolla dello Sport, 1997.
José Otero Espasandín en el exilio del 39.Literatura juvenil: Libros documentales”, en: Puertas a la lectura, núm. 3, pags. 134-140. Cáceres: Universidad de Extremadura, 2000.
Creadores gallegos en el exilio: una educación sentimental de jóvenes lectores”, en: Congreso Internacional o Exilio Galego. pags. 1662-1683. Santiago de Compostela: Xunta de Galicia, 2001.
Interrelación creativa de lenguajes expresivos”, en: Manuela Romo Santos y Estefanía Sanz Lobo (coord..) Creatividad y currículum universitario, pags. 63-68. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2001.
“Lorca y la construcción de una poética para niños en el siglo XX”, en: Platero. núm.119. págs. 3-12,17-19. Oviedo, 2001.
Retahílas burlescas en la poesía oral: Textos y contextos”, en: Carlos Alvar Ezquerra (coord.) Lyra minima oral: los géneros breves de la literatura tradicional. pags. 519-530. Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá, 2001.
Romances del repertorio infantil en América”, en: Anales de literatura hispanoamericana, núm. 30 (Ejemplar dedicado a: El romancero tradicional y el corrido), pags. 69-95. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2001.
“Expresión corporal e interrelación de lenguajes. Poesía en movimiento”, en: G. Sánchez (coord.), Expresión, Creatividad y Movimiento. Actas del I Congreso Internacional de Expresión Corporal y Educación. págs. 49-65. Salamanca: Amarú Ediciones, 2003.
Lorca y las canciones de cuna españolas: tradición y modernidad”, en: Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, núm. 52, pags. 75-94. Madrid: Fundación Giner de los Ríos, 2003.
“Poesia eta poetika haurrentzat”, en: Behinola. núm. 8. págs. 47-63. Pamplona, 2003.
Lírica y juegos populares en Gaspar de los Reyes”, en: Pedro Manuel Piñero Ramírez (coord..) De la canción de amor medieval a las soleares : profesor Manuel Alvar "in memorian" Actas del Congreso Internacional "Lyra minima oral III", pags. 241-268. Sevilla: Universidad de Sevilla, 2004.
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“Creadores Gallegos en el Exilio: una educación sentimental de jóvenes lectores”, en: O Exilio Galego. Actas do Congreso e Repertorio ibliográfico. Congreso Internacional 24-29 septiembre de 2001. Santiago: Consello da Cultura Galega. CDR. 2007.
Entrevistas y Dossier

Ana Pelegrin, [Entrevista], Lara,Lola :
Cuadernos de pedagogía, núm. 358, pags. 44-49. Barcelona, 2006

“Los Repertorios de Ana Pelegrin”,coordinado por Puerta Leisse,Gustavo :Educación y Bibliotecas. Julio-Agosto2007 Nº 169

30 agosto 2008

Simeón Serrate y una gaita de piel de culebra

Romances de ronda en Castejón de Monegros (Huesca). Simeón Serrate Mayoral.
Transcritos y anotados por José Manuel Fraile Gil.
Coordinación de Mario Gros Herrero.
Archivo de Tradición Oral de Aragón, 2008.

Cuando en 1988 Mario Gros entrevistó por primera vez a Simeón Serrate, éste le puso como condición cantar con una gaita aragonesa y que la gaita tuviera piel de culebra. El elemento más característico de la llamada gaita de boto es el espacioso depósito de aire confeccionado con la piel de una cabra, así como los tres tubos sonoros (clarín, bordón y bordoneta) cubiertos exteriormente con piel de culebra.
Simeón Serrate (Castejón de Monegros, 1913), hijo de gaitero, fue pastor y en sus soledades de pastor aprendió a toca la gaita. Muy joven se incorporó como danzante (volante) y cantor de romances al grupo del dance de su pueblo y desde 1973 fue Mayoral del dance de Monegros. En la actualidad, reside en Zaragoza, sus manos mantienen la destreza para tallar cucharas y otros utensilios con madera de boj, y su voz y su memoria la frescura para recordar el repertorio espléndido de romances, despertaderas y pasacalles que durante siglos acompañaron la vida festiva de toda la comarca de Monegros.
El disco y el cuaderno editado por el Archivo de Tradición Oral de Aragón constituyen un documento valiosísimo y único de lo que fue el canto romancístico masculino en un ritual hoy deshilvanado, el del dance, articulador de la vida tradicional de una comarca extensa, muy poblada hasta los años cincuenta, y de marcados rasgos diferenciales, la de los Monegros.
Los arcaicos dances monegrinos eran representados y bailados por una veintena de danzantes que, sujetos a un rígido protocolo y guiados por un minucioso ceremonial, oficiaban las fiestas patronales, así como diferentes ocasiones festivas a lo largo del año. El canto anunciado por el mayoral y coreado por el resto de los hombres, al son de la gaita, ha preservado la transmisión de temas romancísticos tan abatidos en el resto de la comunidad hispánica como El rondador desesperado, La flor del agua o ¿Cómo no cantais, la bella?, así como la de un puñado de coplas o cuplillas con las que los grupos del dance fueron de ronda para despertar a las solteras o convocaron en la aurora a sus vecinos para el rezo del rosario.
En Castejón de Monegros siguen procesionando a Santa Ana cada 26 de julio, precedida ésta por los grupos de mujeres que intentan retomar la tradición del dance que un día los hombres descuidaron. Al regreso de la ermita, aparece siempre el diablo tratando de parar la procesión, y siempre, entonces, interviene un ángel que lo derrota y que permite que continúe el canto y la danza.

De crónicas, bailes y cuentos (lecturas)


Luis Díaz Viana, De lo propio extraño (crónicas antropológicas),
Madrid, Sendoa, 1997.


"El escritor y el antropólogo vienen a estar unidos no tanto por su escritura como por su función esencial: esa de no servir aparentemente para nada dentro del sistema dominante si no es para denunciar sus deficiencias -lo que probablemente no sea poca cosa-. Uno y otro se hacen preguntas, hoy, sobre nuestras perplejidades esenciales. Una de tales preguntas -y no la menos importante-debería de formularse sobre los motivos que han hecho de nuestra cultura y nuestro arte lo que actualmente son: productos y no procesos inmersos en la vida, objetos más de lujo que de consumo cotidiano, aunque -eso sí- el mercado los haya democratizado en sus variantes más asequibles." (La cultura como producto, la cultura como proceso)

"Somos en los otros. Y el otro en el que nos buscamos puede estar en Melanesia o en la puerta de al lado. En las infinitas formas de vivir la cultura. Siempre viajamos aunque no salgamos de nuestro pueblo. Nunca estamos lo suficientemente lejos de nosotros mismos como para dejar de ver las cosas desde nuestra realidad primera. Eternamente condenados a repetir lo que digan las sombras inclinadas sobre nuestra cuna.
Nos reconocemos en los rituales, en la repetición de aquello que no sabemos describir. Rituales con los otros y pequeños ritos individuales que nos ligan a lo ya vivido. Rituales en el amor y en la muerte. En la forma de amaestrar el vértigo del deseo o de conjurar la tristeza de lo que perdimos. Una caricia contra el pasado. Un gesto ante la nada." (El otro)

Juan Ignacio Pérez y Ana María Martínez, Cien cuentos populares andaluces recogidos en el Campo de Gibraltar,
Algeciras, Asociación Litoral, 2006. Prólogo de Antonio Rodríguez Almodóvar. Repertorio de cuentos de costumbres recogidos entre 1984 y 2002.

Rocío Plaza Orellana, Bailes de Andalucía en Londres y París (1830-1850),
Madrid, Arambel Editores, 2005.


14 julio 2008

Celebrado el Curso sobre Patrimonio Tradicional de la provincia de Cádiz. Memoria de Ana Barceló

Clausurado el curso Patrimonio tradicional de la provincia de Cádiz: músicas y textos, publicamos aquí la memoria del mismo elaborada por una de las alumnas, Ana Barceló Calatayud. Queremos agradecer con ello la participación ilusionada de todos los alumnos y su entusiasta colaboración.


Una curiosidad insaciable y el placer que esperaba encontrar en escuchar a los investigadores anunciados, tuvieron mucho que ver con la decisión de participar en este curso que se desarrolló del 10 al 12 de Julio en el Aulario La Bomba de la UCA, en Cádiz.

Las canciones en torno a los ritos de la boda sefardí, recopiladas en Turquía, Grecia, el norte de Marruecos o Bulgaria, y analizadas por la catedrática de Musicología de la Universidad israelí de Haifa, y de la U. Hebrea de Jerusalén, Susana Weich-Sahak, que presentó y se detuvo en las causas por las que se introducen instrumentos como la guitarra, históricamente ausente en esta manifestación tradicional, sustituyendo a sonaxas (panderos) y castañuelas por ejemplo en los cantos de axuar (ajuar) en Tánger, o sus observaciones sobre las causas por las que permanecen determinados aspectos desde hace siglos mientras que otros se han ido perdiendo en la diáspora; sus comentarios magníficamente ilustrados con documentación escrita y audiovisual, hicieron de esta primera sesión un interesante comienzo, cuyo interés no decayó a lo largo de las siguientes.

Con carácter marcadamente didáctico, la intervención de Mario Gros Herrero, investigador del Instituto Aragonés de Antropología, estuvo centrada en las Experiencias en la recuperación de canciones e instrumentos tradicionales. Además de dar respuesta a las clásicas preguntas sobre quién, cuándo, cómo? de la investigación del patrimonio etnográfico-musical, estimo que fue especialmente interesante la aportación de su visión del investigador actual basada en el humanismo (en su sentido renacentista: el hombre, el ser humano en el centro del universo) la interdisciplinariedad y el relativismo. Una observación para meditar sobre ésta y otras investigaciones subrayada en el cuaderno de notas "la creación de categorías, colecciones o clasificaciones no son objetivos, sólo constituyen herramientas de trabajo".


Recomendando la lectura de novelas costumbristas, en especial de Pérez Galdós, comenzó su intervención José Manuel Fraile Gil, quien antes de abordar el tema de las "Calas en la tradición oral de la provincia de Cádiz" indicó las pistas que la novela del XIX ofrecen sobre tradiciones, cuando no descienden directamente de fuentes de literatura oral: "Juan Valera al escribir Pepita Jiménez está "calcando" el romance "en Sevilla está una hermita / cual dizen de San Simón?" y ofrece para su análisis éste y otro romance de Antonio Ruyz de Santillana en el que se encuentran puntos de encuentro con letras de villancicos hallados en la provincia de Madrid , o en Jerez y su relación con ritos de la tradición judía sobre el alumbramiento y la purificación de la madre parida. Al término de su intervención señala las diferencias observadas en la evolución de algunos romances, destacando la mayor pureza observada en Arcos y la contrapone a la mixtificación experimentada en manifestaciones similares en Jerez, que entiende que se debe a la mercantilización del espectáculo creado en torno a la tradición de las zambombas navideñas, en las que se acostumbra a cantar estos romances o villancicos.

Por su parte, Miguel Ángel Berlanga, que trataría sobre el paso "De los bailes de candil a la fiesta flamenca: Cádiz y Sevilla", desmonta inicialmente el tópico de que flamenco es sinónimo de gitano. Se remonta a los orígenes del fandango, a su significado de "música que acompaña al baile" y que con tal sentido aún se usa, por ejemplo, en México. Define el baile de candil como la reunión que en el siglo XIX se celebraba los fines de semana y en fiestas señaladas en la estancia más amplia de las casas proletarias (rurales) y más tarde de clase media (urbana) del sur de España, a la luz de un candil; con buen tiempo también se bailaba en plazuelas o a la sombra de un emparrado. Estos bailes servían para reunir a los jóvenes, las muchachas a un lado, los chicos al otro, las madres de las mozuelas y el cura vigilando. Un violín, panderetas, guitarra y palillos tocados por aficionados, ponían música al encuentro del que solían salir no pocas bodas. Berlanga marcó los pasos que fueron transformando esta manifestación en una fiesta flamenca cuando los gitanos, de vida nómada más por presión que por naturaleza, e históricamente amantes del cante y el baile, se van asentando en la baja Andalucía; la complicidad entre las autoridades y los gitanos se da más en Cádiz y Sevilla y ya hacia 1750 se sabe que bailaores de Triana acudían a casas burguesas sevillanas a actuar mediante pago. El papel clave de Cádiz en la evolución de los cantes de ida y vuelta, o la contribución de los viajeros románticos a la creación de las ideas de Andalucía y del flamenco que se extienden por el mundo, fueron analizados por el conferenciante que complementó su disertación con la proyección de imágenes que aportaron datos y favorecieron los comentarios de los participantes.

El profesor Alberto Romero, titular de Literatura Española de la UCA, partió de la situación creada en Europa tras la Revolución Francesa, 1789, y en España con la Guerra de la Independencia, "a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, el teatro tenía una función similar a la que hoy tiene la televisión: se hace eco de lo que pasa en la sociedad", afirmó Romero, quien añadió que "la intersección entre lo popular y las clases burguesas, era precisamente el teatro". Destacó la preeminencia de Cádiz durante la Ilustración, que equiparó al Londres victoriano o al París prerrevolucionario: "Por el puerto de Cádiz llegaban mercancías, y también Voltaire o Haydn, y salían ideas desde una ciudad que fue rica y elegante, donde se hablaban numerosas lenguas". El teatro era un lugar de exhibición, pero también el escaparate del poder ilustrado y escuela de costumbres. En ese momento funcionaban tres teatros en Cádiz. En 1812 se mantenía el número coliseos, aunque sólo perduraba la Casa de Comedias, o Teatro Principal en la actual Plaza del Palillero. "Si el teatro era una cuestión política durante la Ilustración, en tiempos de guerra se convirtió en púlpito de la libertad, el texto dramático en catecismo político y el actor en hombre público-político. Trató el profesor sobre el protagonismo de José Bonaparte en el impulso a la construcción de edificios y la creación de repertorios en los que se alternaba lo culto con lo popular, en funciones en las que intercalaban sainetes con números de cante y baile. Pero en un panorama desolador generado por la guerra, con hambre, enfermedad y escasez de abastecimientos, "con la represión de 1814 y más aún desde 1823, lo más florido de la literatura y las artes españolas está en el extranjero y pone de moda en París, en Italia o en Estados Unidos lo español como elemento exótico y muy atractivo. El teatro era al tiempo esponja de atracción de lo popular y escaparate donde mostrarlo". La intervención de Alberto Romero contó con ilustraciones muy significativas que completaron la exposición oral de esta sesión.

"De la recopilación y estudio de la tradición oral" trató Luis Díaz Viana quien trazó la trayectoria del concepto de folklore desde los románticos "interesados en lo popular, en el exotismo de los salvajes de al lado, como rescate de la esencia de lo nacional". Narró el folklorista vallisoletano su experiencia "al encontrar en casa lo que buscaba fuera" para explicar que su madre y su tía, que vivieron su infancia en Barcelona y hablando catalán, guardaban memoria de romances castellanos, como el del convidado de piedra que diera origen al drama de Tirso de Molina y luego al Don Juan de Zorrilla. Tras recordar la asociación que en tiempos de la Transición en España se hacía entre folklore y mundo rural, explicó que si entonces se investigaba por zonas o territorios, en la actualidad se hace por periodos de tiempo y culminó exponiendo el panorama del folklore actual que incluye a los ámbitos rural y urbano, se difunde a través de comunidades virtuales compuestas especialmente por adolescentes que se relacionan por Internet y se refirió a la recopilación de leyendas urbanas en la que está trabajando "que están impulsadas por vértigos y miedos no demasiado diferentes a los que se detectan tras las leyendas chinas del siglo X", para finalizar con la lectura de una surgida de los sucesos del 11-S, sobre la fantasma del 11-M.

Cerró el curso una mesa redonda que se hizo corta, dado el interés de los temas, tan interesantes y diversos como la experiencia del maestro Francisco Garrido en la recopilación de romances de Arcos con la participación de los alumnos, con los que lleva 30 años consiguiendo que no se pierdan las características de las zambombas navideñas; la lectura crítica que de esta misma manifestación en Jerez hizo Manuel Naranjo, quien no se cortó a la hora de denunciar las causas -y a los responsables- de la mixtificación que está sufriendo esta fiesta, e insistió en que hasta se ha pervertido el nombre acentuando la a final en la mal llamada zambombá. Por último Juan Ignacio Pérez, creador de la weblitoral.com en la que muestra la labor que acompañado por su mujer, ambos maestros, están realizando para mantener vivas las tradiciones andaluzas y en especial las del Campo de Gibraltar, lo que demostró a través de esta revista virtual, como además personalmente pudo comprobar cada cual, de vuelta a casa tras esta interesante y variada experiencia, coordinada por la profesora María Jesús Ruiz, en la que se fundieron conocimiento y amenidad.

Alumna: Ana María Barceló Calatayud.
Cádiz, 14 de Julio de 2008

03 abril 2008

Curso de Verano: Patrimonio Tradicional


El patrimonio tradicional de la provincia de Cádiz:
músicas y textos
59º Cursos de Verano de la Universidad de Cádiz
10-12 de julio de 2008
PROGRAMA

Susana Weich-Shahak, Catedrática de Musicología de la Universidad de Haifa (Israel) e Investigadora en la Universidad Hebrea de Jerusalén /
El estudio etnomusicológico y la funcionalidad del repertorio tradicional: la boda sefardí como “case-study”
Mario Gros, Investigador, Instituto Aragonés de Antropología
Experiencias en la recuperación de canciones e instrumentos tradicionales
José Manuel Fraile Gil, Investigador / Unas calas en la tradición oral de la provincia de Cádiz: ritualidad musical de Jerez y la Sierra
Miguel A. Berlanga Fernández, Profesor Titular de Musicología de la Universidad de Granada / De los bailes de candil a la fiesta flamenca: Cádiz y Sevilla
Alberto Romero, Profesor Titular de Literatura Española de la Universidad de Cádiz
Un paisaje sonoro del Cádiz de las Cortes: tonadillas y canciones patrióticas
Luis Díaz Viana, Catedrático de Antropología del CSIC
De la recopilación y estudio de la Tradición Oral: teoría, método y técnicas
Mesa redonda: Iniciativas y experiencias en la provincia de Cádiz. Participan: Manuel Naranjo (CAF) / Juan Ignacio Pérez (LitOral) / Francisco Garrido (Arcos)

Coordinadora: María Jesús Ruiz / majesus.ruiz@uca.es
UNIVERSIDAD DE CÁDIZ / VICERRECTORADO DE EXTENSIÓN UNIVERSITARIA

17 enero 2008

Cancionero Tradicional de Madrid

José Manuel Fraile Gil, Cancionero Tradicional de la Provincia de Madrid.
II: El ciclo festivo anual,
Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid,
2007, 637 págs. + 2 CDs.

El repertorio del ciclo festivo de la comunidad madrileña aparece como segunda parte del Cancionero Tradicional de Madrid publicado por el mismo autor en 2003, y dedicado al ciclo de la vida humana y los cantos de trabajo. Asimismo, este nuevo volumen se suma a los estudios imprescindibles de Fraile Gil sobre la comarca (Poesía infantil en la tradición madrileña, 1994, o El mayo y sus fiestas en tierras madrileñas, 1995), y debería completarse con un último eslabón, el repertorio de Bailes y esparcimientos, cuya publicación esperemos no se vea sometida a los vaivenes políticos y electoralistas que han padecido sus antecesoras.

Como todos los trabajos del autor, este Cancionero procura la exhaustividad, el rigor y el respeto al documento folklórico que proporcionan la pasión por la tradición. Ofrece así un corpus enjundioso proporcionado por más de setecientos informantes, ordenado (y por tanto explicado) atendiendo al ciclo anual: cancionero navideño (religioso y profano respectivamente), canciones de los santos viejos (de enero a febrero, esto es, de San antón a Santa Águeda), tiempo de carnaval, cuaresma y semana santa, ciclo de mayo, santos de junio y mes de las ánimas.

Dos Cds se ocupan de que los textos no enmudezcan en nuestras bibliotecas y ofrecen el sonido, el color y el olor de un Madrid rural atrincherado ante la falsa civilización, dando aviso al asfalto de que despierte su alma dormida.

Colmenar de Oreja. Cuadrilla de zambomberos hacia 1933

Goya, Disparate femenino


31 diciembre 2007

400 años


La Floresta de Romances de los Doce Pares de Francia, compilada por Damián López de Tortajada, se publicó por primera vez en Alcalá, en 1608

24 diciembre 2007

Zambombas en El Majuelo


Manuel García Pruaño (Jerez, 1935) se crió en El Majuelo, una viña que orilla la carretera entre Jerez y Trebujena y en la que, mientras los padres trabajaban, los niños iban a una escuela unitaria que pagaba el señorito (Domecq entonces) y dirigían un maestro y un cura. De noviembre a diciembre, pasadas las fechas de difuntos, las familias celebraban zambombas alrededor del fuego y de una tinaja con morcelina y carrizo como la que Manuel aún conserva y muestra con orgullo. A su son maestro de la zambomba y al son más torpe de nuestros almireces y palmas, Manuel nos cantó el viernes pasado un repertorio de romances y canciones esmerado y exquisito, sentenciando en los descansos: "Si quieren oír una zambomba flamenca, no vengan a escuchar mis coplas".

09 diciembre 2007

El crimen de Higinia



EL CRIMEN DE HIGINIA: SUCESO, PRODIGIO Y LITERATURA


Artículo publicado en Arte y Crimen: fascinación y derecho (ed. de Luis Ruiz y María Jesús Ruiz), Cádiz, Diputación Provincial, 2007.


Higinia Balaguer comenzó a formar parte de la memoria sentimental del pueblo de Madrid en los primeros días de julio de 1888, cuando fue detenida como principal sospechosa del asesinato de Luciana Borcino, una viuda de acomodada posición que la había empleado como sirvienta seis días antes, y que residía en una amplia vivienda del número 109 de la calle de Fuencarral. La Balaguer se instaló definitivamente en esa memoria dos años después, cuando en la primavera de 1890 fue ejecutada públicamente a garrote vil, cumpliéndose así una sentencia judicial que la hizo callar para siempre, que dejó en la cárcel a una presunta cómplice del crimen, y que absolvió a dos hombres por cuya culpabilidad directa el sentir popular madrileño sigue clamando. En los meses que transcurrieron desde el crimen hasta la ejecución de la acusada, Higinia pasó de ser una criada anónima de vida miserable y un tanto delictiva a convertirse en una heroína. Hasta tal punto fue así, que su calvario judicial fue seguido, en la calle, por un pueblo que alteró repetidas veces el orden público y, bajo el quinqué, por periodistas, escritores e intelectuales que produjeron cientos de páginas impresas sobre el caso. Al pie del patíbulo en el momento de ser inmolada estuvo, por ejemplo, don Pío Baroja, que daría fe en sus Memorias de lo presenciado, y hasta el patíbulo también se acercó doña Emilia Pardo Bazán, en algún momento de aquellas nueve horas durante las que estuvo expuesto el cadáver de la condenada para servir de ejemplo al pueblo. Pero quien siguió -primero con atención de periodista y luego con pasión de novelista- el caso al detalle, día a día durante esos dos años, fue don Benito Pérez Galdós, quizás el máximo responsable de que Higinia Balaguer, hoy por hoy, no sea un recuerdo histórico, sino una construcción literaria, es decir, un personaje.

El clima social y político que en 1888 se vivía en España tuvo mucho que ver, sin duda, con la conmoción popular que desde un principio el crimen produjo: con el partido conservador en el poder y las primeras reuniones sindicales, con la fundación incipiente del Partido Socialista Obrero Español y los comienzos del movimiento anarquista, entre otros hechos, la agitación social era palpable. En tal contexto, el suceso trascendió rápidamente su condición de crimen doméstico –vivido con más o menos normalidad en la época-, adquiriendo una naturaleza paradigmática y siendo percibido por la prensa y la calle con extrema avidez. El asesinato de la Viuda de Vázquez Varela fue así desde el principio la expresión sincrética extrema de un profundo conflicto social de desigualdades e injusticias padecido por muchos, y representado en el caso por arquetipos nítidamente definidos: la rica y tacaña viuda asesinada, la desheredada de mal vivir que encarnaba Higinia, el hijo ambicioso y falto de escrúpulos y de principios que resultó ser José Vázquez Varela, y el corrupto y sobornable director de la Cárcel Modelo, José Millán Astray. Percibido como paradigma, el caso tenía todas las cualidades para convertirse en prodigio, en incógnita, en extravagancia, en hito admirable: materia novelable, pues, y en consecuencia literatura.

