10 abril 2006

Cultura popular y modelos de mujer: salvajes


En la orilla opuesta de la mujer santa a la que –como arquetipo- describía la semana pasada, está la mujer salvaje. Investida de soledad y de aislamiento, habitante de un espacio no civilizado, y ajena a las más mínimas reglas de socialización, la mujer salvaje aparece en la cultura popular, antes que nada, como peligro. En tal sentido, sus antecedentes más definidos son las antiguas sirenas. En ellas se convocan dos o tres rasgos esenciales: un espacio ignoto y escondido (el fondo del mar) en el que puede quedar atrapado para siempre el navegante, una seducción irracional de tintes demoníacos y una fisiología híbrida (mitad pez mitad mujer) que, más que contra natura, juega contra cualquier posibilidad de aceptación social.
Más allá de su condición mitológica, las sirenas y sus congéneres han ido representando a través de los siglos un modelo de mujer inaceptable, y sobre todo han encarnado la amenaza de un castigo implacable para todas aquellas mortales que osaren desviarse del rol tradicional asignado por su condición femenina. Así, los cuentos, las leyendas, los romances, la iconografía popular y el folklore abundan en mujeres cuya desobediencia se corporeiza en una fisiología desmesurada o, en todo caso, vertida a la masculinidad más feroz.
Apoyando el consejo quevedesco de que el hombre debe elegir mujer pequeña como esposa (“porque del mal lo menos”), la Giganta Andandona, importada por las novelas de caballerías del folklore europeo, ofrece un retrato exacto del arquetipo: “Tenía todos los cabellos blancos y tan crespos, que no los podía peinar; era muy fea de rostro, que no semejaba sino diablo. Su grandeza era demasiada, y su ligereza. No había caballo, por bravo que fuese, ni otra bestia cualquiera en que no cabalgase, y las amansaba. Tiraba con arco y con dardos tan recio y cierto, que mataba muchos osos y leones y puercos, y de las pieles de ellos andaba vestida. Todo lo más del tiempo albergaba en aquellas montañas por cazar las bestias fieras. Era muy enemiga de los cristianos y hacíales mucho mal”. Igual que ella, las serranas feas y montaraces de las que huía el Arcipreste de Hita, o las irredentas bandoleras que –según circuló en leyendas de nuestra última Posguerra- formaban parte del Maquis, portaban armas y se dedicaban a la caza (de hombres o de animales) menos compasiva.
Alentándolas –y advirtiendo a las demás del descalabro- ha estado siempre Lilith, la nocturna, que para la tradición hebrea surgió al mismo tiempo que Adán, y que fue descartada para su plan de creación por un Dios que la sustituyó inmediatamente por Eva, más adecuada a las dependencias por depender en sí misma de una costilla. Pero incluso a Eva no deberíamos imaginarla con los trazos que Durero o El Bosco le asignaron, porque su pecado, su transgresión y su renuncia a la familia nos remiten a lo femenino salvaje, y no a esa blanda mujer de cabellos dorados que la Iglesia –por convertirla en madre- ha querido presentar.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 11 de marzo de 2006

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