21 enero 2011


Aurelio M. Espinosa:
Cuentos populares recogidos de la tradición oral de España.
Introducción y revisión de Luis Díaz Viana y Susana Asensio Llamas.
Madrid. CSIC. (Serie De acá y de allá. Fuentes etnográficas, nº 4). 2009. 868 págs.

Reseña publicada en Revista de Literatura (CSIC), 2010, julio-diciembre, vol. LXXII, n.o 144, 651-653, ISSN: 0034-849X


La colección de cuentos de Espinosa es deslumbrante. Parece una obviedad. Y deberíamos saberlo, pero la edición en un solo volumen (reunidos los 280 etnotextos con sus estudios correspondientes) que ahora publica el CSIC desborda el respeto que pudiéramos tener al folklorista y lo convierte en devoción.
Aurelio Macedonio Espinosa (1880–1958), oriundo de El Carnero, una pequeña aldea del Valle de San Luis (Colorado), era un ya experimentado profesor de la Universidad de Stanford cuando en el verano de 1920 llega a España -comisionado por la American Folklore Society- con el propósito exclusivo de recoger cuentos de la tradición oral peninsular. Una tradición en la que él había situado la raíz y el fundamento de la narrativa popular americana, muy bien conocida por Espinosa a esas alturas, tras casi veinte años dedicado a su recolección y estudio. Al trabajo de campo precede, pues, la teoría, y ésta se funda en la convicción de que la gran mayoría de los cuentos son de procedencia oriental, y que ha sido España –y especialmente el crisol de culturas que fue España en los siglos medievales- el punto de partida de la difusión de esta literatura en la otra orilla del Atlántico. Sus convicciones evolucionistas lo sitúan en la órbita del folklorismo europeo; sin embargo, en ningún momento llega a desvincularse de la escuela norteamericana, con la que comparte –entre otras cosas- la identificación del folklore con folk literature, a saber: literatura popular.
Es pues Espinosa “un folklorista entre dos mundos”, como con claridad explican Luis Díaz Viana y Susana Asensio en su estudio introductorio, a la luz del cual se comprende (desde la difícil sintonía entre sencillez y erudición) la riqueza inusitada de esta colección de cuentos y, por ende, su trascendental importancia para los estudios etnográficos. Como se comprenden con igual naturalidad las paradojas vitales que el objeto folklórico –aquí el cuento- ha venido experimentando en la historia de la investigación merced a su capacidad identitaria, a su vocación inherente de actuar como testimonio del “alma del pueblo” que lo usa.
El caso es que la edición (Universidad de Stanford, 1923-26) y la reedición (CSIC, 1946-47) de esta frondosa colección de cuentos fueron posibles en buena medida gracias a la intervención de dos investigadores más distantes en la ideología que en el tiempo: Ramón Menéndez Pidal y Ángel González Palencia respectivamente.
No glosaremos las circunstancias ni los resultados de la concurrencia de González Palencia en la publicación española de la obra de Espinosa, pues bien jugosa resulta la introducción de Díaz Viana y Asensio Llamas en este sentido, y a ella remitimos al lector interesado. Sí es sumamente interesante y del todo conmovedor acercarse al momento en que se encuentran Menéndez Pidal y Espinosa, en el verano de 1920, cuando el segundo desembarca en España e inmediatamente se pone en contacto con el Centro de Estudios Históricos, convencido de que en la persona del maestro Pidal hallaría la llave de su búsqueda.
Así fue. De la entrevista con Menéndez Pidal obtiene Espinosa un mapa orientativo y una indicación certera de por dónde comenzar la recolección: Cantabria. Su paso por la antigua provincia de Santander y, sucesivamente, por las de Palencia, Burgos, Valladolid, Soria, León, Zamora, Segovia…, lleva al investigador americano del interés al entusiasmo, de manera que al culminar los cinco meses que duró su recolecta llega a manifestar su deseo de que sus protectores de la American Folklore Society le subvencionen un nuevo viaje a España, pero no de cinco meses, sino de cinco años. Anécdotas aparte, merece mencionarse la correspondencia mantenida entre Espinosa y Pidal a lo largo del periplo de aquél, hoy depositada en el Archivo Menéndez Pidal-Goyri . Cartas de navegante que van trazando el derrotero del profesor americano y que van describiendo el deslumbramiento ante la tradición peninsular que hará expreso en la introducción que pone al frente de la edición de 1923: “Los cuentos populares se encuentran en España en todas partes. Lo único que importa es conocer el material tradicional y escoger los buenos (…). Los cuentos y los romances abundan dondequiera. España es un país viejo, sanamente viejo, y la tradición oral está todavía en pleno vigor”.