Al hilo de las sucesivas detenciones y del juicio oral, y hasta la ejecución de la Balaguer, fueron publicándose decenas de artículos periodísticos, fundamentalmente en Madrid y Barcelona, ilustrados casi siempre por dibujos que reproducían bien retratos de los implicados, bien escenas de la calle o de la propia sala donde se celebraba la vista. Al mismo tiempo, el negocio editorial se lucró cuanto pudo imprimiendo en cantidad pliegos de cordel, cuyos versos altisonantes daban rienda suelta al carácter tremendista y lacrimoso de los acontecimientos, ahondaban en la conmoción del público, e iban grabando a fuego el perfil teatral del suceso y de sus protagonistas en la memoria popular. Galdós, como decía, pasó aquellos dos años al pie de la historia, llegó a entrevistarse personalmente y en más de una ocasión con Higinia Balaguer, renunció a algún viaje especialmente anhelado por asistir a las sesiones del juicio y escribió del crimen largo y tendido (en las crónicas que con puntualidad mandaba a La Prensa de Buenos Aires y en diversas epístolas enviadas a sus amigos más interesados por el hecho), llegando a basarse en él para las dos novelas que elaboró entre 1888 y 1889 (La incógnita y Realidad) y para la pieza teatral titulada también Realidad que completó a principios de 1892. El crimen de Higinia –y más que nada la propia Higinia- continuó fascinando a los creadores hasta un siglo después: de 1984 es la película que Angelino Fons rueda para Televisión Española y en la que se retrata, sobre todo, ese perfil insensato y, a la vez, heroico de la Balaguer.

En todo ese tiempo, las vinculaciones del suceso real con el hecho literario (en cierto modo de la verdad con la mentira) se hacen complejas, y al menos devienen en un doble proceso: en un primer momento, el crimen y sus protagonistas generan una serie de objetos artísticos (textuales e icónicos) que se comportan como recreación de lo sucedido, y por tanto como expresión hiperbólica y romántica de la realidad; en un segundo momento, la recepción de los objetos artísticos coloca a éstos como garantes de la verdad, y en el imaginario popular el lugar de la realidad lo ocupa la literatura, desterrando ésta por completo a la historia. De hecho, este dilatado proceso es comparable al que, en unos pocos meses, se opera en el propio Galdós, que pasa de la curiosidad del periodista a la fascinación del novelista, y de la obsesión por que la justicia esclarezca lo sucedido al margen de la prensa y de la calle, a la seducción por el discurso novelesco de Higinia y por su capacidad sublime de mentir. Muy consciente de ello, el escritor describiría esta dinámica pocos años después, en 1897, al analizar las relaciones entre literatura y realidad en su discurso de recepción ante la Real Academia Española, titulado La sociedad presente como materia novelable:

Imagen de la vida es la novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción. Se puede tratar de la Novela de dos maneras: o estudiando la imagen representada por el artista, que es lo mismo que examinar cuantas novelas enriquecen la literatura de uno y otro país, o estudiar la vida misma, de donde el artista saca las ficciones que nos instruyen y embelesan.

De la realidad a la literatura

La conversión de la ciudadana Higinia Balaguer en una ficción literaria arranca de la caracterización que de ella hacen Galdós y otros para la prensa. Se suceden en este medio las descripciones más o menos pormenorizadas de la acusada y el periodismo gráfico ilustra con asiduidad su perfil, algo digno de resaltarse, pues es en esa dimensión física en la que Galdós descubre el componente perverso de la mujer que el retrato de frente oculta:

De frente recuerda la expresión fríamente estupefacta de las máscaras griegas que representan la tragedia. El perfil resulta siniestro, pues siendo los ojos hermosos, la nariz perfecta con el corte ideal de la estatuaria clásica, el desarrollo excesivo de la mandíbula inferior destruye el buen efecto de las demás facciones. Vista de perfil… resulta repulsiva.

La doblez advertida por el observador don Benito en la personalidad de Higinia anticipa el misterio que su caso llega a despertar, o lo que es lo mismo, los borrosos límites entre realidad y apariencia. Más allá de los escorzos difundidos por el periodismo, esta naturaleza esencial de la acusada se materializa en su competencia discursiva, manifiesta en las sucesivas y contradictorias declaraciones que realiza durante la instrucción del sumario y en el juicio mismo, en sus fascinantes relatos orales, ante cuya condición novelesca Galdós acaba rindiéndose.

Tal y como el escritor lo describe en las crónicas de La Prensa, los relatos de Higinia Balaguer van conformando una narración básicamente literaria: verosímil por sus mismas contradicciones y por la progresiva incorporación de cómplices y antecedentes y, sobre todo, artísticamente deslumbrante y efectista, por la habilidad innata para captar la atención del oyente que Higinia, de retórica autodidacta, parece tener. De la simple e inicial declaración desnuda del suceso, la improvisada narradora pasa a la complejidad novelesca, valiéndose para ello de elementos diversos: la autoinculpación por la que se erige en protagonista absoluta, lo cual subraya con información sobre su “prehistoria”; las acusaciones a Vázquez Varela y Millán Astray, que son el germen del cariz político que el caso llegará a adquirir; la exculpación posterior del “Gallo Varela”, que apunta a un posible ingrediente amoroso; las acusaciones a las hermanas Ávila y a otros inculpados eventuales, con lo que se complican y sobredimensionan los móviles del asesinato… Material narrativo, en fin, que la Balaguer manipula con maestría: haciéndolo en momentos críticos, en situaciones donde la expectación del público es extrema, y con un dominio absoluto de la escenificación, si atendemos a que sus silencios, sus miradas, toda su kinésica cada vez que declara, hacen exclamar a Galdós: “¡Qué gran actriz!”.

Higinia, una desheredada sin futuro que, de no ser por la muerte de la Viuda, ni siquiera habría tenido una necrológica en la prensa, se hace a sí misma personaje, animada quizás por la atención que se le presta, y sacrifica todo lo que tiene –la propia vida- en aras de la fama, de la heroicidad, un valor que, en su caso, hace imprescindible esa insensatez inexplicable para muchos. A medida que habla, pues, se construye, adquiere cierta conciencia de ser y, desde el escenario de la prisión o del banquillo de los acusados, ante un juez, un periodista y todo un pueblo atento a sus palabras, organiza su ficción. Su punto de vista narrativo es –a esas alturas de la tradición literaria y como bien sabe Galdós- del todo clásico: tiene su primer antecedente en el relato de Lázaro de Tormes y su consolidación en la ingente producción autobiográfica que pícaros y pícaras del siglo XVII llegan a generar. El propio Lázaro, Guzmán de Alfarache, Teresa de Manzanares (“La niña de los embustes”), Estebanillo González, Alonso de Contreras, La Pícara Justina y tantos otros encarnan un mismo fenómeno: la incorporación a la fama de un excluido social que, instalado en un momento crítico de su aventura vital, tiene el don retórico de manipular sus peripecias hasta convertirlas en novela. La desgraciada diferencia entre ellos e Higinia es que “los clásicos” hablan desde la atalaya del cinismo (el “buen puerto” del Lazarillo), del arrepentimiento (las galeras de Guzmán) o del retiro de una vida delictiva (Alonso de Contreras), mientras que la Balaguer, precipitada por los acontecimientos a construirse apresuradamente, ni puede ni sabe aprovechar su material narrativo, organizar con coherencia sus mentiras, medir sus palabras, y embriagada por el tumulto de oyentes que la rodean, se sorprende, de un día para otro, al pie del patíbulo.

Las conexiones entre la declaración oral del reo ante sus acusadores y la composición novelesca no son tampoco nuevas. De hecho, un género tan trascendental como la picaresca parece tener ahí su embrión. La obra que lo inaugura, el Lazarillo de Tormes, podría haber nacido de la re-construcción que su autor hiciera del discurso ritual de los condenados ante el tribunal de la Inquisición, el cual se atenía a un orden de relación codificado, e implicaba la subordinación de los episodios relatados a un “caso” al que justificaran, y que Lázaro (narrador-personaje) convierte en el punto de fuga de su relato, en la meta de su proceso deseducador, identificándolo así con su “hábito de hombre de bien” y su cínicamente aceptada condición de cornudo. La relación entre el rito discursivo inquisitorial y la primera novela picaresca sería, por tanto, la de una contigüidad discursiva, germinada en las sucesivas muestras del género, en un proceso de continuum en el que cada nuevo relato desestructura al anterior para reelaborarlo con la incorporación de nuevos elementos. Del mismo modo, la conversión de Higinia Balaguer en personaje no culmina con sus declaraciones públicas, sino al final de un proceso de sucesivos textos asociados por el engarce de la contigüidad.

Como ya adelantaba, los propios textos orales de Higinia se van sucediendo en una acumulación de ingredientes subjetivos ausentes de su primera declaración, atenta ésta únicamente a lo sucedido en el piso de Fuencarral el primero de julio, y a demostrar su inocencia. De tales ingredientes, quizás los más literarios sean los referidos a su prehistoria y a la implicación en el caso de Vázquez Varela, Millán Astray y otros cómplices varones. Con el primero la narradora se acoge a un tópico consagrado por el relato folklórico y la novela de aventuras en general: la genealogía determinante, es decir, la comprensión del destino del héroe (o del anti-héroe) por las circunstancias que rodean su nacimiento y su infancia. Como en la narración del de Tormes, la Balaguer pone en marcha la justificación de su “caso” (aquí el crimen) remontándose a su inhabilitación social heredada por vía familiar, actualizando así la dimensión social de la literatura picaresca, referida a la utopía humanista del self made man y a la imposibilidad de la misma en un sistema en el que sigue prevaleciendo la selección de los que triunfan por su origen y consecuente estado. Higinia también activa con esta parte de su relato una norma primordial de la autobiografía literaria: uno no puede conocerse, sino solamente narrarse y, en la narración, los hechos síquicos son irreproducibles, por lo que se recurre a la re-creación y, por tanto, a la ficción. Siendo aquí el crimen de doña Luciana el punto de fuga, la prehistoria de la condenada desplaza el foco de atención del caso y, por ende, dota al ya casi personaje de una hondura psicológica y de una complejidad con las que en principio no se contaba. Por su parte, la acusación de Higinia contra los hombres y su posterior exculpación añade el matiz político que tanto calado alcanza en la recepción popular del caso, ámbito en el que el perfil privilegiado y corrupto de Varela y Millán Astray prevalece sobre cualquier indicio de culpabilidad de la sirvienta. Además, y en lo referido exclusivamente a la implicación masculina, Galdós atisba un nuevo componente, el amoroso, probable clave para el novelista (ya no para el cronista) de la asunción absoluta de culpabilidad por parte de la Balaguer: “La mujer más criminal y empedernida es capaz de inmolarse sola antes que delatar al hombre que ama”.

Las relaciones de contigüidad de las sucesivas declaraciones de Higinia con otros textos prosiguen en la prensa. El estado embrionario de la crónica de sucesos en la época mantiene a ésta muy vinculada al folletín, y sobre todo a las espectaculares y hasta extravagantes relaciones de sucesos que desde dos siglos antes, en forma de pliego, venían deleitando a un público masivo. Como lamenta Galdós, los periódicos no discriminan –antes al contrario- los excesos morbosos que cualquier noticia puede inspirar, y alimentan no ya la curiosidad, sino la avidez carroñera de un gentío que, con su ocio, es la piedra de toque del negocio editorial. Apropiándose de los trucos del folletín más exagerado y sentimental, las crónicas periodísticas no atienden a la narración objetiva de los acontecimientos, sino a la difusión impresa de una rumorología que se concentra en el lado más confuso y nefando del crimen y de sus protagonistas. Sin lugar a dudas, la prensa es soporte principal de las narraciones de cordel que paralelamente se fueron publicando y difundiendo, y que constituyen un nuevo eslabón en la cadena que lleva del suceso a su literariedad.

A esas alturas del siglo XIX, el pliego en verso ostenta un dominio absoluto en los gustos populares. Satisface ostensiblemente la demanda noticiera de un gran público, y sobre todo colma la necesidad de éste por una mitología de a pie que sintetice un repertorio de conductas morales adecuadas e inadecuadas. El pliego ofrece siempre una narración paradigmática, sin ambigüedades éticas, en un envoltorio literario fundado además en la hipérbole, la morbosidad y la escatología, y actualiza en cada momento el viejo consejo de la narración popular, que a juicio de sus creadores debe combinar el exemplum y el entretenimiento, esto es, “envolver la medicina en dulce”. Por lo demás, los pliegos editados en torno al crimen contribuyen, con sus sencillos octosílabos, a imprimir la anécdota en la memoria tradicional, de manera que lo impreso y lo oral se retroalimentan forjando un universo literario en el que el suceso histórico queda cada vez más desdibujado.

Sobre lo real y lo verdadero

De tal manera pudo ser así, que cuando Higinia Balaguer llega -casi dos años después del crimen- al patíbulo, no tiene relevancia su condición de criminal ajusticiada, sino que prevalece su dimensión mítica: su misterio como personaje, su encarnación de un martirologio extravagante y conmovedor que necesita de la pasión última para firmarse como hagiografía.

A esas alturas de la historia, la historia misma ha quedado desreferencializada, despojada de datos concretos, de coordenadas específicas que la ubiquen y la particularicen. El nombre de Higinia Balaguer alude más que nada a la representación genérica de un arquetipo, el de la mujer de ínfimo nacimiento y peor vida que, ágrafa y falta de recursos, expía con su muerte la imperfección de un sistema social y judicial que así oculta sus carencias, siendo la más importante su incapacidad para anteponer el esclarecimiento de la verdad a ciertos privilegios de clase. Asimismo –y sobre todo de cara a la sentimentalidad popular- la Balaguer simboliza la irresoluble victimología femenina en un sistema de poder organizado por varones. De ahí –de esa condición de icono que el personaje ya tiene en la primavera de 1890- deriven probablemente las leyendas inverosímiles en torno a su muerte, sobre la que se llegó a dudar cuando corría el rumor de que lo expuesto en el patíbulo no era su cadáver, sino una muñeca; y de ahí sin duda proviene la persistencia del personaje en la memoria tradicional. En ésta, el nombre de Fuencarral tiene, a partir de ese momento, un valor emblemático similar al de “un lugar de la Mancha”, mientras que el de Higinia señala al de una figura mítica completa, a falta únicamente de esa extravagante resurrección sobre la que la leyenda de su falsa muerte levantó tantas expectativas.

Desechada la verdad por inescrutable –y por el convencimiento de que los poderosos no permitirían nunca su esclarecimiento- es la literatura lo que sedimenta la percepción del suceso, adquiriendo así el estatuto de realidad. La realidad del crimen de Higinia se bifurca en dos grandes textos de diferente cariz: uno, específicamente popular, se basa en la rumorología, en la prensa folletinesca y en los pliegos difundidos paralelamente al proceso, y deviene en una oralidad continuamente recreada; el otro se modula como “literatura culta” o “de autor”, y se materializa sobre todo en las novelas galdosianas.

Es en el ámbito literario popular donde la dimensión “prodigiosa” del suceso adquiere mayor envergadura. Como decía, la memoria oral se alimenta del discurso folletinesco y de la crónica negra, y uno y otro actúan como intertexto para producir un discurso representativo de la subliteratura. Ésta cumple con su código a la perfección: decantándose por el esquema narrativo del pliego, organiza el universo relatado en un sistema maniqueo de absolutos (el bien frente al mal, la víctima frente a los verdugos, la verdad frente a la mentira), evita la ambigüedad moral y, en este último sentido, clausura la interpretación de los hechos, sancionando por consenso unánime cada condena y cada redención. Impermeable a los matices, el texto popular se impone como verdad y combina la condición de exemplum que ésta le otorga con la de espectáculo y entretenimiento, obtenido por la vía de los elementos sensacionalistas.

De éstos precisamente huye Galdós, convencido de que la retórica de la emoción debe desterrarse de todo lo que dignamente llamemos literatura, y de que lo lacrimógeno y lo fabuloso pervierten la novela y, como consecuencia, al público que, de recibir mentiras, vería estafada la misión pedagógica que toda novela debe comportar. Galdós, que llega a la necesidad de novelar el crimen de Higinia por la seducción novelesca que el discurso de ésta le produce (es decir, por el componente folletinesco y teatral de su narración oral), renuncia a sumergirse en la devoción popular hacia el personaje, al que no lleva a la escritura, optando en cambio por unas novelas de índole “intelectual” que debaten las relaciones conceptuales entre realidad y apariencia.

En buena medida, la solución última que da el novelista a su interés por el crimen es coherente con el resto de su producción narrativa, y sobre todo con la compleja relación que, respecto a los productos literarios masivos, se establece entre su teoría y su práctica. Las declaraciones teóricas de Galdós denostando el folletín y otros “subproductos” se repiten aquí y allá en epístolas, discursos y otros escritos, pero el uso del código folletinesco y del de la crónica de sucesos como intertexto en Tormento, La incógnita o Realidad, está fuera de toda duda para la crítica galdosiana.

Galdós, por tanto, noveliza el crimen de Higinia en dos moldes ajenos a lo popular: la epístola (La incógnita) y el diálogo (Realidad). Hace dejadez con ello de su primer deber como cronista del suceso (esclarecer la verdad) y, renunciando a ésta, centra su interés en la discrepancia filosófica entre realidad y apariencia. Cervantino al fin (humanista al cabo), Galdós opta por una novela edificante desde el punto de vista intelectual, formativa y analítica, llena de advertencias sobre las perversiones que el chisme y la subliteratura producen en el público. Con ello, deja de escribir una tercera novela con la que quizás debería haber honrado la memoria de quien tanto y tan buen material narrativo le entregó: Higinia Balaguer, de quien nunca tendremos una autobiografía escrita que comenzara, por ejemplo, así: “Yo, señor, no soy mala, pero no me faltarían motivos para serlo…”.

Crímenes que cambiaron Madrid: Fuencarral

(Un reportaje de Patricia Gosálvez / El País, 9 de marzo de 2009):

http://www.elpais.com/articulo/madrid/Telebasura/siglo/XIX/elpepiespmad/20090309elpmad_10/Tes/



04 diciembre 2007

El cancionero navideño de Fernán Núñez (Córdoba)

Dos momentos de la encuesta realizada en diciembre de 2006 en Fernán Núñez (Córdoba). Componen el grupo de informantes: Filomena García, María Párraga, Antonia López Aguilar, Patrocinio López Baena, Magdalena Jiménez, María Cano, María Velasco y Marina Uceda.


Horza, vejiga y carrizo: esos son los materiales con que en Fernán Núñez (Córdoba) construyen la zambomba, un instrumento aquí pequeño, para sostener entre las manos de las mujeres que todavía se reúnen en las heladas de diciembre y cantan tonadas.

En Fernán Núñez estuvimos hace hoy un año para entrevistar a las vecinas que generosamente repitieron sus cantos para nosotros. Comenzaron tímidas, al hilo de la sobremesa y –como suele ocurrir- culminaron en el filo de la madrugada con coplas picantes para las que la zambomba hubo de pedir ayuda a las carrasquiñas, unos palos dentados con sonajas que llegaron a explicar mejor las burlas.

En medio, devanaron las mujeres unos ochenta temas, repertorio frondoso entre la melancolía y el jolgorio, nunca desordenado. Escenificaron la infancia con retahílas, canciones de corro e invocaciones al sol y la luna; los temores y las esperanzas de la primera madurez con conjuros, refranes, plegarias y oraciones; la felicidad del baile con jerigonzas; el sudor de la vida con canciones de trilla… La compañía del invierno, en fin, con un puñado de tonadas navideñas, romances y canciones, devotas y profanas. María Párraga (62 a.), que sabe cantar (hay quien aún sabe) nos tejió el encaje de La canastilla del Niño en esta preciosa versión a la que sirve de desenlace La Virgen costurera:



El veinticuatro del mes
nació el Niño Dios divino,
la Virgen como era pobre
no tenía para el hatillo.
Yo le haré el hatillo
lo mejor que pueda,
que no esté desnudo
mi querida prenda.
El juboncito y la chambra
se lo haré de holanda fina
con encajes y entredoses
y el bordado de la china,
la faja la haré
de lo más finito
para que le ajuste
ese cuerpecito.
El gorrito, niño mío,
dime de qué te lo formo,
que no quisiera taparte
ese pelito de oro.
Te lo haré de tul
todo muy calado
para estarte viendo
ese pelo enrulado.
Ya tengo el hatillo hecho,
a Belén lo llevaré
y allí, madrecita buena,
todo te lo entregaré.
Recibe, María,
este regalito
que le vengo a hacer
a tu Jesusito.
Que te acuerdes, madre mía,
que cuando nazca tu niño,
que te acuerdes decirle
la que le hizo el hatillo.
Dios te dé salud,
también de comer
y luego te lleve
al cielo con él.
La Virgen no tiene aguja
ni hilo para coser
ni dedal para su dedo
para su hatillo hacer.
Señor Patriarca,
Señor San José
con una varita
al monte se fue.
De la pluma de un jilguero
San José hizo una aguja,
de los copitos de nieve
hilo para su costura,
cogió una bellota,
le quitó el sombrero
y un dedal precioso
le puso en su dedo.
San José dice a la mula:
ligera, mula, ligera,
que Belén está muy lejos,
la Virgen no tiene espera.
La mula ligera,
San José también,
Señor Patriarca,
Señor San José.

Realizaron la encuesta de Fernán Núñez: José M. Fraile, Marcos León Fernández, Melchor Pérez Bautista y María Jesús Ruiz. Para otras versiones y un estudio de este tema, vid. José Manuel Fraile Gil: "La canastilla del niño. Un villancico enumerativo", Revista de Folklore, 279 (2004), págs. 75-80.

26 noviembre 2007

Romancero de la Isla de El Hierro

Maximiano Trapero, Romancero general de la isla de El Hierro
(con un estudio de la música de Lothar Siemens).
Cabildo Insular de El Hierro, 2006.

La segunda edición del Romancero de El Hierro corrige y aumenta considerablemente la primera (1985). Maximiano Trapero añade nuevos materiales, revisa la catalogación de temas y se detiene en comentar particularmente las versiones, ubicando así en la tradición pan-hispánica la espectacular tradición romancística canaria, gracias a él una de las mejor conocidas.

10 septiembre 2007

La molinera de Arcos


Alejandro Casona, La molinera de Arcos.
Tonadilla en cinco escenas y un romance de ciego

(edición de María Jesús Ruiz)

Escenografías y figurines de Gori Muñoz para el estreno argentino de la obra (1947). Ayuntamiento de Arcos, 2007



Alejandro Casona hacia 1947

Pliego siglo XIX


No estamos aquí ante un asunto inédito. Tampoco lo era ya cuando Alarcón lo tomó para tejer sobre su burdo cañamazo primitivo la más deliciosa y colorida de sus narraciones costumbristas. La relación tradicional de la Molinera y el Corregidor, en centenares de formas distintas, en romancillos de ciego, jácaras, canciones, cuento y proverbio, ha corrido de boca en boca por todos los ámbitos de España desde comienzos del pasado siglo, hasta pasar de su primitiva forma elemental a las más altas elaboraciones artísticas de la novela y el teatro.
Por cien caminos distintos vuelven así al pueblo los personajes del pueblo. En ese cauce de tradición nace esta comedia, que no sé si será la “Molinera 38”, pero que seguramente no ha de ser la última.


(Alejandro Casona)

Extractos de la Introducción en:

http://romancerogomera.blogspot.com/2007/10/la-molinera-de-arcos.html


07 septiembre 2007

Mónica Gómez (Fontecha, Cantabria, 1915)

Mónica Gómez canta en la cocina de su casa
de Fontecha (Ayto. de Campóo de Enmedio, Cantabria),
26 de julio de 2007

Mónica Gómez vive en Fontecha desde que nació, en 1915. Fue una de las mejores pandereteras de la comarca y en 1934 ganó el certamen de cantoras. Recién casada, en 1937, le mataron el marido en Teruel, y decidió dejar de cantar. Setenta años después, una otoñal tarde de este último verano, rompió su promesa para cantarnos versiones preciosas y completas de Las señas del esposo, El raptor pordiosero, El Conde Dirlos, etc, etc... Tuvimos el privilegio de oirla José Manuel Fraile Gil, Antonio Sánchez Barés y María Jesús Ruiz. Nos ayudaron su sobrino, el maestro rabelero Tomás Macho, su madre, María Gómez y su mujer, Maribel.



23 agosto 2007

Columpios en Grazalema y Benamahoma


Las mujeres más jóvenes que recuerdan los columpios en Grazalema y Benamahoma tienen más de setenta años. Fue en los años cuarenta, por tanto, cuando salieron por última vez a mocearse al vaivén de la fiesta, en la que al galanteo -si caía por San Juan- se le llamó también sanjuanearse.

Los columpios se comenzaban a echar por la Cruz de Mayo y se prolongaban durante el verano, sobre todo en San Juan y San Pedro. En el campo, los hombres ataban la soga a un nogal o a un quejigo, que en Benamahoma tenía la rama tan alta que quien se columpiaba atravesaba el río. En el pueblo las sogas se ataban, entre las calles estrechas, de balcón a balcón.

El columpio fue un espacio de socialización -que diría la moderna etnografía-, pero fue sobre todo el espacio poético en el que declamar lo que el día a día mantenía en silencio. Una mujer, así, podía cantar desde el columpio al ver acercarse al hombre deseado:

Si se partiera la soga
adónde iría a parar:
a los brazos de mi amante
y un poquito más allá.

Y la enfadada o celosa, cantarle:

Míralo por dónde viene
el que ayer me despreció,
las vueltas que dará el mundo
que ahora lo desprecio yo.

