09 abril 2006

Recién nacidos con sotana



De la proverbial fogosidad sexual e intensidad reproductora de los presuntos célibes (léase sacerdotes) da buena cuenta la literatura popular. Comunidad humana creyente pero profundamente anticlerical, la hispánica conserva en su tradición oral relatos jugosísimos en torno a este tema. Sea en forma de canción, romance o cuento, curas, monjas, monaguillos, sacristanes y prelados protagonizan multitud de escenas en las que indefectiblemente ponen de manifiesto sus íntimas e intensas vinculaciones con el mundo de los sentidos. La Navidad de Jerez, por ejemplo, no entiende sus célebres zambombas sin incluir en el repertorio el romance de El cura enfermo, ése que, sintiéndose indispuesto, pide a la criada que le traiga chocolate..., o sin el canto jocoso de San Pedro y el cordón, en el que las monjas de un convento se sobresaltan y alegran ante la vista de los atributos del Portero del Cielo.
Pero quizá lo más inexplicable y misterioso de un montón de estos textos populares sea la aparición de un vástago, fruto de las relaciones ilícitas de los procaces sacerdotes, que denuncia con su misma apariencia el pecado cometido por su padre biológico sin que, por otra parte, se observe una condena moral del mismo. El mismo cura que requiere el chocolate de la criada prosigue su historia contemplado (¿atónito?) cómo con el tiempo a su mucama se le hincha el vientre y asistiendo, al fin, al nacimiento de un sorpresivo bebé: “A los nueve meses / parió la criada / un curita chico / con capa y sotana”.
Estos recién nacidos que, por su inocencia, representan la verdad y ponen en entredicho el mundo de mentiras de los adultos, adoptan variadísimas representaciones en la tradición: asoman a la vida, como éste, con sotana y, a veces, con bigote, subrayando su parecido físico con el copartícipe del adulterio materno; puede suceder también que el niño, a los pocos días de vida, muestre una insólita habilidad para hablar, y sus propias palabras sean las que delaten el pecado que ha hecho posible su venida al mundo; en una vertiente atroz y sangrienta de la misma fantasía, algún infante, tras ser descuartizado y hasta cocinado por una madre que así intenta ocultar las consecuencias de sus amores ilegítimos, llega a pronunciar las palabras delatoras: “-No comas, papá, no comas, / que comes de tus entrañas, / que esta madre que yo tengo / se merecía degollarla”.
La voluntad colectiva de atribuir poderes mágicos a estos niños reside probablemente en el misterio que suscita ese tiempo que ocupan, a caballo entre el limbo y la vida. En cualquier caso, los infantes delatores se vinculan, a través de los siglos y por encima de cualquier distancia geográfica, al ancestral mito del héroe, que desde su nacimiento (y aun desde su gestación) ofrece señales premonitorias de su destino. Amadís de Gaula, Buda o el propio Jesucristo fueron engendrados en condiciones misteriosas, sus madres tuvieron partos portentosos e inexplicables, y en su infancia todos ellos, amparados en una creencia folklórica casi universal, desenmascararon con su palabra las mentiras de los adultos.

Publicado en La Voz de Cádiz, el 23 de diciembre de 2004

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