Ignoramos si, antes de su viaje a España, Espinosa conocía la médula del romancero hispánico, ésa que llega a comprender emocional e intelectualmente cuando –a instancias de Don Ramón- incluye en sus pesquisas la búsqueda de baladas romancísticas. Lo cierto es que hechizado –como tantos otros- por la fe pidaliana en la vitalidad del romancero, Espinosa recoge con igual entusiasmo tanto los anhelados cuentos españoles como los romances que le van saliendo al paso. En esas cartas que citamos hay innumerables testimonios de ello. Así, en una fechada el 19 de julio de 1920 dice: “Después de molestarle y hablar con Vd., se aumentó al 100% el grande interés que siempre tengo por el Romance Tradicional. Me decido a ayudarle activamente recogiendo cuantos podré recoger romances. Dígame Vd. qué romances le hacen falta, como ya convenimos, de qué regiones, etc. y también sería bueno, ya que yo todo lo he de escribir a máquina (me acompaña una máquina Corona), que se sirviese indicarme la forma en que Vd. los pone a máquina”; en otra del 14 de agosto escrita en la Fonda Ávila exclama: “¡Qué bella es España, qué buena su gente! Este es el verdadero país de la libertad personal. Todos me ayudan, nadie me molesta. Aquí en esta misma fonda hablé con el señor de la fonda y anoche me envió al cuarto dos criados que sabían romances y cuentos”; y convertido ya en sistemático recolector de romances avisa así de sus descubrimientos en una epístola enviada desde Calatañazor (Soria), el día 18 de septiembre: “Aquí van 6 Bodas estorbadas, 2 de Burgos, una de Santander, una de Aragón, una de Valladolid y otra de Valencia del Cid; y 2 Gerineldos sorianos, muy buenos y con sus respectivas Bodas estorbadas y uno sin la Boda”.
Puede que la comunión establecida con Menéndez Pidal (esa impresión tenemos) generara en Espinosa un interés singular por los cuentos que iba recolectando. De hecho, parece que las cuestiones que a él le parecen trascendentales a la hora de afrontar el estudio de la cuentística hispánica están íntimamente vinculadas a la perspectiva que por aquel tiempo prevalecía en los estudios del romancero por parte del matrimonio Pidal-Goyri. En tal sentido, Espinosa declara en su introducción a la primera edición de Stanford que la problemática que afronta en los cuentos populares es triple: su origen, su razón de ser (correctamente interpretada por Díaz Viana y Asensio Llamas como su “funcionalidad”), y la transmisión y evolución de los temas literarios.
Más allá de sus declaraciones explícitas, da la impresión de que el contacto de Espinosa con el mundo del romancero le reportó una compresión esencial de la dinámica de lo tradicional, de esa “noción de apertura” que María Goyri había sistematizado casi sin saberlo en su estudio de La difunta pleiteada de 1909 ; y, si vamos a sus Notas (a esos comentarios tan iluminadores que ahora se publican junto a cada grupo de cuentos), da la impresión incluso de que la obra de Espinosa se adelanta a su tiempo percibiendo la vecindad entre los géneros tradicionales, cuento y romancero, e identificando lo que andando las décadas habría de formularse como “fábulas” y “modelos actanciales”.
Proverbial es en este sentido el estudio de los cuentos de encantamiento, y en especial el correspondiente al grupo de La niña perseguida. Sin descubrir secretos que es menester que el lector vaya desvelando y disfrutando, alentamos a la lectura de este puñado de relatos a la luz de sus notas; y al goce de bucear en la siempre misteriosa dinámica de la tradición oral que muy pocos saben explicar. Espinosa –conocimiento, sentido común e intuición a la vez- sabe hacerlo, y conviene leer por ello ese universo entretejido hilo a hilo en el que el cuento popularísimo de La niña sin brazos y añejas baladas de tema incestuoso como Silvana o Delgadina se entrelazan en la memoria, la expresión y el deseo.
Agradecemos, en fin, el regalo que los editores nos hacen de esta edición de todo lo que sabía Espinosa: un corpus y unos estudios que estos tiempos nuestros han desahuciado.

2 Comments:

At jue. feb. 03, 12:14:00 a. m., Blogger Pablo Talaya Escribano said...

Gracias por mantener esta ventana a la tradición. (desde La ciudad oral)

 
At dom. abr. 03, 04:57:00 p. m., Blogger vilaboa said...

gracias por permitirnos reencontrarnos con los científicos que en su momento recorrieron España, para devolvernos una gran parte de nuestra literatura oral.

esta es una de las pocas páginas en castellano que he encontrado acerca de Espinosa.

 

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