Cuando paso por tu puerta
cojo pan y voy comiendo
pa que tu madre no diga
que con verte me mantengo.

Las mujeres más aedadas de Grazalema y Benamahoma cantan aún con melismas y desparpajo las coplas de columpio en las que se mocearon. Gracias por su voz y su memoria a:

ISABEL CABALLERO, CATALINA DIÁNEZ, ISABEL DIÁNEZ,
MARÍA BOCANEGRA, LUCINDA PÉREZ, PEPA MORATO,
ANTONIA SÁNCHEZ, ISABEL VALLE, ATANASIA RUIZ,
JOSEFA GONZÁLEZ, PAQUITA ALIAÑO, MARÍA CALVILLO,
FRANCISCA SÁNCHEZ, JUANA RAMOS, ISABEL RODRÍGUEZ,
ANTONIA JARILLO, JUANA MANGANA, LOLA RAMÍREZ,
PEPA SÁNCHEZ, TERESA CALVILLO, JUANA RUIZ,
ISABEL CALVILLO, ANA NÚÑEZ Y FERMINA ROMÁN


21 julio 2007

El amor a las cosas de mi patria...


María Jesús Ruiz, "El amor a las cosas de mi patria...": romanticismo y romancero en las interpretaciones hispanas del Quijote

Publicado en Ínsula, 727-728 (julio-agosto de 2007): Raros, locos, visionarios y embusteros: el Cervantismo (monográfico coord. por Alberto Romero Ferrer), pp. 15-16.



La idea de que el deber intelectual tiene que ver con la memoria y no con las rupturas se instala en el hispanismo con los primeros brotes del romanticismo y –quizás por encontrar un inmejorable caldo de cultivo- persiste casi hasta la actualidad. Surge por reacción al afrancesamiento y al olvido de “lo hispano” que marcaron la Ilustración y se hace muy pronto con dos armas emblemáticas: el Quijote y el Romancero, blandidas ambas con fervor casticista durante todo el siglo XIX y, más allá de él, enredadas en una misma vocación filológica.
Estas dos médulas –en opinión de tantos- de la literatura española corren en su apreciación una suerte similar, plagada, por otra parte, de encuentros nada fortuitos: son veneradas, primero, por los románticos europeos, y luego canonizadas por una larga nómina de intelectuales españoles que quedan deslumbrados ante su propio patrimonio; en su andadura conjunta, en fin, uno y otro texto se reconocen deudores recíprocos y llegan a cifrar su grandeza en haber sido creados en un estado de gracia comparable al que inspiró La Ilíada.
En el imaginario romántico, el Quijote y el Romancero son las máximas expresiones del espíritu nacional (“noble, guerrero, generoso y grave”, en palabras de Agustín Durán), y descartan con rotundidad esa naturaleza cómica propia de “gente de baja y servil condición” que la denostada óptica del XVIII pretendió asignarles
[1].

Don Quijote y Montesinos, una misma suerte

Anthony Close nos ha explicado con detalle cómo el ideario disperso de los románticos alemanes es la yesca que en la España decimonónica enciende la mecha del modo esencial de su crítica literaria[2]: la recepción de las opiniones de Schlegel o de Schelling sobre la existencia de una poesía universal, de un sentir poético sobrenatural –exento de sofisticación e individualismo-, de una identificación casi telúrica de la identidad cultural de un país con sus grandes monumentos literarios, y –quizás, sobre todo- de un concepto tan influyente como el de Volkgeist (alma del pueblo), se convierten aquí en un sólido engranaje teórico de cara a la interpretación de la propia literatura. Y lo más importante: tales fundamentos, lejos de quedarse en una efímera moda o, cuando mucho, en una pasión generacional, se instalan para siempre en la interpretación filológica, alentando no sólo a los intelectuales propiamente románticos, sino a los que, en lo sucesivo, podremos identificar como folkloristas, noventayochistas, modernistas, historicistas, positivistas e incluso krausistas.
Como una constante ineludible, todos ellos, por lo menos hasta bien entrado el siglo XX, parecen verse abocados a un mismo destino intelectual con dos posibles trayectorias: estudiar el Quijote desde sus conocimientos del Romancero o dedicar sus desvelos a la balada hispánica desde los presupuestos (y claves
[3]) de la obra cervantina.
Como paradigma de esto que decimos irrumpen en el hispanismo romántico más temprano los escritos de Agustín Durán y, en particular, su Romancero general o Colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII (1849)
[4]. En buena medida, las apreciaciones de Durán –a quien “el amor a las cosas de mi patria” mueve a publicar los viejos romances- contienen los principios esenciales por los que se guiarán sucesivos hispanistas en el análisis de los dos grandes textos de los que hablamos. Ya puede localizarse aquí con claridad la condena a la crítica dieciochesca por “preferir lo extraño a lo propio” y, en consecuencia, la identificación de la literatura autóctona con el ser esencial del país y con la propia patria. Discursos, los de Durán, ciertamente apasionados, de un romanticismo “patriótico y nostálgico” –como certeramente lo califica Close-, que colocan al Romancero y a la más añeja tradición caballeresca en cimas casi sobrenaturales: “Los romances viejos populares y sus imitaciones popularizadas, debieran ser los elementos de nuestra epopeya nacional, si nos fuese posible alcanzarla, porque allí se contenía, como dijimos en otra parte, toda la ciencia, la fe, los hábitos y costumbres del país, formadas en el transcurso de muchos siglos, y arraigadas en los corazones; porque allí se veía el pueblo pintado a sí mismo, y retratados en los hechos sus sentimientos y sus glorias; porque allí se le presentaba su civilización, y porque era el medio único que tuvo de conservar en la memoria, con lenguaje y formas al alcance de su inteligencia, aquellos hechos y virtudes que amaba recordar, y aquellos vicios que deseaba contener o castigar”[5].
La homologación entre el Quijote y la “verdadera” epopeya es quizás la idea que con mayor fuerza gravita en el discurso que Juan Valera compone en 1864
[6], claramente heredero de los juicios de Durán, y crisol definitivo de otros dos principios importantes: el que aleja al Quijote de su consideración de mera obra de burlas y entretenimiento, y el que lo sitúa no tanto como condena de las extravagancias caballerescas, sino, sobre todo, como la novela de caballerías más estilizada, inspirada y “castiza” nunca escrita. Y tal como la ve Valera la contempla Menéndez Pelayo años más tarde: “constituye el Quijote una nueva categoría estética, original y distinta de cuantas fábulas ha creado el ingenio humano; una nueva casta de poesía narrativa, no vista antes ni después, tan humana, trascendental y eterna como las grandes epopeyas, y al mismo tiempo doméstica, familiar, accesible a todos, como último y refinado jugo de la sabiduría popular y de la experiencia de la vida”[7]. Ese sentimiento orgánico e integral de la novela de Cervantes, considerada ya en los umbrales del siglo XX como el compendio de todo lo que hay que saber y vivir, contiene la clave –a mi parecer- de la clarísima comunión producida entre el Quijote y el Romancero. En el mismo estudio, se refiere Menéndez Pelayo a la materia prima con que está hecha y señala la “naturalidad” con que Cervantes integra el romancero viejo y el folklore, “al modo de la Filosofía vulgar de Mal Lara”, dando pie así a que su más brillante discípulo, Ramón Menéndez Pidal, y el autodidacta Rodríguez Marín emprendan de nuevo el viaje romántico, esta vez de vuelta: del Romancero al Quijote.

Del Entremés de los romances y otros episodios

El discurso leído por Menéndez Pidal en el Ateneo madrileño en 1920[8] pone el dedo en la llaga acerca de un asunto que, a partir de ese momento y hasta hoy mismo, tendrá largo debate: la dependencia genética que el primer Quijote (el de la primera salida) pudiera tener del Entremés de los romances, una obrilla a la que hasta entonces se había considerado hija humilde de la novela de Cervantes[9]. Pero más importante que eso quizás resulte advertir en el estudio de Pidal la ideología (aún pertinazmente romántica) que anima su perspectiva.
En el momento de acercarse al Quijote, don Ramón llevaba más de veinte años coleccionando romances de la tradición oral y, por ende, leyendo las colecciones y pliegos del Siglo de Oro que daban fe de la frondosidad de un género al que el olvido de la generación ilustrada no había mermado ni un ápice de su vitalidad. Su descubrimiento del Romancero de tradición moderna, pues, había estado precedido de una sólida formación bibliófila, y sobre todo se sostenía en la entronización que de los romances viejos habían hecho los románticos alemanes, los primeros en calificar este corpus baladístico como una “Ilíada sin Homero”. Así las cosas, podrá entenderse que quien declarara en repetidas ocasiones que “España es el país del Romancero” se ratifique en la idea de que el Quijote representa el “verdadero espíritu hispano”, y afirme que Cervantes, “siguiendo instintos de su raza española”, creó lo que “constituye el último término de una serie, en cuanto a la intromisión del elemento cómico en el heroico… una mezcla que se viene haciendo desde la epopeya”. Así las cosas, en fin, también podrá entenderse que Menéndez Pidal, en éste y en otros textos, consagre la idea de que el genio del Quijote brilla singularmente en los momentos en los que la novela se inspira en el Romancero. En cualquier caso, convendría en tal sentido recordar la trayectoria de la balada hispánica desde los primeros momentos de la fascinación romántica hasta 1928, fecha en la que Menéndez Pidal publica su Flor nueva de romances viejos
[10], probablemente uno de los textos que mejor revele la “mentalidad del romancero” subyacente en el Quijote.
Si la interpretación nacionalista y anti-jocosa del Quijote constituye para los románticos una respuesta revolucionaria a la Ilustración, el Romancero significa algo más: nada menos que el descubrimiento de un texto que se pensaba primero extinto, luego deteriorado y, por fin, asombrosamente vivo.
Efectivamente, la llegada a España en pleno siglo XIX de las colecciones de romances viejos editadas en Europa venía a explicar la riqueza ilimitada de una literatura culta y popular, individual y colectiva, noble y plebeya, pero lamentablemente desaparecida de la memoria viva de la nación. Representaba el romancero además, para los intelectuales románticos españoles, ese estado milagroso de un pueblo en el que la inspiración, el ritmo y la cadencia, casi previos a la palabra, da lugar a la creación artística. Es decir, representaba algo idéntico a lo que Valera, por ejemplo, atribuía al Quijote, nacido para él de un estado de gracia en el que Cervantes había sido sólo el ejecutor de una inspiración épica colectiva. Y representaba, por demás, la quijotesca Edad de Oro: poesía del hombre aún no obsesionado por la razón y la experiencia, todavía no contaminado por el racionalismo.
Desde estos términos –y desde la añoranza de una edad perdida- poetas como Zorrilla o el Duque de Rivas, hechos vates, escriben sus romances (y poco más o menos desde los mismos términos, salvando las distancias, seguirán imitando el Romancero en el siglo siguiente Lorca o Alberti, pero ésa es otra historia). Desde la misma situación, por supuesto, publica Durán su Romancero, y bajo las mismas creencias aborda Menéndez Pelayo su edición de la Primavera y flor de romances de F.J. Wolf y C. Hoffman
[11]. La bibliofilia, el conocimiento exhaustivo de las colecciones salidas de las primeras imprentas del siglo XVI produce, sin embargo, sobre la mayoría de ellos, la sensación de que el monumento literario que rescatan sólo tiene pasado.
Afectos a esta idea, los del siglo XIX pensarán durante mucho tiempo que los romances recogidos por el bibliógrafo Bartolomé José Gallardo en la Cárcel de Señores de Sevilla en 1825 son una fantasía romántica más, y que el Conde Sol cantado por El Planeta que Estébanez Calderón hace aparecer en sus Escenas Andaluzas es una ensoñación del autor ajena al costumbrismo del episodio que relata. Con todo, poco a poco la percepción de que el Romancero vive en la memoria y en la voz de las clases populares se irá extendiendo gracias a las aportaciones, entre otros, de Fernán Caballero y, de manera definitiva, de los folkloristas finiseculares
[12].
En 1900 Menéndez Pelayo ultima su “Suplemento a la Primavera y flor de romances de Wolf”, que titula Romances recogidos de la tradición oral
[13], no obstante lo cual se lamenta: “este caudal poético, al parecer, ha desaparecido casi completamente de las regiones centrales de la Península, en las provincias que por antonomasia llamamos castellanas”. Antes de mandarlo a la imprenta, sin embargo, tiene la feliz oportunidad de incluir, unas páginas más adelante, la noticia del descubrimiento del romancero castellano, buena nueva que le hacen llegar por vía epistolar el recién estrenado matrimonio formado por Ramón Menéndez Pidal y María Goyri.
La anécdota del “alba del romancero castellano” se ha contado hasta la saciedad. Durante su viaje de novios por la ruta del destierro del Cid, y concretamente en El Burgo de Osma (Soria), María Goyri tiene la oportunidad de recoger de boca de la mujer que ha pasado a ser conocida como “la lavandera del Duero” un puñado de romances que la aventajada discípula de Pidal reconoce como provenientes de la antigua tradición, entre ellos una versión de La muerte del príncipe don Juan, de cuya existencia sólo se tenía noticia por las impresiones del Siglo de Oro
[14]. El descubrimiento es interpretado de inmediato por Menéndez Pidal en el sentido trascendental que realmente tenía: la prueba de que en el corazón geográfico y cultural del territorio hispano (Castilla) el romancero viejo se mantenía vivísimo, y la prueba por tanto de que la memoria histórica, la identidad nacional, permanecía en el decir poético del pueblo.
Los romances recogidos por María Goyri en su viaje de recién casada desencadenan así la pasión pidaliana por el Romancero, impulsando en los años posteriores la formación del archivo romancístico de la familia, la creación del Centro de Estudios Históricos y, lo más importante, la colaboración incondicional de cuantos estudiosos, escritores e intelectuales en general se prestaron en algún momento a recoger romances, aquí, en América y en cada rincón del mundo –como gustaba de decir don Ramón- en el que hubiera un hispano-hablante
[15].
Cuando –como decía- en 1928 Menéndez Pidal publica su Flor nueva de romances viejos el magno texto del Romancero antiguo y moderno está prácticamente hecho, y sobre todo ha sido asimilado por el hispanismo post-romántico como ese otro universo orgánico en el que lo noble y lo plebeyo, lo popular y lo culto, definen una sola memoria. Con tal sentido el saber folklórico del Romancero y el saber inspirado de Cervantes se dan la mano en la edición del Quijote preparada por Rodríguez Marín
[16], cuyos excesos eruditos no vienen sino a explicar lo inexplicable: en el Quijote y en el Romancero está lo esencial pero, además, está todo, lo vivido y lo literario, la memoria y la invención, lo particular y lo universal.
Tal sentido, plenamente romántico, alienta ese texto clave que es el proemio de la Flor nueva, al menos una excelente guía para entender la homologación casi “natural” que entre el Quijote y el Romancero se produce desde la eclosión misma del romanticismo decimonónico.
Los dos textos quedan, en estas páginas, definitivamente purificados de las contaminaciones extemporáneas con que las perniciosas modas extranjeras (a saber: los libros de caballerías y el afrancesamiento dieciochesco) pudieron ensuciarlos. Ambos se fundan en la más noble tradición épico-histórica de la Edad Media y ambos son contenedores irreemplazables de los esenciales valores nacionales. Inevitablemente, ambos se encuentran en el Siglo de Oro, y partir de ahí se inspiran mutuamente. Ambos, en fin, son los caudales únicos de ese dechado de sabiduría y discreción en el que Unamuno (otro intérprete noventayochista del Quijote) identifica la “individualización del alma del pueblo”.
La perfección alcanzada por el Quijote y el Romancero en la percepción de la filología es, pues, fruto tardío: con más débitos hacia la milagrosa y refinada supervivencia del romance en la tradición moderna, y con más débitos hacia la segunda parte de la novela cervantina, en la que el Escudero, genial síntesis del sentir y del pensar humanista, pasa de ser –en palabras de Menéndez Pidal- “Sancho el de los refranes” a ser “Sancho el de los romances”.


[1] Sobre este asunto, vid. F. Rico, “Las dos interpretaciones del Quijote”, Breve Biblioteca de Autores Españoles, Barcelona, Seix-Barral, 1990: 139-161; y A. Close, “Las interpretaciones del Quijote” incluido en la edición dirigida por F. Rico (Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2005: CLX-CXCI).
[2] La concepción romántica del Quijote, Barcelona, Crítica, 2005.
[3] Uno de los “descubrimientos” propiamente románticos del Quijote es su interpretación como obra con significados ocultos: Carlos M. Gutiérrez, “Cervantes, un proyecto de modernidad para el Fin de Siglo (1880-1905)”, Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, 19.1 (1999): 113-124.
[4] Editado en los vols. X y XVI de la Biblioteca de Autores Españoles.
[5] Prólogo al Romancero general, ob. cit.: XXVI
[6] “Sobre el Quijote y sobre las diferentes maneras de comentarle y juzgarle”, en Obras escogidas. Ensayos. Segunda parte, Madrid, 1928. Utilizo la siguiente edición: Discurso escrito por encargo de la RAE para conmemorar el tercer centenario de la publicación de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Santa Fe, El Cid Editor, 2004.
[7] “Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote”, conferencia pronunciada en 1905 en la Universidad Central de Madrid, impresa en sus Estudios de crítica literaria. Cuarta serie (s.n., Madrid, 1907: 1-64).
[8] “Un aspecto de la elaboración del Quijote”, reimpreso en Madrid, 1924. Utilizo el texto incluido en De Cervantes y Lope de Vega, Madrid, Espasa-Calpe (Austral, 120), 1940: 9-60.
[9] Puede consultarse la edición realizada por Daniel Eisenberg y Geoffrey Satagg para el Bulletin of the Cervantes Society of America, 22.2 (2002): 151-174. Para un resumen actualizado de la controversia y un estado de la cuestión, vid. Luis Andrés Murillo, “Cervantes y el Entremés de los romances”, Actas del VIII Congreso de la AIH, 1983: 353-357.
[10] Madrid, Espasa-Calpe. La Flor nueva es, entre otras cosas, un magno ejercicio de memoria: como consta en la dedicatoria, su autor la redactó ayudado por su hija Jimena, durante una ceguera temporal, lo cual pudiera tener vinculaciones nada peregrinas con el profundo sentido historicista del texto.
[11] La Primavera y Flor de Romances o Colección de los más viejos y más populares romances castellanos (Berlín, A. Asher y Comp., 1856) fue reeditada por Menéndez Pelayo en 1899 en su Antología de poetas líricos castellanos (Madrid, Colección de Escritores Castellanos).
[12] Para un resumen de estos avatares puede verse: Virtudes Atero, Romancero de la provincia de Cádiz, Fundación Machado, Universidad de Cádiz, Diputación Provincial de Cádiz, 1996, especialmente 15-20.
[13] Editado como volumen X de su Antología de poetas líricos castellanos, Madrid, Hernando, 1900.
[14] María Goyri de Menéndez Pidal, “Romance de La muerte del príncipe D. Juan”, Bulletin Hispanique, VI, 1 (1904): 29-37.
[15] Diego Catalán ha contado minuciosamente todos estos episodios en El archivo del romancero: historia documentada de un siglo de historia, Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal, 2001.
[16] La anotadísima edición del erudito andaluz ve por primera vez la imprenta en 1911. Para una revisión crítica de las ediciones de Rodríguez Marín, vid. Daniel Eisenberg, “Balance del cervantismo de Francisco Ródíguez Marín”, Actas del Coloquio “Cervantes en Andalucía”, Ayuntamiento de Estepa, 1999: 54-64.

11 julio 2007

Festival de Folklore Ciudad de Cádiz: 25 años

Portada del libro conmemmorativo del 25º Aniversario del Festival Internacional de Folklore Ciudad de Cádiz. Edición del Ayuntamiento de Cádiz y de la Universidad de Cádiz, 2007.
COSA DE TODOS, TIERRA DE NADIE


El baile, la música y la poesía tradicional no tienen dueño. Tampoco una forma fija: cambian y se adaptan a cada siglo, a cada espacio, a cada comunidad humana, procurando que las personas sigan comunicándose, y procurando que la memoria (que casi es lo mismo que el afecto) aliente cada vida particular. La orfandad de la tradición es también la responsable de su olvido y, en ciertos momentos, del maltrato recibido por quienes han querido manipularla, utilizarla para el propio lucro o hacerla bandera de fanatismos y doctrinas. En su arriesgada peregrinación, el folklore parece llamado a extinguirse desde hace por lo menos un siglo, cuando la “cultura de la civilización” comenzó, decidida, a arrasar cualquier resto de memoria (que ya se sabe que, para quien quiere gobernar a la fuerza, es el primer enemigo a abatir). A estas alturas, pues, defender el folklore, hacer cualquier cosa para protegerlo, podrá ser un loco asunto, pero de lo que no cabe duda es de que se trata de un asunto honrado, con una carga importante de compromiso y decencia, enemigos a la sazón, también, de la “cultura de la civilización”.

Este loco asunto, en Cádiz, ha tenido desde hace veinticinco años como escenario el Festival de Folklore Ciudad de Cádiz, y como promotores a un puñado de ciudadanos simple e incomprensiblemente comprometidos con un encuentro que -aparte de riqueza humana y muchos quebraderos de cabeza- no les ha reportado ni el suficiente apoyo de las instituciones ni el oropel con que la vida cultural de esta ciudad premia a ciertos miembros de su comunidad. Arrancaron con el proyecto en los inicios de los ochenta, en un clima político y vital que alentaba la entrega desinteresada al progreso común, y en ese estado de gracia se han mantenido hasta hoy mismo, ciertamente ajenos a un presente que entiende la cultura, en el mejor de los casos, como objeto de trueque y, en el peor (y más frecuente), como una ocurrencia pública con rentabilidad electoral inmediata.

Recibían, en aquel entonces, una herencia difícil: la factura con que el franquismo había diseñado el folklore, a saber, una estampa típica, simplista y falsamente festiva de “los pueblos de España”, que durante décadas benefició a unos cuantos, pero que también durante décadas padecieron muchos más. Confieso que yo misma –aprendiz por aquellos años de estos asuntos de la tradición- miré con malos ojos las primeras ediciones del Festival de Folklore que, en mi opinión de entonces, venía a prolongar intempestivamente un tratamiento de la cultura tradicional dirigista que había que desterrar. Mi visión torcida de las cosas, sin embargo, se transformó radicalmente desde el momento en que conocí la labor de este grupo de amigos, a los que alentaba únicamente una verdadera confianza en el folklore como vía de conocimiento y solidaridad.

Me sigue sorprendiendo, a día de hoy, la dedicación al Festival de estos extraños “empresarios sin techo”, que cada año remontan el cansancio, postergan las vacaciones y olvidan las ingratitudes para convocar, otra vez, a danzantes y cantores de otro idioma, con los que llegan a entenderse tan estrecha y milagrosamente que han llenado el mundo de hombres y mujeres nostálgicos de Cádiz. Me sigue sorprendiendo la lucidez y la inteligencia natural que derrochan en la comprensión de la tradición popular, y el respeto con que la miran. Y quiero seguir aprendiendo de ellos.

Los interesados en el libro pueden pedirlo en estas direcciones: repeto@comcadiz.com ó rafael.galle@uca.es

Más información en el enlace al Festival del periódico La Voz de Cádiz: www.lavozdigital.es


19 junio 2007

ELO: Homenaje a Julio Camarena


El número 11-12 de los Estudos de Literatura Oral de la Universidad del Algarve rinde homenaje a Julio Camarena, asumiendo la puesta al día de los trabajos del desaparecido investigador y con el compromiso de ir editando buena parte de lo que dejó inédito.
Asimismo, se reúnen aquí un puñado de artículos en la línea de rigor e interés mantenida por la revista desde su aparición. En esta ocasión, giran algunos de ellos en torno al cuento folklórico y otros en torno al romancero y a otros "géneros" más olvidados como los textos dialogados del repertorio infantil tradicional; son interesantes también los trabajos teóricos sobre el sentido nacionalista de la poesía popular o la variabilidad.
Contacto con la Revista ELO:
Centro de Estudos Ataíde Oliveira
Universidade do Algarve
Campus de Gambelas, 8005-139 Faro
PORTUGAL

07 junio 2007

Las tarascas del Corpus



Cuando el próximo 10 de junio la procesión del Corpus Christi desfile por las calles de esta ciudad habrá mantillas, cantos devotos, rezos, pero no estarán las tarascas. Las hemos perdido, se han desvanecido de nuestra memoria, haciéndonos creer que la irrupción de junio es asunto exclusivo de la iglesia, y no patrimonio del imaginario popular.

