25 octubre 2008

De la desaparición de la niñez

Ana Pelegrín, Cada cual atienda su juego. De tradición oral y literatura.
Madrid, Anaya, 2008.

Las líneas que siguen fueron escritas a principios del pasado julio. Ahora me consuela que Ana Pelegrín llegara a leerlas y que yo alcanzara a decirle cuánto me había emocionado y cuánto había aprendido con esta nueva edición del hermoso Cada cual... Para celebrarlo cantamos Los cinco lobitos. No he retocado el texto porque el amparo, la tutela y el cariño de Ana siguen y seguirán conmigo y, por lo tanto, no hablaré de ella en pasado.

De 1970 data un trabajo de Manuel Alvar al que es obligado volver de cuando en cuando para apreciar algunos de los elementos más sensibles y caracterizadores de la tradición oral (Patología y terapeútica rapsódicas: cómo una canción se convierte en romance). Habita en él una idea crucial, que tiene que ver con la consideración del texto oral como un ser vivo, sujeto, por tanto, a la voluntad de crecer y reproducirse, así como a la de rebelarse contra su extinción, asiéndose para ello a unos determinados mecanismos de supervivencia.

Si hay alguna zona de la tradición oral paradigma de tal vitalismo ésa es, sin duda, la infantil. Luchando contra viento y marea y en medio de las peores condiciones (es decir, ahogadas por el consumo del juego tecnológico y por la desintegración de espacios socializadores), las canciones y retahílas infantiles se mantienen como una expresión primordial del ser humano, como una necesidad vital. Aunque transformadas (vulgarizadas si se quiere, desritualizadas en muchos casos), esas pedacerías rimadas encierran bajo las siete llaves de su sinsentido gestos, ritos, símbolos, ritmos y letras que un día nos pertenecieron de pleno y que, de hecho, nos explican, y ofrecen a quien las contempla una belleza esperanzadora; como la belleza de El beso del Hotel de Ville, la fotografía de Doisneau en la que el amor desafía a la muchedumbre.

Quien mejor conoce el folklore infantil hispánico, Ana Pelegrín, reedita ahora la reflexión lúcida y el repertorio de Cada cual atienda su juego, un libro que, de cabo a rabo, descansa –que no duerme- en esa comprensión de la poética de los niños como arma cargada de futuro.

Cada cual... alimenta la certidumbre de que el ser es humano en cuanto que genera –para habitarlo- un pensamiento mítico, el de la infancia, que no es otro que el que, a partir de la edad adulta, intenta recuperar para así comprender (comprenderse). Restablece de tal modo la lógica del pensamiento salvaje (Bowra), haciendo inteligible la necesaria dimensión espiritual, que es a la vez física y mágica. Si se les concede el juego, los niños atravesarán su primera etapa vital seguros de pertenecer a la naturaleza, convencidos de que pueden obtener de ésta obsequios bienhechores (la lluvia, la luz...), y convencidos también de que sus manos, sus brazos, sus cuerpos, los ubican en la compañía de los otros. El juego es un seguro contra la soledad. Así se ejercita.

La palabra poética infantil tiene, por lo demás, una dimensión cósmica: más compañía, la del hombre con todos los hombres que le precedieron, un hilo conductor del que se ha desprendido la comprensión del rito, pero cuyos símbolos –en palabras de Pelegrín- han quedado confiscados por el folklore del niño. La luna benefactora, dadora de fortuna; el sol persiguiendo a los niños, animistas por ello, y los niños confiados en la magia de sus rimas, que hacen avanzar al sol; las naranjas que cantan porque tienen el sol entre sus gajos y porque quien las canta tiene voz de mujer; los niños viviendo en los árboles y propietarios del vuelo, en el columpio, como las doncellas atenienses evocadas por Rodrigo Caro para explicar que ascender y descender es la única forma de buscar por el cielo y por la tierra los cuerpos queridos.

Cada cual... asume, a su vez, el desmenuzamiento, el análisis, de las estructuras del decir poético de la infancia. Previo éste a las formas reguladas de lo culto y de la edad adulta, es reconocible (aquí por paciente disección) su organización lógica y limitada, y a la vez infinita: un puñado de movimientos esenciales (el binario, el enumerativo) sobre los que se despliega no una comprensión conceptual del universo, sino una aprehensión rítmica, básicamente lúdica, de todo lo importante. El repertorio de retahílas, cantinelas y canciones viene sencillamente a demostrarlo. Las manos y los dedos componen, en los primeros años, un teatrillo ambulante que, con media docena de representaciones, completan toda una dramaturgia (la de los cinco lobitos mimados por la mamá loba, la de los dedos hambrientos que colaboran para freír un huevo); después, los juegos y retahílas de sorteo, de azar, de persecución, de corro, de comba... ponen al niño en relación con sus contemporáneos y el grupo adquiere con sus rimas una sistemática comprensión de las leyes de la vida. Ni más ni menos.

De ello se acordaron muchos adultos creadores. Quizás crear, a partir del momento en que partimos desde la infancia hacia el exilio, no es más que recordar la patria. Es imprescindible recordar a los que recordaron. El penúltimo capítulo de Cada cual... cumple con tal deber y reúne textos de algunos de los que entendieron que nada más efectivo que una imagen, que una melodía de la infancia, para provocar una fantasía y desplegar una explosión de imágenes. Juan Rufo, Serrano Plaja, Lorca, Azorín, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Carmen Martín Gaite, entendiendo ésta el paso del tiempo, al cabo de los años, tal y como lo aprendió en el juego:
El tiempo transcurre a hurtadillas, disimulando, no le vemos andar. Pero de pronto volvemos la cabeza y encontramos imágenes que se han desplazado a nuestras espaldas, fotos fijas, sin referencia de fecha, como las figuras de los niños del escondite inglés, a los que nunca se pillaba en movimiento.
(Publicado en Educación y Biblioteca, septiembre-octubre 2008)

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