25 noviembre 2009

El coro a dos voces


FERNANDO QUIÑONES:

LAS VOCES DE LA AUTOBIOGRAFIA


Los novelistas del Siglo de Oro acostumbraban a prologar sus relatos con excusas y explicaciones no pedidas sobre la veracidad de los mismos. Luego, ya en la narración, no satisfechos de sus preámbulos, suspendían a cada momento el sentir de sus personajes para tomar la palabra y advertir al lector sobre el significado de la peripecia novelesca. Tales intromisiones en el acontecer literario no deberían resultarnos molestas, y tampoco deberíamos interpretarlas como interferencias de la realidad del autor en el espacio imaginario. La verdad es que aquellos hombres estaban inventado la novela y, cautivos de su propio quehacer, habían perdido la llave que incomunica la verdad de la mentira, así que deambulaban prodigiosamente desorientados entre una y otra, quizás sin ver del todo que de su despiste había de surgir un mundo nuevo, el de la ficción.
Como un escritor del Siglo de Oro, devorado por las letras, escribe Fernando Quiñones El coro a dos voces, una obra plagada de mentiras a las que me veo obligada a desdecir.
Para empezar, no son dieciséis relatos, sino algunos más, los que componen este libro. Hay, sí, dieciséis universos poblados por personajes y aconteceres que reconocemos de inmediato como literarios, porque la voz autorizada de un narrador así nos lo ordena. Pero hay al menos un relato más que sirve de marco ficticio al resto de las invenciones, y que se comporta como una trama tenue sobre la que el autor teje e hilvana su imaginación. Este relato se abre con lo que Fernando Quiñones titula Cuatro palabras y tiene su desenlace con lo que llama Cierre. Pocos datos más tenemos de él: acaso, alguna circunstancia que amablemente el autor desliza, como descuidado, en fragmentos dispersos, como el que prologa el relato sexto (Nardi, un retrato antiguo).
Esta narración disimulada es tan apasionante como las demás: cuenta la historia de un hombre que dice llamarse FQ y ser escritor. Y cuenta cómo este hombre se fue encontrando con varias maneras de decir, y se fue encontrando con otros hombres y mujeres que le pedían que dijera por ellos de sus vidas. Cuenta el relato cómo FQ se fue encontrado con amigos que le ayudaron a ayudar a los personajes que necesitaban de su voz, y cómo se encontró con un editor que diera forma impresa a tantas voces.
El tal FQ, desde su ficción, quiere convencernos de que acopia referencias verídicas y que sólo unas cuantas anécdotas de su historia son inventadas. Insiste en que los personajes que le contaron y que le pidieron contar son personajes vivos, y sólo en una ocasión menciona, de pasada, a Fernando Quiñones, al que llama El Redactor.
De la otra gran mentira también es responsable FQ. Como aquellos novelistas del XVII, usurpando la autoridad a Quiñones, hace, en cuatro palabras, una declaración programática a la que supuestamente obedecerá la práctica narrativa. Dice allí que escribe en dos códigos: "el de la literatura" y "el habla de un pueblo". Nos oculta un dato: el habla de un pueblo, en la narrativa de Quiñones ¿no es acaso literatura?
Son literatura las vidas desasosegadas del Padre Alfonso o la del Cajista del Diario, o la de "la novelesca muchacha de las ojeras y el cansado traje azulenco". Lo garantiza su discurrir en una tipografía de imprenta moderna, de diseño y fotocomposición avanzada. Pero también son literatura la vida de Hortensia, o la del Chulo Málaga, o la del mismo Joaquín Quintana, ajetreados en su tipografía humilde y correcta, de máquina de escribir casera. No nos engañe la tipografía. Todos ellos son literatura porque no son ni verdad ni mentira, sino ficción, una especie de realidad virtual inventada desde que el hombre es hombre, y desde luego mucho antes de que los medios de comunicación modernos nos hicieran más palpable la idea de realidad virtual. Son literatura porque estas vidas no imitan a la vida, a nuestras vidas, sino que se añaden a la vida y la modifican, mejorándola, haciéndonos escapar del tiempo y haciéndonos mejores.
Más mentiras. FQ habla de duplicidades. Hay relatos y novela; está lo realista y lo fantástico, lo inventado y lo sucedido. Con menos pericia en el arte de novelar que Fernando Quiñones, FQ teoriza con unas etiquetas que son barreras que la filología ha ido imponiendo para entenderse, para entendernos, en un intento vano de aprenhender lo inaprehensible: la creación artística. Agradecemos a este autor-impostor sus cuatro palabras, pero siguen sin servirnos para entender el prodigio de la creación de Quiñones, el milagro de su literatura.
Y una última mentira. Pudiera alguien pensar -quizás el mismo redactor- que hay una parte muy real en este libro: la vida de Joaquín Quintana, alter ego o transposición al papel de Fernando Quiñones. No nos va a engañar. Lo autobiográfico, aquí, también es literatura, siempre una trampa.
El ser humano simple recrea los hechos físicos, pero el artista reinventa los hechos psíquicos con la imaginación. La evocación, por sí misma, es ya una ficción. El autobiógrafo, quiere, por ejemplo, dejar constancia de las tardes primaverales de la alameda y de lo que siente su corazón de niño en aquel espacio. Acude, entonces, a la imagen literaria que de la infancia, la primavera y los árboles de la alameda tiene. Y el resultado es la infancia de todos nosotros, o lo que todos nosotros creemos que fue nuestra infancia. No nos queda, por tanto, más remedio que negar también la autobiografía. También aquí Quiñones miente, a no ser, claro está, que Quiñones, el mismísimo Quiñones, sea ya un personaje literario, una ficción, más real, por tanto, que la vida misma.

Este texto sirvió como presentación a la obra de Fernando Quiñones El coro a dos voces. En Cádiz, en la Alameda, en mayo, en la Feria del libro de 1998.

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