Urbano IV instituyó en 1264 la fiesta del Corpus mediante una bula que apelaba a su principal significación (“confundir la perfidia y la locura de los herejes”), y asimismo a su función pública de placer, divertimento, convivencia y júbilo. Bajo tal comprensión, desde entonces y hasta al menos el siglo XVIII las procesiones del Corpus combinaron la solemnidad litúrgica con el desfile desenfadado y procaz de gigantes, cabezudos, enanos, diablillos y tarascas, y con la interpretación popular de danzas y jácaras al son de vihuelas, castañetas y tamboriles. Con una morfología algo variable, las tarascas eran esencialmente unas figuras femeninas con apariencia de dragón, sierpe o monstruo híbrido, coronadas a partir de cierto momento por una mujer que las cabalga y que con su indumentaria anuncia la moda del nuevo año. De evidente ascendencia mítica y pagana, las tarascas fueron interpretadas por la oficialidad eclesiástica como iconos diabólicos, y su intervención en el Corpus justificada como símbolo del triunfo del Bien sobre el Mal y como aniquilación del pecado. No obstante, el deambular de las tarascas por las calles de tantas ciudades y aldeas españolas fue, desde siempre y más que nada, diversión infantil y, en definitiva, proclama popular del solsticio de verano y arenga bulliciosa del buen tiempo y el juego.

Las tarascas y los gigantes y cabezudos que las acompañaban hicieron pues de la Procesión del Corpus un acontecimiento mestizo, sincrético de lo profano y lo religioso y representativo, por lo demás, de lo más esencial de la espiritualidad mediterránea. Su presencia bajo el inmenso palio de toldos respondía a esa necesidad sureña de teatralizar lo intangible, y sus amenazas burlescas a la chiquillería resolvían la necesidad pública de socializar el miedo.

No fue la Iglesia en un primer momento quien sentenció a muerte a las tarascas, sino la Ilustración, y especialmente el desafío racional impuesto al orden público por la política de Carlos III. Su reinado fue pródigo en cédulas reales que abominaban del desenfado y el caos que estos monstruos callejeros sembraban entre las gentes, y que procuraban hacer de la devoción un asunto privado, sin las estridencias que la Contrarreforma había favorecido. Fueron entonces desapareciendo de las procesiones primaverales las danzas y las músicas y, con ellas, el jolgorio de los diablillos y los montaraces dragones. A fuerza de intentar desproveer de control social a la Iglesia, el pensamiento ilustrado acabó por poner la primera piedra para la extinción de una manifestación verdaderamente social, pagana y espontánea, como llegó a verlo Jovellanos que, crítico con sus propios postulados, lamentaría la triste solemnidad a la que fue quedando reducido el Corpus: “no basta que los pueblos estén quietos, es preciso que estén contentos.”

El racionalismo, en este caso, fue el inicial traductor-traidor del binomio civilización vs. barbarie: despojó a la fiesta de su sentido profano y puso en marcha los motores de la desmemoria, poniendo en manos exclusivas de la liturgia el regalo del estío. Aún quedan tarascas diseminadas en los desfiles de algunos pueblos, muy despojadas de protagonismo, reducidas apenas a un divertimento infantil recatado y hueco: dragones mecánicos que no asustan y que, por tanto, no nos dan la opción de enfrentarnos al diablo. Desterrado el pecado de la calle, las últimas décadas de patriotismo, doctrina y dirigismo cultural han hecho desfilar, en tromba, a las mantillas, una moda que cabalga sobre cabezas femeninas, pero de las que extrañamente nadie parece advertir su peligro.

(Publicado hoy en La Voz de Cádiz)

Algunas referencias imprescindibles:

Fernando Martínez Gil y Alberto Rodríguez González (UCLM), “Del Barroco a la Ilustración en una fiesta del Antiguo Régimen: el Corpus Christi”, Cuadernos de Historia Moderna Anejos, 2002, I, 151-175.

José María Bernáldez Montalvo, Las tarascas de Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 1983.

21 mayo 2007

Ni aquí ni allá (corridos de la emigración)

Portada del libro de María Luisa de la Garza,
Ni aquí ni allá. El emigrante en los corridos y en otras canciones populares,
Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Cádiz, 2007.



El ensayo de María Luisa de la Garza obtuvo el premio de Ciencias Sociales "Cortes de Cádiz" en su edición de 2005, y tengo la impresión de que felizmente ocurrió así porque un libro sobre la frontera y sus habitantes y la capacidad de sus habitantes para cantar su drama, por muy lejos que geográficamente quede México, tiene que ser especialmente bien entendido en Cádiz, territorio fronterizo con vocación impenitente de poner rimas a su drama.

El corrido de la emigración se genera y crece paralelo al narcocorrido, haciéndose eco en esta ocasión de la aventura de los mojados, protagonistas de la conflictiva migración mexicana hacia el odiado y admirado país vecino, Estados Unidos. La emigración y el narcotráfico han desplazado así, en las últimas décadas, el antiguo centro de interés de la canción popular mexicana (el "nacionalismo revolucionario", generado fundamentalmente en las zonas de Jalisco y Guanajuato) hacia el norte, y el corrido, de ser un fenómeno nacional e identitario, se ha tranformado en la manifestación más emblemática de la cohesión trasnacional. La autora del libro dice bien cuando advierte, en tal sentido, que la evolución del corrido hacia otros lares, hacia otros temas y hacia otras músicas no debe interpretarse como una degeneración del mismo, sino como muestra de la enorme ductilidad de la canción popular para proyectar, siglo a siglo, el continuo devenir socio-histórico de una comunidad cultural.

Aunque de reciente prevalencia en el corrido, el fenómeno migratorio en la extensa frontera entre México y Estados Unidos tiene mucha historia: casi un siglo, desde que en 1917 el poderoso del norte comenzara primero a controlar y luego a restringir el paso de mexicanos, prosiguiendo con deportaciones masivas "de quienes previamente había sido bien recibidos" en 1924. Desde entonces, la relación asimétrica e inestable entre ambos países ha ido in crescendo, a la vez que crecía la comunidad mexicana, agrupada hoy por hoy en "clubes de oriundos" y formada por unos veinticinco millones de personas.

En tal contexto, el corrido, expresión socializadora del imaginario popular, ha generado una representación social de la emigración muy concreta, en la que sus acciones modélicas y sus agentes arquetípicos permiten una interpretación muy vasta de la copla como etnotexto. A propósito de esto, la autora indica que los corridos de la emigración no siguen una ideología política determinada, y que ni siquiera responden a la expectativa de cuestionar un orden social jerarquizado y sumamente discriminatorio; por el contrario, suelen estar dominados por una ideología próxima a la de las clases acomodadas, conservadora y tradicional, que rara vez insinúa verdaderas propuestas de transformación. Una observación -a nuestro modo de ver- sumamente valiente, inscrita por otra parte en el rumor cada vez más intenso entre los "folkloristas" de que trabajamos sobre una noción de pueblo imaginaria, o al menos idealizada a partir de los presupuestos románticos decimonónicos que pusieron la primera piedra de los estudios etnográficos. Periclitado el pensamiento marxista (que en la segunda mitad del siglo XX nos animó a una interpretación unívoca del texto popular como "revolucionario", esto es, anti-alienante), en estos momentos no nos queda sino reconocer que una buena parte de la creación popular ha venido desde siempre asumiendo un papel de control social de signo involucionista.

A los textos habrá que remitirse. Los corridos de la emigración abordan así esa representación codificada del conflicto social atendiendo a un repertorio diversos de anhelos y realidades del mexicano expatriado: la vida que se sueña desde este lado de la frontera, la relación de los emigrantes entre sí y de éstos con la comunidad anglosajona, los sinsabores en las imposiciones de la justicia y la problemática identidad del que no vive ni aquí ni allá.

Al ensayo de María Luisa de la Garza, clarificador y arriesgado, sólo le falta -en nuestra opinión- una cosa: documentación fonográfica; sin duda alguna, una pequeña antología sonora hubiera venido a paliar el silenciamiento que el corrido, como toda manifestación poético-musical de índole popular, tiene.

Adiós fronteras de El Paso, de San Isidro y Laredo,

ya me voy con rumbo al sur, voy a hacerme petrolero.

Adiós todas las fronteras, se acabaron los braceros.

Adiós a los emigrantes [policías], que casi son mis amigos;

tantas veces me agarraron en los cargueros dormido;

soñando con las riquezas, ya no sentía ni el ruido.

Este bracero se va en un avión de catego,

voy a hacerme petrolero y a ganar mucho dinero.

Adiós, todas las güeritas del Viejo y Nuevo Laredo.

Jamás volveré a brincarme los alambres con garrocha,

ni a prenderle veladoras al Santo Niño de Atocha

para que en el río Bravo no enciendan ni las antorchas.

A mis patrones de Texas los dejo con sus maquilas,

he de verlos por mi patria buscando la gasolina.

No más a ver cómo se siente andar como me traían.

18 mayo 2007

Gusendos de los Oteros: devocionario primaveral

Portada y contraportada del cd coordinado y dirigido por
Maximiano Trapero, Semana Santa de Gusendos de los Oteros (León),
Tecnosaga (col. La tradición musical en España, vol. 39), 2007.

Aislado y en buena parte despoblado por la urgencia y la desmemoria de la civilización urbana y del siglo XXI, Gusendos de los Oteros permanece aún en la paramera leonesa conservando un repertorio de cantos populares alrededor de la Semana Santa que guarda paralelos con otras tradiciones poético-musicales de Castilla y León, pero que se singulariza por seguir conformándose como un ciclo completo y anejo a ritos antiguos del devocionario popular.

Maximiano Trapero ha vuelto sobre sus pasos infantiles por su pueblo natal para –con el bagaje de su experiencia como recolector- dejar un testimonio esmerado de esta manifestación tradicional. El CD recoge, en tal sentido, la actualización del ciclo íntegro de cantos a cargo de veinticuatro informantes naturales de la aldea que, estrofa a estrofa, desgranan su repertorio: Los ramos del primer domingo, El Rosario de la Buena Muerte del Jueves Santo, La Procesión del Calvario del viernes y La Procesión del encuentro del Domingo de Pascua.

Son composiciones de creación culta, de entre los siglos XVII y XVIII, que, a lo largo del tiempo, se han ido incardinando en la tradición oral, sosteniéndose sobre los moldes básicos de la quintilla y la cuarteta, y adornándose con anécdotas apócrifas propias del imaginario popular, que tanto declina de dictámenes teológicos oficiales. La viveza de las composiciones se atestigua, además, por la participación infantil en el hecho folklórico y la utilización de instrumentos, como la carraca y la matraca, más propicios a la fiesta pagana de la primavera que a la solemnidad impuesta sobre Cloris por la iglesia oficial.

02 mayo 2007

Yo janina, tú janino (la boda sefardí)

Portada del libro de Susana Weich-Shahak, La boda sefardí. Música, texto y contexto,
Madrid, Editorial Alpuerto, 2007.

Presentación de La boda sefardí en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Actuación del grupo Arboleras, Madrid, 26 de abril de 2007.

Los hitos humanos trascendentales del nacimiento, el amor y la muerte concentran el núcleo de la ritualidad, especificada ésta en usos, costumbres, danzas y cantos que actúan trenzados siempre y formando parte de una sola expresión simbólica. Con esta perspectiva de la ocurrencia folklórica (¿desechamos de una vez el término performance?) la profesora Weich-Shahak aborda un repertorio ritual específico, el de la boda sefardí, cuyo material ha recopilado durante más de treinta años de encuesta en las principales comunidades de la diáspora: las de Marruecos y las del Mediterráneo Oriental. El resultado es un libro y un cd que informan exhaustivamente de los procesos folklóricos asociados a la unión amorosa entre un colectivo esmeradamente entregado, hasta hace muy poco, a la conservación de su patrimonio inmaterial.

Shlomo Nasi y su esposa el día de su casamiento, en Turquía, entre 1910 y 1920.
Archivo fotográfico del Museo de la Diáspora, Tel Aviv.

El estudio preliminar, además de puntualizar los presupuestos teóricos mencionados, ofrece una descripción general de la ritualidad nupcial sefardí: desde la naturaleza de los textos que en ella concurren hasta la ejecución musical de los mismos, pasando con detalle por el sistema de valores y costumbres expresados.

Más adelante, la antología textual y musical se ordena conforme al orden de los eventos de la boda. Comienzan éstos con el apalabramiento o desposorio y las invitaciones, siguen con los cantos en torno a la preparación y exposición del ajuar, con los preliminares específicos de la ceremonia (el baño de la novia) y el propio rito de la unión, culminando con las despedida de los recién casados, la noche de boda y el despertar de la novia. La documentación gráfica, cedida por muchos informantes de la autora o extraída, en buena parte, del Museo de la Diáspora de Tel Aviv, completa de forma deslumbrante este paseo por la tradición amorosa.
La preparación de la novia. Detalle de una fotografía de una representación
en Tánger. Catálogo de la exposición Los judíos en Marruecos,
Museo de la diáspora, Tel Aviv.

Los cantares de boda sefardíes se extienden -como hemos dicho- a cada momento vinculado con el paso trascendental de la desvinculación del hogar paterno y el ingreso al nuevo círculo familiar. Se desgrana así un repertorio asociado a los ritos de separación, de tránsito y de incorporación, en el que cada pieza hace explícita la voluntad de ordenar mediante el símbolo poético un proceso crítico para el colectivo humano. En tal sentido, el canto sefardí mantiene la tensión de la lírica primitiva entre el deseo femenino y la obediencia a la figura materna, y por lo demás, la síntesis de la feminidad en la belleza y la virginidad de la novia.


Mi mama s´asenta y pensa pensa,
Mi mama s´asenta y pensa
pensa de darme un sivachico,
yo sivachico no quero.

Mi mama s´asenta y pensa pensa,
Mi mama s´asenta y pensa
pensa de darme un birbirico,
yo birbirico no quero.

Mi mama s´asenta y pensa pensa,
Mi mama s´asenta y pensa
pensa de darme a un bustarico,
yo bustarico ya quero.


La palabra poética, en fin, trasluce aquí todavía su sentido particular de comunicación y de necesidad primordial, y mantiene una comprensión no sólo del amor, sino del propio vivir evidentemente descartada de nuestra percepción desmemoriada.

La novia se va a ir al baño,
el novio ya la sta ´sperando.
Ya salió de la mar.

Entre la mar y la arena,
mos crició un árbol de canela.
Ya salió de la mar.

Entre la mar y el río,
mos crició un árbol de bimbrillo.
Ya salió de la mar.

Don Bueso en el Retablo de fantoches

Fotografía de Rafael Alberti dedicada
a Alexandr Fevralski y fechada en 1934, durante
el segundo viaje a Rusia del escritor.



Portada del libro Romance de Don Bueso y de la infanta cautiva
(ed. coordinada por Carlos Flores Pazos) Cádiz, Diputación de Cádiz,
Fundación Alberti, Archivo España-Rusia 1927-1937
* * * * *
El romance tradicional de Don Bueso o de La hermana cautiva relata la aventura fronteriza del caballero que, yendo a tierras extrañas en busca de amores, encuentra a su hermana, cautiva por los moros desde tiempo atrás, así como el regreso al hogar cristiano de la desdichada niña. La tradición oral ha mantenido con singular viveza esta historia, transmitida durante siglos en todo el mundo hispánico en versiones poética y musicalmente diversas, adaptadas unas al canto melancólico propio del norte peninsular, y otras al festivo de la navidad andaluza, por ejemplo.
Este libro saca a la luz no una de esas versiones tradicionales, sino la adaptación dramatizada que del romance hizo Rafael Alberti hacia 1931, en el marco del Teatro del Pueblo de las Misiones Pedagógicas impulsadas por la Segunda República, y con el fin de contribuir al repertorio del Retablo de fantoches dirigido por Rafael Dieste, un espectáculo itinerante que recorrió cientos de aldeas españolas en unos años de auténtica fe en la cultura y en un proyecto trágicamente decapitado por la guerra civil y la dictadura.
El texto de Alberti lo rescata Carlos Flores Pazos, coordinador del volumen, del Archivo España Rusia, centrado en documentos del periodo 1927-1937 y testigo excepcional de las relaciones políticas y culturales entre ambos países en esos decisivos años. La adaptación dramática del romance se publica en facsímil acompañada de la partitura que para la misma realizó Eduardo M. Torner, por aquellos tiempos director del Coro del Pueblo e implicado absolutamente como musicólogo y folklorista en el proyecto de las Misiones Pedagógicas.
La contextualización del documento en la labor cultural de la República la realiza Eugenio Otero Urtaza, que dibuja con claridad la significación que la cultura tradicional tuvo en las Misiones Pedagógicas y relata con emoción aquel proyecto de comunión entre lo rural y lo urbano sobre el que tanta desmemoria ha acaecido. Por su parte, Eladio Mateos y Rafael Martín realizan, respectivamente, el análisis literario y musicológico del texto albertiano, situándolo en la palpitante atención que folkloristas e intelectuales mostraron por la literatura oral en las primeras décadas del siglo XX.
El Don Bueso del poeta estiliza la palabra oral y dramatiza la legendaria acción fronteriza en una estética devota hacia lo popular, milagrosamente florecida entre los del 27 y prodigiosamente hábil para aunar tradición y vanguardia.

21 marzo 2007

Levantando coplas: las quintillas de "El Carpintero"


Manuel Galeote, "El Carpintero", un maestro andaluz de la poesía improvisada
(prólogo de Alexis Díaz-Pimienta), Málaga, CEDMA, 2005.
Mientras que la improvisación poética ha florecido en el último siglo en tierras centroamericanas (a las que llegó desde España para "aplatanarse" y poblar con sus versos aquella vida tropical), en la Península son ya aisladas y pocas las zonas folklóricas que conservan espontáneos la práctica y el arte de repentizar. En el corazón de Andalucía, a orillas del Valle Medio del Río Genil, se mantiene la tradición de la quintilla improvisada, en el contexto esencial de las velás e interpretadas al son del fandango cortijero por los -allí- llamados poetas.
Manuel Galeote ha recogido en este libro la historia de esta comunidad rural de troveros, y en particular la biografía y el quehacer poético de Gerardo Páez, El Carpintero (1932) excepcional representante de esa tradición y del devenir de unos hombres que en la posguerra, en la pobreza y en la emigración a Alemania, mantuvieron su memoria cultural y sostuvieron en la oralidad del verso su expresión y su cohesión social.
El riquísimo repertorio de quintillas recoge con exhaustividad tanto los textos que se han podido recuperar de momentos específicos de repentismo, como el frondoso corpus memorizado por El Carpintero y recogido por el autor. Coplas que se levantaron para una velá, para una boda, para encuentros de amigos, y que, pese a la letra impresa de ahora, siguen estando hechas de aire y alegría.

17 enero 2007

La Navidad riojana


Javier Asensio García y Helena Ortiz Viana, La Navidad riojana: villancicos, aguinaldos, romances y leyendas (estudio, repertorio y CD), Ediciones de Piedra del Rayo. Revista Riojana de Cultura Popular (Logroño, 2005)
El disco es el segundo de la colección Música tradicional y cultura oral de La Rioja. Sus 48 cortes están dedicados íntegramente al ciclo navideño, y en él se contienen no sólo villancicos, sino también aguinaldos, canciones de ronda a las mozas después de haber sorteado novios en nochevieja, cuentos, leyendas, romances, auroras, cantos de las antiguas misas de pastores y tonadas de bailes navideños. Los interpretan gentes de La Rioja entrevistadas por los autores del libro entre 2000 y 2005.
El libro acoge la transcripción de los textos y un estudio respetuoso y pormenorizado del ciclo navideño en los valles riojanos. Al hilo del ciclo natural, hay una frondosa documentación sobre ritos, costumbres, prácticas, creencias e intrumentos musicales, referida tanto a los espacios de celebración públicos (la iglesia o la fiesta) como a los privados (el hogar). Gracias a los autores por -como ellos mismos dicen- este libro "limpio de espumillones y papel de celofán".

Lines Vejo, panderetera de Caloca

Cantares de Lines Vejo (texto y audio), 2007

Ed. Cantabria Tradicional, Música de Cantabria, Documentos de Tradición Oral, vol. VII
Textos de José Manuel Fraile / Audio: cantares recogidos a Ángeles Vejo Gutiérrez (Caloca, Liébana, 1931) entre 1986 y 2006


Mina y Lines, pandereteras de Caloca (dibujo de Gustavo Cotera)

Montañés (jota a lo pesau) / El paje y la infanta + La boda estorbada (romance) / La doncella guerrera (romance) / El seductor de su hermana (romance) / El rey y la virgen romera (romance) / Celos y honra (romance vulgar) / ¿Cómo no vas?, ¿cómo no vienes? (jota a lo pesau) / Callejuca, callejuca (tonada) / El ramo de Nochebuena / Tengo de ir al molino (tonada) / Cantares de mayo / Noche tranquila y serena (tonada) / Cantares de boda para entregar la gallina / La enhorabuena a los novios (epitalamios) / ¿Dónde vas a dar agua? (tonada) / Jota a lo pesau / Casada en lejanas tierras (canción narrativa) / La niña discreta (canción narrativa) / El origen de la pandereta (cuento: la piel del cordero, la madera del espino, las sonajas de metal) / El baile de pandereta por la tía Mina (1910-2002), última panderetera lebaniega.

Lines Vejo, verano de 2006

"Cuando Ángeles Vejo Gutiérrez -a quien todos conocemos por el diminutivo Lines- abrió los ojos a la luz de Cantabria, lo hizo a la par de la Segunda República, y con ella compartió desde su nacimiento la fuerza y la ilusión que 75 años después no la han abandonado. Los 59 habitantes de Caloca -según el censo de 2004- eran unos 250 en 1931: vecindario que se mantuvo casi inalterable hasta que al cerrar la década de los 50 la emigración se llevó de estas montañas lo más joven y granado (...). Nuestra Lines alcanzó a conocer, y aun a intergrarse plenamente, en la vida comunal de su aldea, una Caloca que tenía una escuela rebosante de chiquillos y una mocedad numerosa, que bailaba los domingos al tambor y la pandereta. Conoció también a aquellos ancianos que morían aún en la casa de la calle y del pueblo donde nacieron, y que -al tiempo de partir- dejaron en sus descendientes el tesoro de la tradición que antes ellos habían acogido."

(Del prólogo de J.M. Fraile)

06 enero 2007

Las coplas del ciego

Las coplas del ciego (cuaderno y cd), Fundación Siglo, Junta de Castilla y León, 2002.
Textos teóricos de Carlos A. Porro y Joaquín Díaz / Antología sonora: Fondos de la Fonoteca de Tradición Oral de la Fundación "Joaquín Díaz" de Urueña (Valladolid)


Las hojillas volanderas que, desde los inicios de la imprenta hasta casi ayer mismo, deleitaron a chicos y grandes con romances, canciones, obrillas teatrales, cuentos, jácaras, chistes y hasta sermones, han pasado en poco tiempo del desprecio de la filología a ser objeto de culto y joya bibliográfica de coleccionista. Muchos siglos han hecho falta para reconocer que la memoria popular -esa biblioteca inmensa hoy tan arrasada- guarda este tesoro con el mismo primor que otros textos "prestigiados"; y para advertir que el conocimiento de nuestra identidad cultural pasa por el conocimiento de esta mal llamada "subliteratura".

Las coplas del ciego une libro y CD para mostrar un panorama admirablemente exhaustivo de la literatura de cordel en verso. El pequeño cuaderno ofrece además algunos recursos didácticos para incorporar el material a la docencia. Por su parte, la recopilación sonora incluye registros desde los ochenta hasta la actualidad, cantados por los últimos hombres y mujeres que, siendo niños, persiguieron por las calles del pueblo al ciego coplero hasta conseguir aprenderse de memoria su relación.


Aquí está el ciego, señores, recitando de memoria
tonadillas, entremeses y monólogos de historia;
romances espirituales, historiales y jocosos,
seguidillas y sainetes, coplas, pasillos y trovos.
A quince céntimos copla, todo lo explica el papel
en Valladolid impreso, como ustedes pueden ver...

03 enero 2007

Un pensamiento de Antonio Machado (1875-1939)


"En nuestra literatura, todo lo que no es folklore es pedantería"

26 diciembre 2006

Coplas de zambomba en Arcos de la Frontera




De cómo los vecinos de Arcos desafían a la industria navideña para recuperar su memoria


Reunirse en el patio, la calle o la plaza, alrededor de la candela; cantar romances y coplas al son de la zambomba de barro y morcelina, del almirez y de la botella de anís y la cuchara; calentarse el interior con vino y buñuelos, y con más coplas… Los arcenses recuerdan que todo eso, en diciembre, fue espontáneo hasta hace muy poco, y que de diez años acá el rito se fue acobardando, probablemente acosado por los discos ruidosos –nochebuena enlatada- que ahogaron el sonido del pueblo desde los altavoces de casas y bares.

El pasado 22 de diciembre, por cuarto año consecutivo, los vecinos –niños y grandes- de “El Barrio” se arremolinaron en torno a la leña y retaron a la madrugada, al olvido, y a más de un adolescente que se acercaba hasta la barra de Alfonso el de la Viuda para suplicar “música disco”. Nada pudo con ellos. El romance de “La hermana cautiva”, la retahíla de “Las doce palabras retorneadas”, las coplas regocijantes de “Garbanzos verdes” y las pícaras de “La cochina de mi suegra” sonaron repetida y grandiosamente. Se rechazó el cante de quienes se abandonaban a la melodía de los discos y se exigió con honradez las tonadas de Arcos, primorosamente conservadas por las mujeres de más edad, a quienes urge legar su frondoso patriomonio.


