10 abril 2006

La vela del angelito

Baile del angelito: Voyage pittoresque dans les deux Amériques,
Alcide D' orbigny, 1836
En la isla de La Gomera queda aún quien cuenta que, durante el franquismo, las más civilizadas gentes de la costa ganaron a las del interior en la batalla por desterrar ritos y costumbres más próximas a la barbarie que al blando y pulcro cristianismo que se nos acabó imponiendo.
Uno de esos ritos, hoy desaparecido, era La Vela del Angelito. En La Gomera, los riscos, peñascos y acantilados se suceden en un espacio temerario que, desierto de verde, fue el espacio de niños montaraces que, primero a gritos y después a silbos, habitaron a su manera su paraíso. Más expuestos que ahora a la vida, algunos de aquellos niños encontraban la muerte en los precipicios y –como refieren allí- “se riscaban”. Los menores de siete años que así culminaban su suerte eran merecedores de un pormenorizado velorio, y de un entierro laico que obviaba el templo, y en el que se conducía directamente al niño de su casa al camposanto, entendiendo que un alma inocente no tenía pecados que desechar y que, por tanto, no debía rendir cuentas ante ídolos todopoderosos.
En el velorio, las mujeres fregaban con esmero el suelo de la sala donde reposaba el angelito, y lo secaban poniendo extremo cuidado de que no quedara ni una gota de agua, pues un mínimo resquicio de humedad podría atrapar un hilo del alma infantil, impidiéndole así subir sin pereza al cielo. A la salida de la casa en dirección al cementerio, la procesión se formaba con el padre al frente, seguido de los hombres del entorno, quienes le acompañaban en el canto monótono e interminable del Baile del tambor, una salmodia secular en la que a los versos solitarios del padre respondía un estribillo coreado y unas chácaras ruidosas y
solemnes.
Al paso de la procesión, muchos colocaban cintas de colores sobre el cuerpo del niño. Cada cinta era un mensaje para alguien que se tenía en el más allá: un mensaje del que se tenía la certeza que llegaría a su destino, puesto que el niño difunto no tenía posibilidad alguna de pasar por el purgatorio y, yendo directamente al cielo, entregaría sus correos sin extravíos.
Como en La Gomera, la Vela del Angelito y otros ritos fúnebres vitales y necesarios de nuestra certeza de la muerte, han ido desapareciendo del mapa de la Península y de cada rincón de América barrido por la estandarización del dolor (americana o vaticana, para el caso es lo mismo).
Queda aún, sin embargo, quien recuerda algunos versos que, para dar palabras al niño camino del cielo, se coreaban a su paso: “Agua menudita llueve / como corren los canales; / ábreme las puertas, cielo, / que soy aquel que tú sabes”.





Publicado en La Voz de Cádiz, el 30 de octubre de 2005

2 Comments:

At dom. dic. 24, 12:43:00 a. m., Anonymous Redacción de la Revista Adiós said...

Excelente artículo. En Argentina, Santiago del Estero, y en casi todos los países de América latina, se sigue celebrando este rito.
Me intresaría saber el origen de la foto que acompaña esta nota.
Muchas gracias.

 
At dom. dic. 24, 01:29:00 p. m., Blogger María Jesús Ruiz said...

Se trata de un óleo mexicano, atribido a Miguel Espinosa y fechado en 1875. Puede encontrar más información en:
http://www.soumaya.com.mx/navegar/anteriores/anteriores04/noviembre/dif.html

Gracias por su comentario. La revista "Adiós" me ha interesado mucho.

 

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