Hasta aquí les ha llevado una aventura, la emprendida por el maestro de primaria Francisco Garrido y por sus alumnos del Colegio “Juan Apresa”, que en 2000 iniciaron la tarea de aprender las coplas de zambomba tal y como durante siglos habían sonado en su pueblo. Recogieron así las letras que Remedio Perdigones, Josefa Oliva y las vecinas de la Barriada de La Paz habían venido entonando cada diciembre, y aprendieron a afinar el carrizo, a batir con alegría el almirez y a acompasar la pandereta sin estruendos. Grabaron entonces un CD de factura artesana en el que las voces de los niños venían a tomar el relevo de las voces cascadas y sabias de sus abuelas. Ahora, obtenida la protección de su Ayuntamiento y la confianza en el proyecto escolar de la Consejería de Educación, editan remozadas sus grabaciones en un CD-ROM que recoge el sonido, las imágenes y la crónica de la zambomba arcense.

Coplas de zambomba y villancicos (2006) es un ejemplo del hacer respetuoso ante la tradición oral. Contiene las grabaciones de los alumnos del “Juan Apresa”: hasta veinticuatro temas en un paseo rico y completo por las melodías navideñas de Arcos, romances venerables y paganos de caballeros nobles, pacientes damas e infortunados cautivos, relaciones devotas provenientes del folklore de los Apócrifos, historias dieciochescas de rufianes y bandoleros, coplas de amor y muerte de un lirismo intenso y desinhibido, y coplas erótico-burlescas, más desinhibidas aún, sobre el amor y la familia. Contiene además una guía cuidadosamente elaborada sobre los orígenes y el desarrollo del romancero y sus vinculaciones con el flamenco, muy pedagógica y bien documentada. Y contiene imágenes y sonidos de Arcos, ese espacio natural y milagroso en el que los niños han abierto el nuevo siglo de otra manera.

Las canciones, entonadas por los niños, son un bálsamo para la memoria: no tienen los melismas de las mujeres más aedadas cuando abordan los episodios más trágicos de tal o cual romance, ni la sorna sabia con la que éstas ambientan las estrofas más picarescas o desvergonzadas. Los niños no saben aún del dolor, y eso se nota, pero no deja de ser emocionante presenciar cómo recogen los cascabeles de la canción tradicional para que les sirva en su camino. De bienvenida, la pasada noche, volvieron a entonar para todos:

“Entren pa dentro
los que están en la puerta,
entren pa dentro,
que parecen costales
llenos de afrecho.
Suban pa arriba,
que parecen costales
llenos de harina.
Ya que han entrao,
el favor que les pido
que estén callaos…”

Publicado hoy en La Voz de Cádiz

23 diciembre 2006

Patrimonio intangible, patrimonio vendible


La foto fue tomada anoche, en Arcos de la Frontera (Cádiz). La candela luchó contra el frío, y los vecinos de "El Barrio" contra la música navideña enlatada. El anís, el chocolate y los buñuelos hicieron el resto. Gracias.


La Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial aprobada por la UNESCO es muy reciente, de octubre de 2003, y hasta esa fecha -y sobre todo a lo largo del cruento siglo XX- han sido muchas las tradiciones orales que inevitablemente se han extinguido bajo la presión de la estandarización cultural, de la comercialización poco ética o de gobiernos dictatoriales a los que tanto les escuece la diversidad cultural.


Aun así, el tratado de la UNESCO dota por fin a la cultura inmaterial de un marco jurídico y programático del que carecía, y cuya ausencia había permitido tantos abusos y desmanes. La cuestión pendiente es, ahora, que los acuerdos internacionales calen en los programas políticos nacionales y locales, en la empresa turística, y más que nada en la ciudadanía, para la que quizás no sea demasiado tarde; que el respeto al patrimonio intangible, en fin, se equipare al que en las últimas décadas ha conseguido el patrimonio material, sobre el que hoy nadie duda a la hora de recuperarlo y conservarlo, y cuya puesta en valor se practica bajo una férrea disciplina proteccionista.

El retraso que la protección de bienes intangibles ha venido sufriendo descansa en más de una razón. En primer lugar, su propia naturaleza dificulta enormemente la identificación y catalogación de estos bienes, que se refieren básicamente a las tradiciones orales, pero también a los ritos, usos y costumbres, a los espacios naturales de recreación y a los sistemas de valores y creencias. En segundo lugar, la variabilidad constante de esta parte de la producción cultural colectiva hace muy compleja su aprehensión y encarece desde todos los puntos de vista su aprovechamiento de cara al desarrollo. Por último, es indudable que una sociedad desmemoriada y mercantilista como la nuestra soporta mal el deber de proteger un patrimonio que ni toca, ni ve, ni le sirve, ni le lucra. En tal sentido, sólo el mínimo uso pedagógico que en el ámbito escolar se le ha venido dando a las tradiciones orales es digerido con cierto interés por políticos y ciudadanos.

Por lo demás, el uso que se ha hecho de este bien en las últimas décadas desoye penosamente las advertencias que ya en 1996 se especificaron en el informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo de la UNESCO, decisivo para la posterior Convención, pero todavía sin valor normativo. Tal informe abordaba por primera vez la necesidad de salvaguardar el patrimonio intangible desde el ámbito político, ético y fiscal y avisaba, como digo, contra perniciosas inclinaciones: la tendencia política de transformar la complejidad de esta parte de la cultura en mensajes simplificados (y contrarios, por tanto, a la diversidad), o el peligro de la mercantilización de bienes tradicionales, sobre todo en manos de empresas dedicadas a satisfacer la demanda de un turismo interesado en las “artes étnicas”.

Con la excepción de unos pocos museos, fundaciones etnográficas e iniciativas privadas que han asumido con riguroso respeto la protección de este patrimonio, este país está lleno de ejemplos que hablan de la perversa ecuación entre patrimonio intangible y patrimonio vendible.

La provincia de Cádiz, sin ir más lejos, y en concreto sus tradiciones orales, son un caso llamativo. Abandonado sin escrúpulos por unas instituciones públicas volcadas en la cultura material y en la cultura “de lujo”, el patrimonio poético-musical de nuestros pueblos ha venido vendiéndose en kioskos, librerías y puestos turísticos en forma de atractivas y vistosas “latas musicales” que falsean la verdadera naturaleza de estas manifestaciones y ocultan su origen y condición, o en forma de libros con textos “dignificados” por una mano “culta” que arrebatan el protagonismo a los verdaderos dueños de este bien, los transmisores, los depositarios del saber tradicional. El absurdo consumo, en fin, de un patrimonio que, estando en nuestra memoria, no tendríamos necesidad alguna de comprar, llega por ejemplo con lo que acabo de ver en Jerez: un grupo de mujeres y hombres de entre sesenta y ochenta años se reúnen para celebrar la Navidad y contratan por 1.800 euros una zambomba, sin caer en la cuenta de que ellos son los que recuerdan esas canciones que los que cobran han aprendido de ellos.

Artículo publicado hoy en La Voz de Cádiz

23 noviembre 2006

Siete siglos de romancero

Plácida Rodríguez Vélez (1888-1969)

Matías Caloca Rodríguez, nieto de Plácida (70 años), fotografiado en Valdeprado (Ayto. de Pesaguero, Liébana, Cantabria), el 25 de julio de 2006, ante la casa familiar

Álvaro Galmés y Diego Catalán llegaron a Valdeprado en busca de romances una tarde del verano de 1948. Tras una larga caminata, dieron con un puñado de mozos y mozas que celebrababan un baile espontáneo al pie de la carretera, al son de la música de un gramófono. El gramófono era de Plácida que, con frecuencia, lo hacía sonar desde el corredor de madera de su casa para que, en la calle y en el patio, los jóvenes se juntaran y divirtieran. Para los más mayores, el principal regocijo era reunirse en la cocina de Plácida y, al ritmo de la jila, cantar romances y canciones. Galmés y Catalán dieron pronto con ella, la entrevistaron y dieron noticia de su frondosa memoria romancística en varias publicaciones.

A Valdeprado, que en aquel tiempo tendría unos trescientos habitantes, llegamos el pasado julio casi conteniendo la respiración por lo que de Plácida y de su memoria pudiera quedar allí. Una media docena de habitantes (quienes quedan) nos hablaron de ella y de sus andanzas festivas, y su nieto, Matías Caloca, nos invitó a compartir la cocina que daba abrigo a las antiguas jilas. Matías, sin memoria alguna sobre los cantos que se entretejieron en su casa infantil, nos dio la imagen de su abuela en esa fotografía.

Memorias de Liébana

Campollo (Ayto. de Vega de Liébana, Cantabria), 27 de julio de 2006

A Campollo se llega por una estrecha carreterita serpenteante que sube hasta allí desde Vega de Liébana, cabeza de ayuntamiento. Desde arriba, la tarde veraniega resucita y adviertes que aún no se ha puesto el sol en el Valle. Angeles Fernández Dobarganes (83 años) aprovecha la última luz para recoger los trastos de la faena del día, pero interrumpe sin prisas el deber ante nuestra visita. Lamenta, como es habitual, la poca memoria y -como tantas veces- nos canta a continuación joyas poético-musicales que se extinguirán para siempre cuando ella las olvide (y eternamente cuando nosotros olvidemos a Ángeles). Canciones infantiles que los poetas del Siglo de Oro ya oyeron, como Cilla, cilla, calabacilla o Los dedos hambrientos. José Manuel Fraile y Susana Weich-Shahak las oyen por última vez y las recogen en sus efímeros soportes digitales.

12 septiembre 2006

Jornadas de Cultura Popular en la Universidad de Cádiz

Entre el 6 y el 10 de noviembre se celebrará en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz las I Jornadas de Cultura Popular, siguiendo el programa que indicamos.

JORNADAS DE CULTURA POPULAR: ICONOGRAFÍA Y REPRESENTACIONES

Información y matrícula: a partir del 16 de octubre y hasta el comienzo de las Jornadas: leonor.acosta@uca.es

Coordinadora académica: Leonor Acosta Bustamante. Vicedecana de la Facultad de Filosofía y Letras.

Objetivos:
- Revisar la trayectoria de la estética y la plástica ‘popular’ (como término opuesto a la estética ‘elitista’, de ‘autor’) en su devenir histórico.
- Analizar imágenes, iconos, textos y representaciones emblemáticas de la cultura popular en su dimensión ideológica, política o sociológica.
- Elaborar propuestas en torno a una ‘poética’ de la cultura popular en el ámbito occidental.

Ámbitos de estudio:
Cine, música, literatura de tradición oral, religiosidad popular, publicidad y medios de comunicación.

Destinatarios:
Estudiantes de primer, segundo y tercer ciclos de las titulaciones impartidas por la Facultad de Filosofía y Letras.
Otros.

Fecha y lugar de celebración:
Facultad de Filosofía y Letras. 6-10 de noviembre de 2006.

Duración:
22 horas.

Método de evaluación:
Control de firmas y memoria de las sesiones.

Precio de inscripción: 20 €

PROGRAMA

Día 6 de noviembre. FOLKLORE Y TRADICIÓN HISPÁNICA

17.00 Presentación y recogida de material

17.30 Virtudes Atero
“Amor y muerte en la poesía de tradición oral del mundo hispánico”

19.00 Nieves Vázquez
“Motivos simbólicos en la literatura de tradición oral”


Día 7 de noviembre. REPRESENTACIONES DEL CUERPO Y SUS USOS

12.00 Mª José Alba
“El cuerpo: Cartografía del perfume”

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17.00 Rafael Galán
“La fascinación por lo exótico en el fin de siglo y el modernismo”

18.30 Francisco Zayas
“Sexo en las aulas: materiales audiovisuales en la enseñanza de idiomas”


Día 8 de noviembre. CULTURA POPULAR: LA MÚSICA Y SU REPERCUSIÓN

11.00 José Luis Moreno Pestaña
“Derecho de entrada en el arte y origen de clase: el caso de la vanguardia punk”

12.30 Visionado y cine-forum: “The Filth and the Fury”

***********

17. 00 Salvador Catalán
“Cultura negra norteamericana: la genealogía del jazz”

18.30 Visionado de documental sobre jazz norteamericano


Día 9 de noviembre. CULTURA POPULAR: ANTIHÉROES DEL CINE

11.00 Carmen Armario Hita
“Vampiros posmodernos en el cine de terror norteamericano”

12.30 Visionado y cine-forum: “Entrevista con el vampiro”

***********

17.00 Leonor Acosta
“La masculinidad quebrada: el antihéroe del cine negro norteamericano”

18.30 Visionado y cine-forum: “La Dama de Shanghai”


Día 10 de noviembre. EL CRIMEN Y SUS REPRESENTACIONES

11.00 Visionado y cine-forum: “El crimen de Fuencarral”

12.00 Mª Jesús Ruiz
“Literatura, crimen y memoria popular”

14.00 Clausura.

05 septiembre 2006

Número 2 del Boletín DIVERSARIMA

El número 2 del boletín DIVERSARIMA incluye dos artículos extensos: "La República Domicana en las Jornadas Cucalambeanas 2006" (Sandra Musteller) y "Justo Vega, el caballero de la décima cubana", además de otros textos de interés que pueden consultarse dirigiéndose a la revista en la dirección: decima2@cubarte.cult.cu

Aquí repoduzco las muy interesantes novedades editoriales y discográficas que ofrece.

NUEVO CD DEDICADO AL REPENTISMO

De extraordinaria noticia discográfica para la décima y la poesía oral cubana, es la edición en Francia del Libro CD “¡Repentistas¡”, producido por dos grandes amigos de esta tradición artística tan arraigada en nuestra isla como son Cyrius Martínez y Enmanuelle Honorin, que recoge trece testimonios sonoros de la canción campesina, así como un video de unos siste minutos de duración, grabado en una de las peñas celebradas en la sede del CIDVI. Esta importante contribución francesa a la difusión de nuestro punto cubano, cuenta con la presencia de Luis Martin, Raúl Herrera, Bárbaor García, Jorge Sosa, Roldán Quintero, Osdany Figueredo, Fabián Delgado, marcelo lamas y las Parrandas de trinidad, Cienfuegos, Villa Clara y Sancti Spiritus. El CD se distribuye en Europa bajo el sello Harmonía Mundi, uno de los más importantes del viejo continente, creado exclusivamente para destacar los hechos artísticos más destacados de la música tradicional en todo el mundo.

LA DECIMA ESTÁ EN TUS MANOS
(Manual para la Composición de la Décima Espinela)


Una producción para la Fundación Leopoldo Sanabria y El Instituto de la Décima Espinela de Puerto Rico. En este libro se presenta un método moderno para aprender a componer Décima Espinela, una forma tradicional de expresión artística que ha ayudado a forjar la cultura puertorriqueña.

VIOLETA PARRA Y LA DÉCIMA

La excelente folklorista chilena no sólo mereció elogios por su labor como escritora, sino tal vez muchos más por su ingotable labor como cantante y poeta. Ahora se edita un CD con sus décimas que prologa Alejandro Jodorowsky, amigo entrañable de Violeta Parra, cuyas palabras reproducimos.

"La celebridad de Violeta Parra es tan grande que es muy poco lo que yo puedo revelar de ella. La conocí en París, donde vino en dos ocasiones. Primero en 1954 (por dos años) y después en 1961 (por tres años). En el primer período, aún no famosa, para ganarse la vida cantó en un pequeño bar del Barrio Latino, L’Escale. Su sueldo miserable sólo le permitía pagarse un cuarto de hotel de una estrella y cocinar ahí una modesta comida estilo chileno –carbonada, pastel de choclo, ensalada de tomate con cebolla– que muchas veces compartió con sus seis principales amigos, uno de los cuales era yo. Lo cuenta en su libro Décimas. Autobiografía en versos: “Para mi amigo Alejandro/ que me alentara en París/ con una flor de alhelí y una amistosa sonrisa,/ su mano fue una delicia/ allá en esa vida ausente;/ ayer sembraste simiente/ hoy florecen y fructifican”. Dice que yo la alenté en París, pero fue lo contrario. Su tenacidad y energía me contagiaron. Violeta cantaba desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana, luego se levantaba a las ocho y corría a grabar los cantos chilenos que había recogido de labios de viejas campesinas –“a lo humano y a lo divino”–, ya fuera para Chant du Monde o para la Fonoteca Nacional del Museo del Hombre. Yo protesté:

–Pero Violeta, ¡si no te dan ni un céntimo! ¡Tienes que darte cuenta de que, en nombre de la cultura, te están estafando!

–No soy tonta, sé que me explotan. Sin embargo, lo hago con gusto: Francia es un museo. Conservarán para siempre estas canciones. Así habré salvado gran parte del folklore chileno. Para el bien de la música de mi país, no me importa trabajar gratis. Es más, me enorgullece. Las cosas sagradas deben existir fuera del poder del dinero.

Violeta me dio una inolvidable lección. Gracias a su ejemplo he leído el Tarot y dado consejos de Psicomagia de forma gratuita.

Cuando regresó a París, siete años después, ya era una cantante conocida y respetada en Chile no sólo por su arte sino también por sus valiosas investigaciones de su olvidado folklore. Grabó sus propias canciones (“Gracias a la vida”, entre ellas) para el sello Barclay. Actuó en el escenario central de la fiesta del diario comunista L’Humanité. A pesar de todo ello, siguió siendo una mujer con la apariencia de una humilde campesina; y su cuerpo menudo encerraba un alma de una fuerza sobrehumana... Paseándome con ella por las orillas del Sena, llegamos frente al Palacio del Louvre.

–¡Qué imponente museo! –le dije–. El peso de tantas obras de arte, de tantas grandes civilizaciones, a nosotros, pobres chilenos sin tradición, con chozas de paja en vez de pirámides, con humildes cacharros de greda en lugar de esfinges, nos aplasta.

–Calla –me contestó altiva–. El Louvre es un cementerio y nosotros estamos vivos. La vida es más poderosa que la muerte. A mí, que soy tan pequeña, ese enorme edificio no me asusta. Te prometo que pronto verás ahí dentro una exposición de mis obras...

No supe si considerarla loca o aquejada de una ingenua vanidad. La conocía como cantante, no como artista plástica.

Violeta contaba con muy poco dinero. Compró alambre, arpillera barata, lanas de colores, greda, algunos tubos de pintura. Y con esos humildes materiales creó tapices, cántaros, pequeñas esculturas, óleos. Eran sus propias obras y, al mismo tiempo, la expresión de un folklore chileno desaparecido en la realidad, pero atesorado en las profundidades del inconsciente de mi amiga. ¡En abril de 1964, Violeta Parra inauguró su gran exposición en el Museo de Artes Decorativas, Pabellón Marsan, del Palacio del Louvre!

Esta increíble mujer me enseñó que, si queremos algo con la totalidad de nuestro ser, acabamos lográndolo. Lo que parece imposible, con paciencia y perseverancia se hace posible."

Alejandro Jodorowsky

03 septiembre 2006

Memoria de Llanes: el pericote y la danza prima


En el día de los Ángeles, cúspide del verano, en la aldea asturiana de La Pereda (Llanes) ocurre el milagro de la Romería de la Virgen de Guadalupe: milagro bien laico y bien humano, que a los de allí y a unos cuantos devotos de la tradición oral vino este agosto a conmovernos.

En la Romería de la Virgen de Guadalupe se procesiona una réplica exacta de la imagen mexicana del mismo nombre, traída a este lado de Europa por los indianos que entre los siglos XVII y XVIII trajeron el oro de América a las tierras pobres de Asturias y, con él, la prosperidad para sus vecinos. Alrededor de la pequeña iglesia de perfil caribeño –como una niña de otra raza que hubieran adoptado aquellas montañas- pasean los del lugar a la Virgen y al “ramu”, una pirámide de hortensias azules y roscos de pan que los niños se disputan por llevar en andas. Ya dentro de la ermita, el ritual ortodoxo de la misa queda por completo sepultado por las panderetas de las mujeres, por los bordados y las sedas de los oriundos de México que hasta allí se acercan y, sobre todo, por la primorosa gaita que sostiene los cantos en latín, haciéndonos creer que esa música no ha entendido jamás otro idioma que ése.

La procesión se dilata luego en los jardines que rodean la ermita y alrededor del “mayo”, una rama de eucalipto de más de veinte metros por la que alguno se atreve a trepar. Tras el “ramu” se bate la memoria poético-musical y la aldea se pone en verso para, al son de las panderetas y de las cintas de colores, rimar su alegría. La dicha absoluta llega al desbaratar el “ramu” y subastar los roscos de pan que de él penden. Todos pujamos alto, pero la puja es crítica para ver quién se lleva el “cerquiellu”, el rosco que corona la escultura de flores y que para los niños está tan alto como el cielo.

La Pereda es una aldea tan honrada con su memoria que la Romería culmina con dos bailes atávicos: el Pericote y la Danza Prima. El primero es una danza a tres de paso elegante en la que el varón galantea a las dos mujeres que se acercan y se alejan de su seducción. La Danza Prima es un baile coral, ejecutado en una espiral infinita de danzantes atrapados en el movimiento primordial del corro. Uno y otro son, ni más ni menos, que dos de los últimos bailes romancescos de la Península, es decir, dos de los últimos momentos que, al que quiera ver, le quedan para presenciar (y participar) lo que durante siglos fueron la música, el verso y la danza juntos, en la calle o en el campo, y formando parte del aire que ya no respiramos. El cantor del Pericote, con los primeros versos del romance de “La Espinela”, expresa mejor que nadie ese milagro:

El sol detenga sus rayos
y la luna su luz bella,
caduque el mar con sus olas
y estremézcase la tierra…

30 junio 2006

Se inaugura el Boletín DIVERSARIMA

La buena noticia es que el Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado acaba de publicar el número 1 de su boletín, DIVERSARIMA. Como aún no existe la edición digital del mismo, reproduzco aquí las palabras de bienvenida de Carlos Tena y un artículo de Jesús Orta Ruiz, Indio Naborí, a quien no nos cansaremos de homenajear desde que se fue al cielo el último día de 2005. Incluyo también la reseña de algunas novedades editoriales publicadas en DIVERSARIMA.

Se puede contactar con ellos en: decima2@cubarte.cult.cu

EDITORIAL

El Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado (CIDVI), desde donde intentamos salvaguardar una de las tradiciones poéticas más hermosas de nuestra patria, como es el la décima, así como dinamizar la práctica del repentismo y la poesía oral, además de tratar de mantener vivo el espíritu que animó a poetas como El Cucalambé y el Indio Naborí a sostener ese legado, inaugura este Boletín Informativo con la seguridad de que vamos a encontrar un eco entusiasta entre las viejas y nuevas generaciones, a las que pedimos su colaboración desinteresada, para hacer de este medio una sólida forma de contacto, desde el que informar acerca de todas las actividades sobre la décima y la poesía oral improvisada que se produzcan en el continente latinoamericano.

Es por ello que desde este momento pedimos que nos manden sus opiniones, que nos comuniquen noticias, que nos informen de todo cuanto sea de interés en el terreno poético, para tener la certeza de que nuestra labor está garantizada no sólo por quienes trabajamos desde el CIDVI, sino por todos aquellos que ya consideramos nuestros colaboradores espontáneos, eficaces y entusiastas.

Con este primer Boletín queremos saludar no sólo a todos aquellos compatriotas y amigos de esta tradición tan arraigada, sino de la misma forma y con el mismo cariño, a los millones de habitantes del continente latinoamericano que hablan la misma lengua y con la que la poesía improvisada se nutre y alimenta. Valga también este primer boletín informativo como una invitación continua a los amigos de nuestra tradición poética, para que repentistas, troveros, payadores, versadores, decimeros, etc., se reúnan a través de nuestras páginas en hermandad y armonía, con un solo y único horizonte: mantener viva la llama de la Décima, del verso improvisado y de la poesía oral.

Por: Carlos Tena


Influencia canaria en la cubanización de nuestra poesía
por Jesús Orta Ruiz (Indio Naborí)

Es curioso y significativo el hecho de que el más antiguo poema de nuestra historia literaria esté escrito en décimas, que si no son precisamente como las enraizadas más tarde en nuestro pueblo, sólo se diferencian en la situación de las rimas a la manera de las coplas reales del siglo XVI. El tema que trata inaugura la tendencia posterior de los decimistas populares cubanos a narrar en décimas el acontecer y a ser – en el caso de nuestros campesinos – cantadas al son de la música guajira. Estas estrofas fueron escuchadas en la iglesia de Bayamo en la celebración del heroísmo de Gregorio Ramos, quien frente a su milicia de peninsulares, canarios, indios, negros y mestizos, rescató al obispo fray Juan Cabezas de Altamirano, secuestrado por el pirata Gilberto Girón, en 1604. Se titulan “El Motete” y forman parte del primer poemario escrito en Cuba con el título de Espejo de Paciencia (1608), del poeta Silvestre de Balboa, nacido en Gran Canaria en 1563, y residente en Bayamo y Puerto Príncipe a principios del siglo XVII. Tal obra es el punto de partida de un movimiento importante hacia la cubanización de nuestra poesía; a la vez que se da un anticipo de lo que sería la integración de nuestra nacionalidad, se exalta en verso, por vez primera, el esplendor de nuestra naturaleza, la luz y el color de nuestro paisaje, se citan no pocas cosas por sus nombres indígenas y se elevan a la categoría poética humildes criaturas de nuestra fauna. (…/…)

Según las estadísticas literarias, el siglo XVIII se caracteriza por un pródigo uso de la espinela en temas populares: religiosos, humorísticos y relacionados con acontecimientos que más impresionaban al pueblo. Esto contribuyó a la fijación de la décima como la forma poética de mayor preferencia popular, especialmente en los campos ya poblados de canarios y descendientes de ellos.

Sólo a fines de ese siglo aparecen dos grandes poetas cubanos que retoman – claro está, a mayor altura – la temática cubana iniciada por el canario Silvestre de Balboa: Manuel de Zequeira, con su Canto a la piña, y Manuel Justo de Rubalcava, con su Silva cubana. En ambos, como en Silvestre, no faltan las alusiones mitológicas mezcladas con palabras autóctonas.

Ya en el siglo XIX entra el romanticismo en Cuba trayendo consigo una corriente que favorece el desarrollo de nuestro movimiento criollista. En 1829, Domingo del Monte publica sus Romances Cubanos que versan sobre la vida y las costumbres de nuestros campesinos. Francisco Poveda, que se autotitula fundador de ese movimiento, da a luz sus Leyendas cubanas, con relatos y descripciones de la vida campestre. En 1830, siguen en el empeño de cubanizar el romance otros poetas cultos como Vélez herrera, José Fornaris y Joaquín Lorenzo Luaces. Este último., en uno de sus romances, se refiere a la lucha de los vegueros canarios en Guanabacoa (1717 – 1721) destacando el uso del machete, no ya como instrumento de trabajo sino de lucha redentora. He ahí – señalamos nosotros – un antecedente canario del machete mambí.

Domingo del Monte no sólo escribió romances, sino que insistía en que esta estrofa española era idónea para expresar lo popular cubano; pero no advertía que ya esta forma popular española era obsoleta en nuestro país, desde el punto de vista del asentimiento de nuestro pueblo. Los campesinos habían hecho suya a la décima cantada e improvisada, tal como describen no pocos romances cuando hablan de canturías o guateques. (…/…)


Bastan estas observaciones para llegar a la conclusión de que la bella y sonora estrofa de Espinel se había folclorizado en nuestros campos, en lo que se podría decir – como se ha dicho y se dirá – lo más entrañable de nuestra cubanía. Así lo comprendieron Francisco Poveda, José Fornaris, Miguel Teurbe Tolón y el más representativo de todos: Juan Cristóbal Nápoles fajardo (El Cucalambé), cuyas hermosas espinelas llegan a nosotros no sólo en su único libro de versos: Rumores del hórmigo, sino también por una bien sembrada tradición oral.

Nuestra décima campesina es, pues, cubano-canaria, así como lo es el punto cubano. La antiquísima frase: “Al son del timple y el güiro”, célula de la música guajira, nos está diciendo claramente la fusión de lo indo-africano con lo canario. El zapateo se deriva del zapateado español, a la vez que éste proviene de un baile típico de las islas Canarias llamado canario. (…/…)

En Sancti Spiritus, tierra de caña y tabaco, se produce la mulatez de la música guajira porque allí se fusionan el negro y el canario (por la proximidad de sus cultivos habituales) y los instrumentos de origen español o puramente cubanos (guitarra, laúd, clave, tres) con los percutivos de procedencia africana (bongó, güiro, maracas, marímbula), logrando así el punto cruzado o punto fijo de una rica sonoridad.

Si estudiáramos el árbol genealógico de cada decimista y cantador campesino en Cuba, llegaríamos a la conclusión de que gran parte de nuestros improvisadores y tonadistas provienen de familias canarias. Entre los más destacados podríamos citar nombres tan admirados como: Pedro Guerra, José Marichal, José Othón, Ángel Valiente, Patricio Lastra, Gustavo Tacoronte, Alejandro Aguilar (El Sinsonte Matancero), José Hernández, Chanito isidrón, Raúl Herrera, Luís Martín, Amado García, etc. No han faltado notables repentistas nacidos en las islas Canarias como el famoso Cuquillo, quien popularizó el seudónimo de El Isleño que canta. (…/…)

En conclusión, podemos afirmar que el arraigo de la décima en Cuba, hasta convertirse en uyna estrofa nacional, se debe sin duda a que durante los siglos XVIII, XIX y XX ha sido la forma métrica española más difundida en nuestro país, tanto por los poetas populares como por los llamados cultos, fenómeno que no se dio en las Islas canarias, pero comoquiera que el sostén más constante de la décima cubana ha sido el cantar de nuestros campesinos, y éstos son en gran mayoría descendientes de canarios, hay que admitir que la décima criolla es también canaria.

Y como si esto fuera poco, la más alta cumbre de la poesía cubana nos viene del vientre prodigioso de una madre canaria: Leonor Pérez Cabrera, nombre que prestigia a la Asociación Canaria de Cuba:

Una canaria en Martí
nos dio un genio visionario
y del machete canario
salió el machete mambí.
Unimos trigo y maní,
aguardiente y vino de uva:
y por tanto amor que incuba
esta unión de corazones,
no son siete los montones:
son ocho contando a Cuba.

NOVEDADES EDITORIALES

Cuba Improvisa
Editorial Gorée, 2006, Siena, Italia
Giuliana Della Valle y David Mitran


La primera antología bilingüe italiano - español del repentismo cubano, publiicada bajo el título Cuba Improvvisa fue presentada en el mes de mayo en la Feria del Libro de Turín. Se trata de una compilación a partir de la trascripción de décimas pertenecientes a la literatura oral. El prólogo corrió a cargo del importante hispanista, profesor de la Universidad de Siena, Antonio Melis, que si en la primera oración anuncia: “Nuestro viaje en el mundo de la improvisación comienza no casualmente por Cuba”, es porque, además, dicha obra inaugura una nueva colección: Impronte di parole, que la editorial Gorée dedicará a la literatura oral hispanoamericana. La antología incluye además un documental de cuarenta y seis minutos en soporte DVD que trata sobre la significación del arte de la improvisación poética para los cubanos y de la existencia de los talleres infantiles de repentismo en toda la isla. Los autores, cuyos textos aparecen compilados, así como los protagonistas del documental, se corresponden con los más auténticos poetas improvisadores de Cuba. El libro tuvo gran acogida en la referida feria y segmentos del documental fueron pasados por la televisión nacional italiana RAI. Para el mes de diciembre se espera en La Habana la presentación de la antología acompañada de la proyección del documental.

La Décima: Poesia Oral Negra del Ecuador
Editorial Abya-Yala, 1987, Quito
Jean Rahier


Jean Muteba Rahier es profesor asociado de antropología y de estudios Africano del Latinoamérica. Sus trabajos son de sumo interés para profesionales y estudiantes, e incluyen orientaciones teóricas en la historia de la antropología africana de la diáspora, la etnografía, la búsqueda de la identidad de los esclavos que llegaron desde el continente africano a territorios americanos, y el colonialismo económico y cultural europeo en toda América latina. Sus campos de especialización geográficos son Ecuador, Colombia, Estados Unidos y la República Democrática de Congo. Es autor de numerosos estudios entre los que figura este excelente libro titulado La Décima: Poesía Oral Negra del Ecuador (Abya-Yala, 1987) que nos descubre una faceta bastante desconocida de esta tradición poética de origen español, inscrita en aquel país. Rahier ha obtenido diversos premios y es, desde 1994, profesor honorario de la Universidad parisina de Nanterre, asi como miembro de varios Institutos Antropológicos en Europa y EEUU.

06 junio 2006

Más allá de la copla: el romancero atroz



Antes de que Quintero, León y Quiroga pusieran rúbrica al cantar cotidiano de las mujeres españolas, éstas coplearon, durante siglos y a través de generaciones, anónimos romances populares que satisfacían su curiosidad, llenaban su ocio y colmaban esa morbidez tan femenina por los amores desgraciados y las tragedias familiares.

El romancero de cordel vivió su primera gran eclosión durante el siglo XVIII. Comenzó entonces a hacerse frecuente en calles y plazas la figura del ciego coplero que, a cambio de unas monedas, relataba a las gentes el horroroso crimen de Don Benito o los aciagos amoríos de una humilde costurera. Para ilustrar su historia, el ciego llevaba a veces un cartelón con viñetas que, a manera de secuencias mudas pero más que expresivas, iban mostrando las acciones de los personajes, casi como un cinematógrafo inmóvil y rudimentario. Los oyentes se arremolinaban en torno al coplero, pedían bises para intentar memorizar el relato y, los más pudientes, compraban por unos reales el plieguecillo con el romance impreso, que guardaban con mimo hasta que la memoria –a fuerza de repetir- perpetuaba para siempre la copla.
La costumbre no fue moda de un día. Por lo menos hasta nuestra Guerra Civil la voz ronca y monótona del coplero encantó los oídos de niños y grandes, sugiriendo los misterios y sucesos curiosos o extravagantes, pero de seguro ciertos, porque así lo decía el romance, que atestiguaba sin tapujos el lugar y la condición de protagonistas y sucesos:

En el año cuarenta,
muy cierto y averiguado,
en la villa de Zurita,
cuatro leguas de Miranda,
vivía una mujer viuda:
María Inés de Santillana,
Una de las labradoras
fuertes que allí se notaban,
la cual un hijo tenía
que Alejandro se llamaba...

Para tan larga vida, los romances acudieron en cada momento a diferentes temas que podrían asegurar la atención del público.
Existen así multitud de romances que relatan las fortunas y adversidades de bandoleros popularísimos, como Diego Corrientes o Luis Candelas; hay pliegos devotos, que narran la intervención de la Virgen para evitar grandes tragedias, como el maremoto que asoló Cádiz en 1755. Hay, en fin, oraciones, sartas de piropos a la clásica Manola, debates jocosos, coplillas burlescas y mil y una historias que conforman un universo prodigioso.

Una buena parte de los pliegos de ciego recogen lo que podríamos denominar el romancero atroz
: narraciones centradas en el entorno familiar o amoroso, protagonizadas por arriscadas mujeres o por doncellas de trágico destino, a las que sin duda habría que considerar como las mujeres de la copla moderna.
El romancero atroz rebusca en los sentimientos de un mundo rural y patriarcal, habituado al crimen pasional y a la clandestinidad del amor, preso de una moral estrictísima que cubre instintos ajenos a la norma.


Estos romances atroces recrean así los infortunios de la joven madre soltera que, sin poder sobrellevar la vergüenza del pecado, abandona a su hijo y arrastra de por vida su dolor; encontramos hombres crueles, amantes a la fuerza, que optan por dar muerte a la mujer que desean antes de que ella los rechace; hay auténticos símbolos de crueldad femenina (adúlteras e infanticidas), pero también de coraje y valentía: mujeres que defienden su honor hasta la muerte o jóvenes de fidelidad amorosa inquebrantable, puestas continuamente a prueba. Resulta evidente que los romances fueron gestando una feminidad con cara y cruz que luego consolidaría la copla de las últimas décadas.

Una cara referida a la mujer heroica, casi feroz a veces en cuestiones de amor y de honor. Una cruz, la de la doncella sufriente y humilde, víctima de la arrogancia masculina o de la intolerancia paterna, ante las que sólo se permite la queja. Mezcladas con frecuencia, las dos caras fueron cristalizando en cientos y cientos de romances, que no por repetidos dejaron de despertar el interés de su público.

Y hubo un momento en el que la copla anónima aprendida de la abuela y la última creación de Rafael de León, oída por la radio de galena, se confundieron en la memoria y formaron una misma imagen.
Diríamos entonces que los secretos de Trini la Parrala, de la que nadie sabe de dónde vino ni a quién amó, están encerrados en algún pliego que da fe de los verdadero de su historia; que antes de que La Ruiseñora limpiara su honra a sangre y fuego, lo hicieron otras muchas en el rincón oscuro y nefando de un romance popular; o que el mismo mal de amor que arrastra La Lirio lo padecieron otras, y a alguna hasta le costó la vida, como recoge el romance de Agustinita y Redondo que sigue
:

En la ciudad de Madrid
había una señorita,
hija de Antonio Moreno,
se llamaba Agustinita.
Hablaba con ella un mozo
que Redondo se llamaba;
sus padres no eran gustosos,
la niña se puso mala.
Redondo, de que lo supo,
fue a verla por la mañana.
no lo dejaban entrar
y se asomó a la ventana:
- Ya sé que estás muy malita
con las ansias de la muerte,
y ahora vengo a tu ventana
con la esperanza de verte.
- Por Dios se lo pido, madre,
que yo me voy a morir:
dejen entrar a Redondo
a despedirse de mí.
- Aunque mueras y remueras,
aunque vuelvas a morir,
Redondo no entra en la casa
a despedirse de ti.-
Un sábado por la tarde
ya lo dejaron entrar,
y sus padres lo miraban
con ojos de criminal.
Ya se murió Agustinita,
la de los ojitos negros,
la que quitaba a Redondo
tantas horitas de sueño.

20 mayo 2006

El rabel ahogado


Cuando en el verano de 1985 un equipo de encuestadores del Seminario Menéndez Pidal llegó a Salio (León) para recoger romances, Leónides Prieto, de 63 años, les contó lo que en su infancia oyó decir a un misterioso hombre que tenía dos ranuras sobre la lengua, formando una cruz, y que vaticinó –ante la incredulidad de todos- que un día el pueblo sería derruido, sin que de él quedara piedra sobre piedra. La nochevieja de 1986 fue la última en que las campanas de las ocho aldeas de aquel valle llamaron a la misa del gallo, pues muy poco después su sonido, el de los carros hendiendo las callejas, el de los niños jugando, el de las mujeres hilando y el del rabel dando tonada a las noches de invierno, quedaron sepultados bajo las aguas del Embalse de Riaño.

En su diáspora, los habitantes de Salio no pudieron llevar consigo ni sus rimeros de piedra y madera, ni sus techos pajizos, ni sus montañas, ni los inmensos arcones que durante siglos albergaron la camisa de lino o el manto de estameña, pero sí un riquísimo patrimonio poético-musical preñado de romances, canciones, plegarias, conjuros, cuentos y leyendas que hoy –junto con algún rabel milagrosamente salvado de las aguas- dan fe de la frondosidad de una tradición ahogada.

En un establo de Salio primero, en 1985, y años más tarde en su diáspora de Baracaldo o Logroño, los pocos que recuerdan quién fue Salio han cantado y contado su memoria, recogida ahora en un primoroso libro por José M. Fraile Gil (Romances de Salio, Ed. Cantabria Tradicional).

Fabricado en la delicada madera de salguera, el rabel daba la melodía a las largas veladas nocturnas que, tras cada jornada, reunía a vecinos y familiares para compartir tonadas como ésta: “Zorriña, / vente conmigo a la viña / si quieres / comer las uvas verdes…”. También la jila era lugar de encuentro y canto, y allí eran la rueca y los husos los que marcaban el ritmo. Y cómo no, las fiestas del verano, las que –como en tanto mundo hispánico- se concentran entre San Juan y San Pedro, arrastraban a los más jóvenes a enramar las puertas de las enamoradas con flores y hojas de tejo (árbol también ahogado ya) y a cantar rondas y aguinaldos al son del tambor.

Entre las montañas de Salio reverdecieron una y otra vez, durante siglos, venerables romances inspirados en leyendas en torno a Carlomagno o al heroico Gaiteros, junto a otros que allí se fueron quedando a vivir después de que algún ciego cantor, al son de su zampoña, visitara el lugar. Hubo en esa parte del Esla, hasta no hace nada, una canción para cada momento decisivo de la vida (de la naturaleza o de los hombres): canciones para portar el ramo de la nochebuena, para que los niños pidieran el aguinaldo de reyes, cuartetas que las mujeres regalaban a la desposada, el día de la boda, en las que se menudeaba el acontecimiento desde que la novia despertaba hasta que la pareja emprendía su nueva vida (“¡Qué contenta va la novia / porque se va de a caballo! / ¡Cuándo iremos las demás / aunque vayamos andando!”), versos, en fin, para que la leche fuera obediente en el laboreo y se convirtiera en el milagro de la mantequilla.

Más al fondo de la memoria de los adultos que crecieron en Salio permanece un repertorio abundante de juegos y textos infantiles que alertan sobre la sabiduría de los niños que crecen lejos de la ciudad, y que sin complejos confían en el poder de la palabra para que llueva, para que la luna crezca o para que la lagartija salga de su escondrijo. Y más al fondo aún, se guardan oraciones, plegarias para obtener la paz del sueño o de la muerte y. muchas veces, arcaicas oraciones burlescas, muy rebeldes a la Doctrina, que los estudiosos atribuyen al recuerdo de los judíos expulsados en 1492, o de los moriscos que en 1609 corrieron la misma suerte: “Por la señal / de la santa canal / comí tocino, / me hizo mal, / lo puse en el plato, / me lo llevó el gato…”.

Lejos de lo que ya no es Salio ya nadie nunca podrá buscar de nuevo, entre el brezal, la fuente milagrosa que a ratos está seca y a ratos frondosa de agua, o el sitio donde hay escondida una piel de toro llena de onzas de oro, custodiada por una terrible sierpe también sepultada bajo las aguas.

28 abril 2006

Tradición, lujo y melancolía


Tradición, lujo y melancolía. Los "Gozos para la navidad" de Pablo García Baena

Entre 1974 y 1983 y coincidiendo con los días navideños, el poeta Vicente Núñez, apartado de la confusa vocería en su Aguilar natal, fue recibiendo de Pablo García Baena, dulce amigo desde los tiempos de Cántico, poemas y canciones de tema pascual en los que el remitente, acaso procurando mitigar la melancolía del destinatario, iba destilando su propia melancolía. Estos diez “juguetes navideños” –así llamados por el propio García Baena- fueron publicados por Hiperión en 1984 bajo el título de Gozos para la Navidad de Vicente Núñez, en una preciosa edición que, por riguroso orden cronológico, se abre con el primer envío, “Ensaladilla de Navidad” (1974) y se cierra con el último, “Antiguo muchacho” (1983). Uno y otro, en efecto, marcan los hitos de esta experiencia sentimental transmutada en decir poético: la “Ensaladilla” se arma sobre el gusto por el verso tradicional y concentra el conocimiento del poeta de la canción áurea, tal y como sucedía en sus primeros libros (Rumor oculto y Mientras cantan los pájaros); los alejandrinos de “Antiguo muchacho”, por su parte, son prolongadas lágrimas que, al hilo de la vida, vuelven por la emocionada evocación de la infancia del libro de madurez del mismo título, aquel que junto con Junio y Oleo había representado, en los cincuenta, el inicio del silencio.

La tradición, un manso ruido

Los Gozos, como avisa su título, son, antes que nada, canciones: “unos motetes –dice García Baena- que se cantan o se cantaban en las iglesias durante los octavarios al Niño recién nacido, dentro de la especial liturgia andaluza del Nacimiento”. De ahí que su cabal lectura sólo sea posible desde el entendimiento de lo que hay de música, del sur y de lo popular tras cada verso.
El placer evidente del poeta por romances, romancillos, seguidillas y rimas imperfectas (como a la asonancia llaman los “cultos”) data de su primer contacto con la poesía y, más allá, de su infancia cordobesa. Los de Cántico no estuvieron precisamente a la moda cuando, descartando el realismo social y la espiritualidad agónica, encontraron su canción en la sensualidad y en una religiosidad esteticista y bienhechora, a caballo entre el artificio del Barroco y la expresión popular y candorosa de lo trascendente. De este modo, la “Ensaladilla de Navidad”, las “Cautelas de José”, la “Villanesca” o la “Nana de los niños cordobeses” recuperan el esmero de los poetas del siglo XVII por la elaboración del poema como objeto de deleite, como canción que se enraíza en la melodía esencial del pueblo pero que, descartando lo vulgar, alcanza un elevado nivel de preciosismo.
La vocación musical de los textos es aún más explicable –como decía- si consideramos a García Baena como un eslabón más en la cadena de los poetas del sur, la que arranca con Góngora y prosigue con los modernistas, y se enfrenta siempre, desde el folclore y la sensualidad, a la sobriedad y la aspereza de la obra de los castellanos.
Pudiera pensarse, por todo esto, que únicamente la intuición lleva al cordobés a sumarse a este modo de expresión poética. Ni por asomo. Cada gozo es, además, una revelación del conocimiento profundo de García Baena de la tradición. Es regocijante, en este sentido, el “Espiritual negro”, recreación de los villancicos de negros que –obsequio de la esclavitud- dieron color vivísimo y tropical perfume a la vieja Navidad castellana. Y emocionan los endecasílabos gallego-portugueses de la “Gaita galega”, homenaje al poeta del mar de Vigo, Martín Códax, como homenaje fueron los versos “de gaita” de otro poeta del sur, Rubén Darío, a otro gallego, Valle-Inclán.

El lujo de la aldea

Enviados a la aldea de Vicente Núñez, los Gozos llevan aires de aldea, “universo de pueblo”. Se paladean porque el poeta se instaura en ese menosprecio de corte tan caro al desengaño humanista del Siglo de Oro. La loa de lo rústico, añoranza de la Edad de Oro, plena fe en que sólo el apartamiento y la concordia con la naturaleza proporcionan el lujo de la felicidad. A este mundo dulcísimo hace bajar García Baena a gañanes, pastores y hortelanos, a los Reyes de Oriente y a la propia Sagrada Familia, para que San José y María conversen sobre la mejor forma de abrigar al Niño y para que el Niño, recién llegado al albergue de las Soledades, se alimente de la leche materna en “níveo pórfido cuenco”.
Hay una esencial comprensión de la teología del sur, la que inevitablemente expresa la pasión mediante la carne. Por eso, aquí, humanizar es sacralizar, y comprender visualizar lo invisible. Por eso el poeta acude al pintor. En “La cocina de los ángeles”, lienzo de Murillo, conviven hombres, santos y serafines, en la ajetreada tarea de preparar viandas celestes y terrenales a un tiempo. El gozo del mismo título pone en movimiento la escena barroca (“¡Qué ir y venir esta Noche / por las cocinas del cielo!) y, más allá de la palabra, descubre el olfato y el paladar de la Navidad andaluza, y sobre todo de la Navidad infantil, la del punto de nieve, la de los torreznos, buñuelos, mostachones y alojas de caramelo.
Otro imaginero de lo celestial, Salcillo, recibe honores en la “Tarantela napolitana”, un Belén rústico poblado y animado por los arrieros de Totana y los huertanos. Cumple García Baena, de nuevo, con su memoria tradicional y lleva al verso cantable las figuras que moldeara el murciano. De intensa vocación mediterránea, la “Tarantela” explica esa particular percepción de los misterios divinos por la vía de la humanización.

Y la melancolía

En sus envíos navideños, la melancolía se va apoderando del remitente. Entre santos y pastores se cuelan las niñas de Aguilar que juegan “a la chiribomba”, familiares antiguos, nanas y niños cordobeses, el Guadalquivir... La tradición, ahora sí, se apodera del canto por la vía intuitiva, y evoca los romances que un día fueron la propia Navidad infantil (Madre, a la puerta hay un niño, La Virgen y el ciego). Los ángeles de la cocina, más que símbolos de la belleza, arquetipos de lo eterno para el poeta, son los angelitos de las cuatro esquinas de la cama, la plegaria salvadora para el niño perplejo.
“Antiguo muchacho”, el último gozo, ya no es un juguete para el amigo, sino un lamento a dos (el que canta y el que oye). Melancolía de la lucidez antigua, la que nos permitía ver a los Reyes Magos, del pecado esencial de paladear dulces prohibidos. Y sed de naranjas.


(Publicado en La Ronda del Libro. Períodico Literario de la Feria del Libro de Cádiz, núm. 7)

20 abril 2006

"Quien inventó los cantos..." Poesía rumana de tradición oral


Ion Talos(1)
Traducción de Ion Talos y Mª Jesús Ruiz
Artículo publicado en Maiastra, anul III, nr. 4, 13, 2007, pág. 12 (Rumanía)


Rumanía es prácticamente desconocida en España. Ni siquiera se sabe que Dacia fue conquistada por un emperador de origen andaluz, Trajano, y que los rumanos están orgullosos de ser sus descendientes. En una expresión coloquial muy difundida, las gentes de allí llevan a gala ser nieto de Trajano, y su tradición oral conserva cientos de historias y leyendas sobre el conquistador. Parece probable también que en la colonización de la Dacia participara una mayoría de españoles, aunque uno de los sucesores de Trajano, Aureliano, se apropió del territorio poco tiempo después de su colonización, entre el 271 y el 273. Pese a todo, los rumanos hablan un idioma románico que tiene muchísimas semejanzas con el castellano.

La poesía popular rumana comprende un repertorio riquísimo y, todavía como canto de trabajo o de fiesta, vinculada a los hitos del mundo rural, permanece frondosamente viva. Como en el resto de Europa, las primeras colecciones de textos recogidos de la tradición oral deben su existencia al afán de los románticos decimonónicos por rescatar la Naturpoesie, un fervor por la palabra popular que llevó al rumano Nicolae Pauleti, un alumno de la Escuela Católica de Blaj, a formar un corpus de más de trescientas canciones líricas, recogidas de las gentes de su pueblo alrededor de 1838. A la pionera colección de Pauleti se sumó, sólo diez años más tarde, la del poeta V. Alecsandri, cuyo exhaustivo repertorio de baladas y textos líricos ha sido traducido, a lo largo del siglo XX, al francés, inglés y alemán. Pero además, el cancionero tradicional fue para los intelectuales rumanos del siglo XIX (como para los italianos) un arma con la que luchar por la unificación de todas las provincias de habla rumana en un solo estado, deseo que alcanzaron ver parcialmente cumplido ya en 1859.

A diferencia de otros repertorios poéticos tradicionales (el romancero hispánico, por ejemplo), la canción popular rumana no es, en su mayoría, obra de autores cultos que, una vez tradicionalizada, se convierte en patrimonio de la colectividad transmisora. En este caso –como digo- los textos han sido creados por campesinos, casi todos iletrados, pero dotados de una especial sensibilidad literaria y de una preparación en el arte de componer que hace que su comunidad los reconozca como maestros en hacer canciones. Por otra parte, la literatura rumana de autor ha reconocido desde siempre su deuda con la poesía oral, de manera que los grandes poetas del país, M. Eminescu o Lucian Blaga, por ejemplo, dejan ver en su obra la utilización de los textos campesinos como manantial de su inspiración.

En lo que a su forma se refiere, baladas y canciones líricas han heredado de la poesía popular latina su versificación esencial, es decir, estrofas que combinan versos de 5/6 y de 7/8 sílabas. Si atendemos a la simbología utilizada y a ciertas expresiones recurrentes, los textos rumanos, muchas veces, evidencian una estrecha vinculación con la lírica tradicional hispánica, que quizá habría que entender como supervivencias de una estética popular pan-europea gestada en los últimos siglos del Medievo. Por otra parte, resulta especialmente llamativo que la funcionalidad de estas canciones, su uso cotidiano por parte de los transmisores, se identifique tánto con el empleo de la balada o de la canción lírica en España. Me refiero, en concreto, a la costumbre (sobre todo en Andalucía) de festejar las celebraciones navideñas con un amplio repertorio de textos profanos, eróticos y picarescos en su mayoría, los cuales conviven sin conflicto con los “más adecuados” textos piadosos. Este fenómeno, registrado con detalle por Virtudes Atero en su Romancero de la provincia de Cádiz(2)
, es francamente raro (por no decir inexistente) en el resto de los países neolatinos, y me lleva a pensar –junto con otras razones- en la necesidad de que las culturas orales de los españoles y los rumanos sean objeto de un estudio comparativo.


TEXTOS(3)


1. Doamne, Doamne,
mult zic Doamne,
Dumnezeu pare câ doarme
cu capul pe-o mânâstire
si de nimeni n-are stire.

2. În grâdinâ
toate pâsârile dorm,
numai una n-are somn:
catâ sâ se facâ om.

3. Codrule, codutule,
deschide-ti cârârile
sâ-mi duci supârârile.

4. Câte stele sunt pe cer,
pânâ-n ziuâ toate pier,
numai una mai micutâ
pâzeste pe-a mea mândrutâ,
nu cumva sâ râtceascâ
la mine sâ un gândeascâ.

5. De-ar fi fete ca mândra,
nu mi-ar trebui luna,
nici luna, nici stelele,
c-ar lumina fetele.

6. Cine crede dorului,
are casa cucului
si odihna vântului.

7. De n-ar fi ochi si sprâncene,
n-ar mai fi pâcate grele,
dar ochi si sprâncene sunt,
si pâcate pe pâmânt.
Ochii si sprâncenele
ele fac pâcatele.

8. Cine-a stârnit horile
aibâ ochi ca florie
si fata ca zorile.

* * *

1. ¡Ay, Dios mío, Dios mío!
¡tántas veces te llamo!
Tú pareces dormir
recostado en la iglesia
y olvidado del mundo.

2. En el jardín
los pájaros se duermen,
pero uno se desvela:
intenta hacerse hombre.

3. ¡Oh, bosquecillo mío!
ábreme tus senderos
y cura mis tristezas.

4. ¡Cuánta estrella en el cielo!
Las borrará la aurora,
pero mi enamorada
guarda la más pequeña:
es la que le recuerda
que de su pensamiento
nunca debe borrarme.

5. Si las muchachas fueran
como mi amada,
no me haría falta la luna,
tampoco las estrellas,
las muchachas alumbrarían.

6. Para el que crea en el amor
la casa del cuco
y el descanso del viento.

7. De no haber ojos y cejas,
no habría pecados graves,
pero hay ojos, hay cejas,
y muchos pecados sobre la tierra.
Los ojos y las cejas
son los que hacen los pecados.

8. Quien inventó los cantos
hizo a los ojos como flores
y a los rostros como auroras.


NOTAS

1) Ion Talos es profesor de la Universidad de Colonia (Alemania). De origen rumano, ha dedicado las últimas décadas a la recolección y el estudio de la poesía de tradición oral de su país, y ha ido publicando los resultados de su investigación en diversos repertorios y textos teóricos. Su última obra es el interesantísimo Petit dictionnaire de mythologie populaire roumaine (ELLUG, Université Stendhal, Grenoble, 2002). Los textos que aquí se incluyen son una pequeña muestra de su recolección en diversas zonas de Rumanía.
2) Cádiz, Fundación Machado-Universidad de Cádiz-Diputación de Cádiz, 1996. Para el caso de Rumanía, vid. Ion Talos, “Câteva consideratii asupra colindatului si colindelor la popoarele romanice”, en Limba si Literaturâ, 44 (1999), pp. 71-91.
3) Para la traducción de los textos, hemos rechazado una versión literal al castellano, la cual no respetaría el ritmo y el sentido musical de los mismos. Teniendo en cuenta que se trata de canciones, optamos entonces por una traducción esencialmente rítmica, procurando, eso sí, no traicionar nunca el significado de cada texto.

14 abril 2006

La poética de Juan Panadero: versos de repente















UN EJERCICIO DE MEMORIA PARA EL SUEÑO REPUBLICANO DE ESTE 14 DE ABRIL

Tengo mi pecho de coplas
que parece un hormiguero:
se lían unas con otras
a ver cuál sale primero.


La atención que los poetas del 27 –Lorca y Alberti, sobre todo- prestaron a la poesía de tradición oral como venero ético y estético de sus propias composiciones parece estar fuera de toda duda. Ahora bien, la investigación sobre este asunto se ha ceñido al análisis de obras como el Romancero gitano, Marinero en tierra o El alba del alhelí, entendiendo –muy comprensiblemente, por otra parte- que era en estos textos donde se renovaba la esencia de la antigua poesía popular, “esa poesía –en palabras de Dámaso Alonso- blanca, breve, ligera, que toca como un ala y se aleja dejándonos estremecidos, que vibra como un arpa, y su resonancia queda exquisitamente temblando”. Menos interés ha merecido, sin embargo, la estricta vocación oral de las Coplas de Juan Panadero, redactadas por Alberti en su exilio americano y más atentas, en apariencia, al análisis de lo social y a la protesta política que a la reestructuración vanguardista de moldes populares. A mi entender, la palabra de Juan Panadero no es, por política, menos poética, ni está más lejos, por parecer más inmediata y menos sugerente, de la antigua poesía oral. Eso sí, de “otra” vertiente de la poesía oral, no la de alas blancas, sino la de cuchillos negros.

Tras redactar los versos (blancos y azules) de Marinero en tierra, Alberti comienza a intuir el lado oscuro de lo popular durante su estancia en Rute, germen de lo que saldría publicado como El alba del alhelí, pero que –tengámoslo en cuenta- iba a titularse Cales negras. Allí, en el segundo libro (El negro alhelí), en poemas como “La encerrada”, “La maldecida” o “El albardonero”, comienza a construir el poeta su otro ámbito, el del himno de un mundo que debe ser conquistado para la justicia y que, junto al canto de los paraísos perdidos, compone –en acertado juicio de García Montero- el universo albertiano. No se aprecia todavía aquí, no obstante, el estremecimiento ante la miseria que vertebra algunos poemas de Consignas, un librito que acoge los primeros cantos revolucionarios y que se publica en 1934. De éste es el poema “En forma de cuento”, que lleva la siguiente introducción en prosa: “Con frecuencia, en los periódicos, aparecen esos terribles telegramas que cuentan cómo al quedar abandonados los niños de los trabajadores que no pueden cuidarlos todo el día, se caen en los braseros, en los pozos, son mordidos por los animales, etc.” El ejemplo habla por sí mismo: a partir de un cierto momento, el poeta ha dejado de identificar lo popular sólo con el canto colectivo y gozoso aprendido en Lope y en los antiguos cancioneros, y ha empezado a incluir en su poética particular la estética atroz de la literatura de pliego, aquella que, pregonada por ciegos y mendigos, se había encargado, por lo menos desde el siglo XVII, de divulgar en la oralidad los crímenes y furias de los desheredados. El mismo Alberti ubica en los inicios de la década de los treinta este descubrimiento, cuando –según él- comienza a ser “poeta en la calle” y cuando estrena Fermín Galán, pieza dramática a la que considera “como un romance de ciego en honor del héroe republicano fusilado por la monarquía”.

Ser “poeta en la calle” parece, pues, implicar para Alberti ser cronista del pueblo, convertirse en vate callejero, a modo de esos verseadores rurales que se alimentan del anecdotario desdichado de sus vecinos para poner en rimas tales sucesos. Algo más tarde, después de 1938, encontrará definitivamente la fórmula idónea para hacerlo: los tercetos seriados de “El caudillote azul imperator”, base formal de las Coplas de Juan Panadero.

La primera edición de las Coplas (Montevideo, 1949) manifiesta a todas luces su vocación de literatura oral: en la portada se hace constar que han sido “recopiladas y ordenadas” por Rafael Alberti (algo que sólo desmentiría en la edición española de 1977) y, en el interior, los versos se acompañan de “diez aleluyas” de Toño Salazar, un caricaturista salvadoreño desterrado en Uruguay que, a la manera de los anónimos ilustradores de los antiguos pliegos, dio a los versos de Juan Panadero su definitiva apariencia de poesía de cordel.

De no haber sido por Alberti, riguroso recolector, los versos de Juan Panadero no habrían conocido nunca la letra impresa. Porque si algo está claro es que Panadero no es poeta letrado. Como el gaucho Martín Fierro, sólo es capaz de rimar al son de la guitarra, así que debemos entender que sus versos brotan de repente, acuciados por la necesidad de dar respuesta a las injusticias –pero también a las alegrías- vividas por su pueblo. Las coplas –a Martín Fierro- le iban brotando “como agua de manantial”; para Juan Panadero las coplas son saetas certeras, metralla, verdades “salidas como de un avispero”, es decir, básicamente espontáneas, esencialmente necesarias. Juan Panadero, auto-investido portavoz del pueblo, se parece –sí- a Martín Fierro. Lo cual nos lleva a pensar que el contacto con el folklore argentino, con los ritos pampeanos en concreto, resultó decisivo para Alberti. En España había conocido, la posibilidad de ser poeta en la calle, vocero, cronista de la intrahistoria, y había apreciado en la tradición literaria popular la eficacia, para esto, del verso corto, de la “rima pobre”. En Argentina se topa con la decisiva figura del payador, todavía hoy en vigencia, y parece entender que, para ciertas palabras, la escritura resulta una cárcel, que para ciertos mensajes sólo la voz y el canto se revelan efectivos. Por eso Juan Panadero nace campesino, se hace chacarero, se declara copla, dice hablar a voces y ensaya soleares y siguiriyas.

La palabra de Juan Panadero aprende, pues, del payador Martín, y –es evidente- complementa a la palabra de otro Juan, llevado en la maleta del exilio: Juan de Mairena, discípulo a su vez de otro Martín, Abel Martín. Juan de Mairena alimenta la condición fronteriza de las Coplas (entre literatura y filosofía) y, sobre todo, presta su pensamiento poético a los principios de poética defendidos por Panadero. “En nuestra literatura –decía Mairena- casi todo lo que no es folklore es pedantería”, sentencia que muy bien podría resumir la “gramática” del apócrifo albertiano, para quien la economía expresiva (“Es lo que vengo a cantar, / de diez palabras a veces / sobran más de la mitad”), la espontaneidad (“Yo soy como la saeta, / que antes de haberlo pensado / ya está clavada en la meta”) y el rechazo al preciosismo (“Mi copla es la claridad...”) son, entre otras, reglas inviolables.

Cronista ágrafo, Juan Panadero es también –según él- otro Juan, Juan Sin Miedo, cuya evocación en las Coplas instala a éstas, definitivamente, en el repertorio infinito de la poesía oral, alejándolas del muchas veces denostado academicismo y sugiriendo la ineficacia, en ciertos asuntos, de la palabra escrita. La intención primordial sería, pues, demostrar la supremacía de la voz y el alma sobre el libro y el intelecto, plantear que, en ocasiones, el mejor uso que se puede hacer de los libros es apilarlos en el suelo, para así alcanzar a dar un beso a Juan Nadie.

(Publicado en La Ronda del Libro. Períodico Literario de la Feria del Libro de Cádiz, núm. 6)

12 abril 2006

Repertorio Infantil Sefardí de Tradición Oral


Susana Weich-Shahak, Repertorio tradicional infantil sefardí. Retahílas, juegos, canciones y romances de tradición oral. Estudio crítico preliminar de Ana Pelegrín. Madrid, Compañía Literaria, 2001.

Cuando los judíos fueron expulsados de la Península habían vivido aquí durante casi catorce siglos. Como recuerda José Manuel Fraile en una exquisita grabación dirigida por Susana Weich-Shahak (Arboleras, 1996), no pudieron llevarse, en su exilio, ni monedas ni objetos materiales, pero sí un riquísimo repertorio poético-musical que hoy debería figurar en la realidad cultural española. Esta antología viene, como otros trabajos de la misma autora, a remediar en lo posible ese olvido y, sobre todo, a restituirnos la memoria, cuyo origen es muy anterior a nuestra propia existencia. Para ello, la profesora Weich-Shahak ofrece un enjundioso corpus de tradiciones infantiles recogidas en prácticamente todos los enclaves de la diáspora mediterránea, desde Marruecos a Turquía, desde Francia a Israel, pasando por Bulgaria, Grecia o Macedonia. Es el resultado de unas esmeradas y exhaustivas encuestas iniciadas en 1975 y prolongadas hasta hoy mismo. A través de ellas, y como bien demuestra la oportuna documentación fotográfica incluida en el volumen, informantes ya aedados, y en ocasiones hasta ancianos, se reinstalaron por unas horas en su infancia lejanísima para rescatar los tesoros folklóricos de la niñez y concedernos el privilegio de vivir el tiempo de otra manera, de esa forma ritual y cadenciosa –lógica, por tanto- que la civilización parece habernos negado definitivamente.
Pero vayamos por partes. El Repertorio Tradicional Infantil Sefardí (RIS, desde ahora) no es sólo un refugio para la evocación sentimental. Los estudios introductorios que incluye, el material que estudia, la perspectiva lúcida con la que se ha clasificado, las notaciones musicales que acompañan a los textos y, en definitiva, su naturaleza misma, hacen de él un corpus excepcional, modélico en el ámbito de los estudios sobre la oralidad.
A estas alturas, cuando la documentación sobre la materia tradicional panhispánica resulta ya inabarcable, no es fácil asumir la necesidad de estudiar cada repertorio estableciendo correspondencias entre lo recolectado y lo documentado previamente. Susana Weich-Shahak no lo esquiva y abre el RIS con una introducción teórica en la que indaga en el carácter sincrético del corpus, es decir, en sus conexiones con materiales de fuentes antiguas, con el resto de la tradición hispánica y con las culturas del entorno en el que se ubicaron los sefardíes en sus diásporas. Concreta así, en primer lugar, los diversos grados de relación que los textos y juegos sefardíes mantienen con los folklores hispánicos, y que van desde la semejanza en estructuras y temas hasta las coincidencias que atañen a la función. Más tarde, analiza las concordancias del material con documentos inquisitoriales y criptojudíos, para concluir con un esclarecedor reconocimiento del trasfondo religioso propiamente judío que anima el significado de muchos de los textos. En último término, tal perspectiva se prolonga a lo largo de la lectura del RIS, desde el momento en que, en muchísimos casos, la autora ha anotado al pie de las versiones una ingente información que enriquece el planteamiento inicial: comentarios particulares, o traducciones de términos y expresiones incorporadas a tal o cual texto por la proximidad cultural con otras lenguas (hebreo, turco, búlgaro, árabe, griego o arameo).
El RIS sigue desbordando cualquier expectativa ante la lectura del estudio crítico de Ana Pelegrín (Tuvo que contar cien y un año). En perfecta sintonía con Weich-Shahak, Pelegrín prolonga el doble objetivo de trazar correspondencias culturales y, desde ellas, desvelar significados poéticos. En este caso, su intención le permite completar el perfil global del corpus al establecer los diversos grados de tradicionalidad apreciables en los textos, delimitando sistemáticamente unos materiales “de primera generación” -documentados en el Siglo de Oro o delatores de su antigüedad por su formulación-, otros de incorporación tardía –justificada ésta por la convivencia de la comunidad infantil sefardí con niños españoles durante la época del Protectorado Español en Marruecos, por ejemplo- y otros, en fin, pertenecientes en exclusiva al repertorio sefardí. Tuvo que contar cien y un año es, además, uno de los ensayos más lúcidos, rigurosos, deliciosos y sensibles que se han escrito sobre la tradición oral infantil: emplea, al mismo tiempo y en igual proporción, la erudición para lo inteligible y la intuición poética para lo enigmático. Valga, como muestra, la riquísima documentación icónica y literaria con que se comentan los juegos y, sobre todo, el iluminador análisis de las versiones griegas de Esterica, mi hermanica.
A Pelegrín remite también Weich-Shahak a la hora de fundamentar la clasificación por la que ha optado. Verdaderamente, resulta muy complicado ordenar –para comprender- un repertorio en el que en cada texto “se hace” por un conglomerado de palabras, ritos, gestos, imágenes y evocaciones, y que además oscila muchas veces entre el uso lúdico que el niño hace de su cuerpo y su voz, y la función que la madre, como primera nutridora del caudal poético, desempeña. Es por eso que parece muy acertado partir –como aquí ocurre- de la consideración del texto infantil como “retahíla” y proceder a una distinción en tres categorías básicas, dependientes de la estructura y de la temática: retahílas escénicas, retahílas cuento-fórmula y retahílas petitorias. Y es enormemente clarificador agrupar bajo tales etiquetas distintas subcategorías atendiendo a la función que los materiales cumplen en el desarrollo del niño. Así, es posible apreciar y aprender cómo, por ejemplo, el modelo esencial de la retahíla escénica se actualiza en un uso diversificado según sirva para canalizar la comunicación entre madre e hijo, entre niño y niño, o entre el niño y la naturaleza. Siguiendo tal lógica, la incorporación al RIS del repertorio de juegos sin texto está más que justificada puesto que -como apunta la autora- por encima de las particularidades de los juegos documentados, la presencia de éstos en la colección permite acceder a una comprensión global de la actividad lúdica de los niños de la comunidad sefardí.
¿A qué jugaban estos niños?, ¿qué cantaban en sus juegos? La pregunta, obligadamente, se plantea en pretérito. Susana Weich-Shahak comenta su asombro ante el esmero con que los informantes del repertorio han atesorado en su memoria retahílas, canciones y romances hoy ya en desuso. Su asombro también revela la pesadumbre por la desestructuración de una sociedad folklórica modélica, capaz hasta hace poco de desechar la renuncia a sus tradiciones por medio de una secular recreación de su legado cultural. ¿Qué cantaban los niños? Algunos hemos llegado a tiempo de oírlo. Y aún tenemos la oportunidad de repetirlo.
El RIS, como decía al principio, guarda el secreto de medir el tiempo humanamente. Con él podemos ofrecer palabras a nuestros hijos para que den nombre a los dedos de su mano (Chico menico, / rey del anillico...), podemos celebrar el primer diente del niño (Lentina hay abajo, / comer pan y escarabajo...), interpretar su estornudo como un don divino (Vivas, crezcas, / te engrandezcas y florezcas), cortar el miedo a sus primeros pasos (Con nombre de Dió le corto el miedo, le corto el espanto, le corto con azúcar), bendecir su crecimiento (Creció el asnico y se desmenguó la albardica), elaborar un bálsamo para sus pequeñas heridas (Bienvenú, hija de Sultana, / que no mos tenga dingún mal...) o serenarle el sueño (Cuatro cantonadas / hay en esta casa...). Tejiendo y destejiendo la madeja de la memoria que aquí tanto se invoca, a lo mejor otros niños, los nuestros, los que nos siguen, ensayen el amor al compás de Hilo de oro, la memoria en el laberinto de La mora, la burla al ritmo de Luvia menuda, la suerte en el enigma del Recotín, recotán, la magia en la espiral del Caracol col, col.

Publicado en Estudos de Literatura Oral (núms. 7-8), Universidade do Algarve

Disquisiciones galanas


José Manuel Fraile Gil, Disquisiciones galanas. Reflexiones sobre el porte tradicional, Centro de Cultura Tradicional, Diputación de Salamanca, 2002.

Esta obra llega avalada por la vasta experiencia de José Manuel Fraile en la recolección y el estudio de la cultura tradicional. De su primoroso trabajo de observador y de su esmerada y rigurosa investigación ha salido, en los últimos años, un frondoso caudal de libros y de material sonoro dedicado a las ramas más diversas de la tradición. Ahora, estas Disquisiciones galanas resumen de algún modo el copioso material etnográfico recogido por el autor a lo largo de sus minuciosas encuestas; aunque más allá de una simple presentación de materiales, se trata de la reflexión sabia y lúcida de quien probablemente sea el mejor conocedor, hoy por hoy, de la cultura tradicional hispánica.
La valiosa documentación fotográfica que el libro incluye da pie a los únicos punto y aparte de la obra, que se deja leer de un solo trago, como un ensayo amenísimo y accesible para cualquier interesado. Se abre con una reflexión reconfortante, por lo respetuosa, sobre las manifestaciones culturales tradicionales, casi extintas de nuestro cotidiano vivir, pero todavía cargadas de un significado que apela nada menos que a nuestra identidad y a nuestra memoria, desdeñadas a golpe de civilización. Y sigue al hilo de este pensamiento ensartando cuentas de las que se prenden, uno a uno, los diversos aspectos de la indumentaria tradicional. De este modo, abre el primer capítulo el perfumado arcón que hasta no hace mucho albergó las prendas con las que fuimos, nos reconocimos y nos relacionamos; y siguen los siguientes con detalladas documentaciones acerca del cuidado del pelo y de la boca, del modo de ser y del sentido de los atuendos tradicionales del hombre y la mujer, y de la expresividad de lo no dicho que un día portaron los amuletos o las cintas y las lazadas de amor. Queda así configurado el porte tradicional no como un retrato pálido del que extraer bocetos para disfrazarnos, sino como la reivindicación de una manera de vivir y de sentir a la que irresponsablemente hemos ido renunciando.
De lo fundamentado de cada palabra dan fe, al final, los índices de lugares e informantes y un erudito e interesantísimo aparato crítico, que atestigua que desde el Siglo de Oro y hasta el siglo XIX escritores e intelectuales supieron mirar su entorno con el respeto y la curiosidad merecidos.


Publicado en la Revista Cultural de Ávila, Segovia y Salamanca (núm. 41)

11 abril 2006

Ejércitos tradicionales


Aunque la educación mixta se proponga como objetivo transversal evitar agresiones entre uno y otro género, en cierto momento –antes de lo que muchos piensan- hombres y mujeres empuñan armas y se disponen a batirse en un duelo vital, literalmente vital, porque en una buena parte de los casos dura lo que dura esto que llamamos vida.
En un delicioso cuento titulado Salvación de Yayá, el argentino Marco Denevi cuenta que los grupos de mujeres y hombres actúan como ejércitos: son cómplices entre sí cuando están solos, sin interferencias del otro sexo; acuden a la batalla, se enfrentan en la frontera denominada amor y, al volver a los cuarteles (a su grupo), fabulan, fanfarronean sobremanera y mienten sobre el encuentro bélico; y sobre todo disimulan el dolor de las heridas inflingidas por el enemigo. Algo parecido a lo que las antiguas novelas de tema morisco recreaban, es decir, esa capacidad del espacio fronterizo para hacer aflorar la ternura y la solidaridad entre los oponentes que –desnudos, indefensos- se encuentran en la tierra de ninguno, y esa voluntad, cuando cada uno se retira a su territorio, de olvidar las debilidades padecidas en el cuerpo a cuerpo.
La canción tradicional, tan delatora siempre de lo que el verso –por ser verso- sostiene como ficción, ha organizado durante siglos un discurso poético de esta realidad. En los romances y canciones compartidos por hombres y mujeres en el ámbito de la fiesta o de las pocas faenas comunes, los conflictos de amor, de familia o de religión se han abordado con gravedad, patéticamente incluso, de manera que el tabú, la trasgresión y los miedos cotidianos son los pinceles con que se componen miles de cuadros que representan una sola escena: la fragilidad humana. Sin embargo, el repertorio literario oral usado y transmitido secularmente por colectivos femeninos o masculinos presenta otros colores.
El lavado en la fuente o en el río, la costura, el hilado o –sobre todo en el Sur- la tertulia en el portal al fresco de los atardeceres veraniegos, han sido espacios adscritos por derecho a la comunicación entre mujeres. En tales ámbitos ha florecido un cancionero tradicional profundamente sarcástico, orientado a vilipendiar al varón, a ridiculizarlo despiadadamente, y en definitiva a cohesionar al grupo por la vía de la ostentación de su superioridad moral sobre el enemigo. Proverbial resultan, en tal sentido, los numerosos romances que tienen al cornudo como protagonista, fantoche más que personaje, y en cualquier caso poseedor de una infame ignorancia, de una lamentable ceguera, que le impide siquiera atisbar las trazas de libertad con las que se desenvuelve su esposa. Ni ante las más llamativas evidencias, por ejemplo, reconoce su penosa condición el marido del romance de “La adúltera del cebollero”. En él, el retozar clandestino de la mujer con un vendedor de cebollinos culmina con el nacimiento de un niño idéntico (hasta en el delantal) a su padre biológico. Ante el recién nacido, el esposo muestra “alegría y contento, / creyendo que era su hijo / y era del cebollinero”, y dispone lo necesario para celebrar el bautizo, todo ello ante la risa sin reparos de las transmisoras.
Por su parte, el mundo tradicional masculino, poseedor de un repertorio adscrito a labores colectivas agrícolas o pesqueras, ha generado un sinfín de coplas en las que la misoginia más lacerante campea a sus anchas. En esta provincia, sin ir más lejos, pueden todavía recogerse vivos y coleando los cantos de saloma que hasta hace nada sirvieron a los almadraberos para acompañar el ritmo de los remos desde la orilla hasta el laberinto de redes donde esperaban presos los atunes. Antes de llegar a esa otra frontera bélica, los remeros desgranaban un sinfín de cancioncillas mordaces, bravuconas e insultantes, todas con la mujer –sus mujeres- como blanco de pullas. La literatura anti-femenina medieval, los versos hirientes de Quevedo, todo ese discurso clásico archisabido, ha alargado su hilo a través de la oralidad para proveer al tradicional ejército masculino de las armas del verso. Un verso, aquí, complaciente con la escatología, nada sutil, en absoluto disimulado. Los cantos de saloma están recogidos y registrados, tenemos constancia los folkloristas de ellos porque, siguiendo el consejo del maestro Machado, de la tradición oral hay que rescatar todo, lo bonito, pero también lo feo. Lo impronunciable.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 11 de abril de 2006

10 abril 2006

Cultura popular y modelos de mujer: santas


Hace unos pocos meses Inmaculada Montalbán (Magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía) publicaba en El País un artículo titulado “Violencia de género en la Constitución”. Lamentaba en él que quizás el mayor obstáculo con el que tropezaba la Ley Integral de Género para su correcta aplicación eran ciertos hábitos sociales que aún hacían esperar de las mujeres la acomodación a estereotipos tradicionalmente consolidados.
Esas conductas tozudas empantanan efectivamente la reivindicación de situaciones relacionadas con la autonomía, con la libertad de elección, con el derecho a la vida pública, e incluso con la desobediencia, adscritas al ideario feminista básico y en claro conflicto con los valores de sumisión o reclusión instalados en esos estereotipos.
La documentación ingente que, desde hace por lo menos ocho siglos, nos informa sobre la gestación y la transmisión de los arquetipos femeninos básicos en la cultura popular no deja lugar a dudas: la literatura oral, los ritos y prácticas folklóricas, la iconografía, y los usos tradicionales en general materializan unos modelos de mujer que –seamos o no conscientes- están grabados en nuestra memoria de manera indeleble. En tanto estamos hechos en buena parte de memoria colectiva y secular, actuamos no pocas veces arrastrados por esos modelos y nos relacionamos conforme a ellos cada vez que el olvido del aquí y del ahora gana la partida.
Probablemente uno de los arquetipos más nocivos para la auténtica comprensión social de la igualdad entre sexos sea el de la Virgen. Su figura irrumpe en la cultura popular hispánica con seducción desmedida en los últimos siglos de la Edad Media, y se convierte muy pronto en icono central de la religiosidad de a pie, la de todos, campeando a sus anchas en una multiplicidad de imágenes, de objetos y de ritos que no conoce fronteras.
Las mujeres hemos tenido en ella una referencia inalcanzable, frustrante por lo tanto, y en consecuencia perversa. Como paradigma, representa muy bien la vinculación de la perfección femenina al inmovilismo, dejando en manos del arquetipo masculino (su hijo) la ejemplaridad de una vida itinerante y de unas habilidades públicas de las que ella voluntariamente se priva.
La Virgen, como la madre de Buda, la madre de Confucio o la madre de muchos antiguos héroes caballerescos, concibe al hijo sin intervención alguna de varón, da a luz sin dolor y dedica su anónima vida a la nutrición y protección del vástago. Se configura así como mujer en la que la virtud está indisolublemente unida a la negación del sexo, lo que lleva a una tajante identificación entre lo femenino y la castidad.
Con una asombrosa capacidad para adaptarse en la diacronía y en la diversidad de medios, la Virgen ha generado suplentes de enorme atractivo. En la literatura laica, la suplanta la donna angelicata, que en la tradición renacentista del amor cortés diviniza hasta la utopía el sueño de castidad. En el último cine, sin ir más lejos, la madre de Anakin Skywalker toma el relevo como calco de la mujer virtuosa que, inmóvil, contempla con orgullo cómo su hijo y los demás varones se encaminan a la heroica aventura.El eterno femenino, en fin, está prendido en las entretelas de nuestra memoria, del alma misma, haciendo todo lo posible por perpetuarse como causa de nuestras conductas. Y en parte consiguiéndolo.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 4 de marzo de 2006

Cultura popular y modelos de mujer: salvajes


En la orilla opuesta de la mujer santa a la que –como arquetipo- describía la semana pasada, está la mujer salvaje. Investida de soledad y de aislamiento, habitante de un espacio no civilizado, y ajena a las más mínimas reglas de socialización, la mujer salvaje aparece en la cultura popular, antes que nada, como peligro. En tal sentido, sus antecedentes más definidos son las antiguas sirenas. En ellas se convocan dos o tres rasgos esenciales: un espacio ignoto y escondido (el fondo del mar) en el que puede quedar atrapado para siempre el navegante, una seducción irracional de tintes demoníacos y una fisiología híbrida (mitad pez mitad mujer) que, más que contra natura, juega contra cualquier posibilidad de aceptación social.
Más allá de su condición mitológica, las sirenas y sus congéneres han ido representando a través de los siglos un modelo de mujer inaceptable, y sobre todo han encarnado la amenaza de un castigo implacable para todas aquellas mortales que osaren desviarse del rol tradicional asignado por su condición femenina. Así, los cuentos, las leyendas, los romances, la iconografía popular y el folklore abundan en mujeres cuya desobediencia se corporeiza en una fisiología desmesurada o, en todo caso, vertida a la masculinidad más feroz.
Apoyando el consejo quevedesco de que el hombre debe elegir mujer pequeña como esposa (“porque del mal lo menos”), la Giganta Andandona, importada por las novelas de caballerías del folklore europeo, ofrece un retrato exacto del arquetipo: “Tenía todos los cabellos blancos y tan crespos, que no los podía peinar; era muy fea de rostro, que no semejaba sino diablo. Su grandeza era demasiada, y su ligereza. No había caballo, por bravo que fuese, ni otra bestia cualquiera en que no cabalgase, y las amansaba. Tiraba con arco y con dardos tan recio y cierto, que mataba muchos osos y leones y puercos, y de las pieles de ellos andaba vestida. Todo lo más del tiempo albergaba en aquellas montañas por cazar las bestias fieras. Era muy enemiga de los cristianos y hacíales mucho mal”. Igual que ella, las serranas feas y montaraces de las que huía el Arcipreste de Hita, o las irredentas bandoleras que –según circuló en leyendas de nuestra última Posguerra- formaban parte del Maquis, portaban armas y se dedicaban a la caza (de hombres o de animales) menos compasiva.
Alentándolas –y advirtiendo a las demás del descalabro- ha estado siempre Lilith, la nocturna, que para la tradición hebrea surgió al mismo tiempo que Adán, y que fue descartada para su plan de creación por un Dios que la sustituyó inmediatamente por Eva, más adecuada a las dependencias por depender en sí misma de una costilla. Pero incluso a Eva no deberíamos imaginarla con los trazos que Durero o El Bosco le asignaron, porque su pecado, su transgresión y su renuncia a la familia nos remiten a lo femenino salvaje, y no a esa blanda mujer de cabellos dorados que la Iglesia –por convertirla en madre- ha querido presentar.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 11 de marzo de 2006

Cultura popular y modelos de mujer: adúlteras


El silencio sepulcral que la literatura popular mantiene sobre el adulterio masculino no hay más remedio que interpretarlo como prueba del consenso mayoritario acerca de este asunto, que a todas luces no reviste para nuestro colectivo cultural índice alguno de conflicto. En claro contraste, nuestra memoria tradicional abunda en casos de adúlteras que, solícitas al pecado infame, arruinan familias, abandonan a los hijos y llevan a la desgracia a maridos bondadosos e inocentes, los cuales, en arrebatos justificados hasta la saciedad, se ven en la trágica obligación de castigar a sus esposas con la muerte. En todos lo casos, el perverso adulterio de la mujer se contempla como el desencadenante de la desestabilización de la familia y, por ende, del pacífico orden social.
La adúltera es la versión hogareña de la mujer salvaje, demostrando con ello que los peligros de la maldad femenina no sólo se esconden en cuevas misteriosas, en riscos inaccesibles o en el remoto fondo del mar, sino que pueden albergarse en la propia alcoba. Como las salvajes, las adúlteras son seres no domesticados que palian su amenazante soledad entregándose a sus instintos más ínfimos, para cuya satisfacción descuidan los sagrados deberes de la maternidad y del sostenimiento del hogar. A diferencia, sin embargo, de las salvajes, las adúlteras son extremadamente precavidas, mentirosas, astutas y formadas, aptitudes que ponen al servicio de ocultar su trasgresión pero que, en último término, agravan la dimensión del pecado cuando éste es descubierto. A diferencia también de las salvajes, las adúlteras son culpables de una inmoderada coquetería, debilidad que con frecuencia ciega la astucia y las encamina al inexorable castigo.
El romance de Albaniña, una de las adúlteras más venerables de la tradición oral hispánica, relata cuánto de arriesgado hay en que el marido no mantenga una vigilancia firme de su honra. Mientras éste sale de caza, Alba se exhibe impúdicamente en su balcón (“muy peinada, muy lavada, / su poquito de arrebol”) y consiente de inmediato a las insinuaciones del caballero que por allí pasea (“-Suba, suba, caballero, / una nochecita o dos, / mi marido está cazando / en los Montes de León”), expresando “salvajemente” su desprecio al esposo (“ para que no vuelva más / le echaré una maldición: / cuervos le saquen los ojos, / águilas el corazón…”). El regreso inesperado de éste desata el ingenio de la adúltera, que aduce mil y una excusas para justificar las prendas del amante (la espada, el sombrero, la capa) esparcidas por la casa: “- Tuyo, tuyo, dueño mío, / mi padre te lo mandó / pa que fueras a la boda / de mi hermana la mayor”. Agotadas, sin embargo, las disculpas, Alba reconoce al final su pecado y pide su ejecución: “Mátame, marido mío, / que te he jugado a traición”.
La ecuación perversa soledad + sabiduría avisa en muchos textos populares de lo peligroso que resulta que la casada tenga acceso a algún tipo de formación. Saber leer y escribir, por ejemplo, sólo sirve para intensificar la malvada astucia de la mujer que, dotada de ciertos recursos intelectuales, encuentra vías más sofisticadas para el engaño. La popular balada de Los presagios del labrador presenta a un honrado campesino que abandona las tareas del campo para apresurarse a volver a su casa, ya que su corazón présago le avisa de que allí su mujer le está traicionando. La escena de los amantes en la cama que presencia con espanto el labrador lo enfurece lo suficiente como para acuchillar a los adúlteros de inmediato, no sin antes recriminar a la esposa, ya envuelta en su propia sangre: “Ven acá, villana, perra. / Si lo hacías por comer, / ahí tenías mis haciendas; / si lo hacías por beber, / ahí tenías mis bodegas; / si lo hacías por marido, / haberme escrito unas letras, / que bien sabes escribir, / ojalá, Dios, no supieras”.
La coquetería, en fin, puede nublar el ingenio de muchas adúlteras que, ensimismadas en su propio atractivo, descuidan el disimulo necesario para librarse del castigo marital. En España, América, y en las comunidades sefardíes repartidas por el Mediterráneo pervive con cierta popularidad el romance de Landarico. En él, la reina protagonista, distraída ante el espejo con su belleza, no advierte que quien se acerca por detrás para obsequiarla no es su amante, sino el rey, a quien dirige con arrobo estas palabras: “Tate, tate, Landarico, / mi pulido enamorado; tres hijos tuve contigo / y uno con el rey son cuatro; / si el del rey viste de seda, / los tuyos seda y brocado; / si el del rey monta la mula, / los tuyos mula y caballo; / si el del rey bebe del tinto, / los tuyos del tinto y claro”. Esta adúltera pone en entredicho de forma explícita, ni más ni menos, que la virilidad del esposo, elemento que al fin y al cabo es el cuestionado, a ojos del varón, por el propio hecho del adulterio. La reacción del rey, por tanto, ni se hace esperar ni encuentra paliativos a su crudeza: “- Dios te perdone, la reina, / que yo no te he perdonado.- / La cabeza entre los hombros / al suelo se la ha arrojado”.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 18 de marzo de 2006

Navidades negras


Desde los Evangelios Apócrifos, la religiosidad popular ha ido tejiendo un entramado de ritos, cantos, danzas y anécdotas en torno al nacimiento del Niño Jesús adecuado a la comprensión de lo inexplicable, al acercamiento, en definitiva, de lo legendario a lo cotidiano. Tal proceso ha tenido en todos sus momentos idéntico camino: ha comenzado de puertas afuera de la Iglesia y ésta, amenazada con vaciarse de fieles, se ha apresurado a aprender de lo que ocurre más allá de sus umbrales y a absorber sus atractivos. El villancico, la copla tradicional navideña, fue asunto de la calle hasta que Fray Hernando de Talavera, confesor de Isabel la Católica, pensó –como humanista cabal- que los salmos, lecciones y responsorios en latín resultaban demasiado enfadosos para el pueblo, que en fechas tan devotas optaba mayoritariamente por cantar, al relente, su propia versión irónica y hasta irreverente de la Nochebuena. Capillas, iglesias y catedrales se apresuraron así, a partir del siglo XVI, a costear la composición e impresión de villancicos en romance, sustituyendo en ellos a pastores exóticos y a Reyes Magos extraordinarios por gallegos, vizcaínos, gitanos, portugueses y franceses, suegras, doctores, abogados, enanos, sacristanes, barberos, aldeanos y zagalas.
En un momento posterior, la población negra procedente de África que, como esclava, se asentó en España y Portugal, y también la que prosiguió su éxodo hasta América, protagonizó un proceso similar.
En el siglo XVII comenzaron a hacerse frecuentes las fiestas callejeras de negros en la algarabía de la Nochebuena. Los bailes y canciones de las “zarabandas” seducían por su ritmo y su calor a las gentes, que renunciaban comprensiblemente a entrar en las iglesias, mientras que el gremio eclesiástico se desesperaba ante el carácter lujurioso y ofensivo de estas celebraciones. Una vez más, el dispositivo de conversión se puso en marcha, comenzando así el período de creación y difusión impresa de uno de los géneros más deliciosos y menos solemnes de la tradición oral: los villancicos de negros.
Los compositores asalariados por las parroquias dieron a luz, de este modo, miles de piezas sencillas y bailables en las que los personajes de Belén tomaban la fisonomía, el carácter y el modo de hablar de los africanos, y en las que la escena del Nacimiento del Niño, en un nuevo giro hacia la gracia y la proximidad de lo popular, se convertía en una ocasión para la risa, el gozo, la ironía y el desparpajo. Este mundo, casi carnavalesco, fue rápidamente difundido en pliegos y hojillas volanderas por ciegos y mendigos, y más rápidamente aún echó raíces en la transmisión oral, que aún hoy conserva muestras hermosísimas.
Hasta mediados del siglo XX –que sepamos- los folkloristas pudieron recoger al sur de Portugal poesías dialogadas donde pastores africanos reverenciaban al Niño Jesús en un portugués estropeado que allí llaman “língua de preto” (lengua de negro). En Latinoamérica, por su parte, la documentación extraída de la oralidad es ingente, apropiada, claro está, al componente afro de todo aquel territorio cultural. La oralidad española parece haber soportado mucho peor los embates de la civilización, de manera que los textos -o vestigios de ellos- de “villancicos de negros” se han documentado escasamente.
Andalucía, sin embargo, tuvo que haber sido una comarca rica en estas manifestaciones, mantenidas probablemente en la memoria de muchos hasta hace unas cuantas décadas. El poeta Pablo García Baena recuerda las tradiciones que vivió en su infancia cordobesa con un “Gozo para la navidad” que arranca así: “-Negra, vente pa Belena. / -¿Pues qué pasa, Magalena? / -Pasa el carnaval de Río, / samba y frío; / pasa el Rey Don Baltasara, / chirimía y algazara…”, y que recuerda que, para los niños de su calle, “oscura era la Virgen Pura” y “el Niño miel morena”.
La expresión popular y jocosa de lo trascendente que tuvieron los “villancicos de negros” se instaló más cómodamente aquí en el Sur, con toda probabilidad, en esas coplas pascuales en las que la Virgen resulta ser “gitana canastera” y los pastores “gitanitos de Belén”. Aun así, los restos de lo que tuvo que ser una tradición viva y jugosa durante al menos dos o tres siglos nos asaltan sorpresivamente de vez en vez.
Hace unos dos años Pepa Caro me hizo llegar desde Arcos un texto que había grabado a su madre, Dolores Gamaza, que ésta titulaba “Los negros de la mojiganga” y que decía haber aprendido de su tía, también de Arcos. “Los negros de la mojiganga” es una muestra excepcional de aquel repertorio riquísimo y alegre de “villancicos de negros” que un día resonaron a la puerta de nuestras blancas iglesias, y trae ecos de una navidad sin fastos ni oropeles que vale la pena imaginar.
Los negros de la mojiganga
viendo la noche tan clara
caminan para Belén.
(…)
jase, jase, jase,
cara de azabache,
que para los negros
también nace Dios,
calla, Francisquilla,
no lo digas, no,
que para los negros
también nace Dios.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 24 de diciembre de 2005

La vela del angelito

Baile del angelito: Voyage pittoresque dans les deux Amériques,
Alcide D' orbigny, 1836
En la isla de La Gomera queda aún quien cuenta que, durante el franquismo, las más civilizadas gentes de la costa ganaron a las del interior en la batalla por desterrar ritos y costumbres más próximas a la barbarie que al blando y pulcro cristianismo que se nos acabó imponiendo.
Uno de esos ritos, hoy desaparecido, era La Vela del Angelito. En La Gomera, los riscos, peñascos y acantilados se suceden en un espacio temerario que, desierto de verde, fue el espacio de niños montaraces que, primero a gritos y después a silbos, habitaron a su manera su paraíso. Más expuestos que ahora a la vida, algunos de aquellos niños encontraban la muerte en los precipicios y –como refieren allí- “se riscaban”. Los menores de siete años que así culminaban su suerte eran merecedores de un pormenorizado velorio, y de un entierro laico que obviaba el templo, y en el que se conducía directamente al niño de su casa al camposanto, entendiendo que un alma inocente no tenía pecados que desechar y que, por tanto, no debía rendir cuentas ante ídolos todopoderosos.
En el velorio, las mujeres fregaban con esmero el suelo de la sala donde reposaba el angelito, y lo secaban poniendo extremo cuidado de que no quedara ni una gota de agua, pues un mínimo resquicio de humedad podría atrapar un hilo del alma infantil, impidiéndole así subir sin pereza al cielo. A la salida de la casa en dirección al cementerio, la procesión se formaba con el padre al frente, seguido de los hombres del entorno, quienes le acompañaban en el canto monótono e interminable del Baile del tambor, una salmodia secular en la que a los versos solitarios del padre respondía un estribillo coreado y unas chácaras ruidosas y
solemnes.
Al paso de la procesión, muchos colocaban cintas de colores sobre el cuerpo del niño. Cada cinta era un mensaje para alguien que se tenía en el más allá: un mensaje del que se tenía la certeza que llegaría a su destino, puesto que el niño difunto no tenía posibilidad alguna de pasar por el purgatorio y, yendo directamente al cielo, entregaría sus correos sin extravíos.
Como en La Gomera, la Vela del Angelito y otros ritos fúnebres vitales y necesarios de nuestra certeza de la muerte, han ido desapareciendo del mapa de la Península y de cada rincón de América barrido por la estandarización del dolor (americana o vaticana, para el caso es lo mismo).
Queda aún, sin embargo, quien recuerda algunos versos que, para dar palabras al niño camino del cielo, se coreaban a su paso: “Agua menudita llueve / como corren los canales; / ábreme las puertas, cielo, / que soy aquel que tú sabes”.





Publicado en La Voz de Cádiz, el 30 de octubre de 2005

09 abril 2006

El carnaval oculto


Las canciones y rimas tradicionales infantiles, muchas veces, encierran bajo su aparente sinsentido significados ocultos que se refieren a nuestros más ancestrales y universales comportamientos. Se han resguardado, tras siglos y siglos, en la expresión esencialmente emotiva, lúdica y musical de los niños y desde aquí pueden evocar, para nuestra comprensión adulta, preguntas y respuestas que la prisa de la modernidad nos ha enseñado a esquivar.
El juego infantil –el compartido entre iguales, el espontáneo, claro, no el que los adultos dirigimos- plantea, además, no pocos ritos esenciales y necesarios, sin los cuales ni nos entenderíamos como individuos de una cultura determinada, ni como seres inteligentes.
Entre los niños ha corrido hasta hace nada de boca en boca el juego-salmodia de Pipirigaña. Con más o menos variaciones, la cancioncilla dice: Pipirigaña / mata la araña / un cochinito / bien peladito / ¿Quién lo peló? / La pícara vieja / que está en el rincón. Tanto en España como en Latinoamérica, la rima se aplica a un juego simple, consistente en dar pellizcos en las manos apoyadas del otro, que trata de esconderlas al ser tocadas. Don Pablos, el Buscón, fue de los primeros en testimoniar el entretenimiento, según cuenta Quevedo, y desde allí millones de niños lo han hecho, adecuando el nombre del personaje a su castellano, catalán, gallego o euskera materno.
Pipirigaña o Pez Pecigaña parece, de este modo, referirse a un icono infantil esencialmente carnavalesco, representado por ejemplo en los cuadros de Peter Brueguel, en los que el disfraz, la chanza, la representación del mundo al revés, la animalización de los humanos, el regocijo por trastocar el orden… se ubican de pleno derecho entre esos niños del siglo XVI que el viejo pintor ha eternizado.
Pipirigaña es, entonces, una figura de comparsa carnavalesca emparentada con otros peces festivos, como la sardina y su entierro burlesco el Miércoles de Ceniza. Al hilo de esta clave, la hazaña que se le atribuye, matar una araña, puede identificarse con la burla secular de ridiculizar grandes empresas caballerescas mediante su inserción en el ámbito de lo nimio y lo cotidiano, y algo semejante puede pensarse del cochinito bien peladito, figura de antiguas procesiones burlescas al que los niños desenmascaraban despojándole de su cabellera. La vieja que cierra los versos, agazapada y presuntamente malhumorada desde su negro rincón, luctuosa en contraste con el regocijo del disfraz del Pez Pecigaña, no puede ser otra que Doña Cuaresma.
La transgresión carnavalesca parece exigir el primor infantil del disparate, quizás el único y primordial sentido de la antesala del ayuno, un sentido que, a fuerza de comercio y olvido, estamos a punto de ocultar del todo.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 8 de febrero de 2005

Recién nacidos con sotana



De la proverbial fogosidad sexual e intensidad reproductora de los presuntos célibes (léase sacerdotes) da buena cuenta la literatura popular. Comunidad humana creyente pero profundament