11 abril 2006

Ejércitos tradicionales


Aunque la educación mixta se proponga como objetivo transversal evitar agresiones entre uno y otro género, en cierto momento –antes de lo que muchos piensan- hombres y mujeres empuñan armas y se disponen a batirse en un duelo vital, literalmente vital, porque en una buena parte de los casos dura lo que dura esto que llamamos vida.
En un delicioso cuento titulado Salvación de Yayá, el argentino Marco Denevi cuenta que los grupos de mujeres y hombres actúan como ejércitos: son cómplices entre sí cuando están solos, sin interferencias del otro sexo; acuden a la batalla, se enfrentan en la frontera denominada amor y, al volver a los cuarteles (a su grupo), fabulan, fanfarronean sobremanera y mienten sobre el encuentro bélico; y sobre todo disimulan el dolor de las heridas inflingidas por el enemigo. Algo parecido a lo que las antiguas novelas de tema morisco recreaban, es decir, esa capacidad del espacio fronterizo para hacer aflorar la ternura y la solidaridad entre los oponentes que –desnudos, indefensos- se encuentran en la tierra de ninguno, y esa voluntad, cuando cada uno se retira a su territorio, de olvidar las debilidades padecidas en el cuerpo a cuerpo.
La canción tradicional, tan delatora siempre de lo que el verso –por ser verso- sostiene como ficción, ha organizado durante siglos un discurso poético de esta realidad. En los romances y canciones compartidos por hombres y mujeres en el ámbito de la fiesta o de las pocas faenas comunes, los conflictos de amor, de familia o de religión se han abordado con gravedad, patéticamente incluso, de manera que el tabú, la trasgresión y los miedos cotidianos son los pinceles con que se componen miles de cuadros que representan una sola escena: la fragilidad humana. Sin embargo, el repertorio literario oral usado y transmitido secularmente por colectivos femeninos o masculinos presenta otros colores.
El lavado en la fuente o en el río, la costura, el hilado o –sobre todo en el Sur- la tertulia en el portal al fresco de los atardeceres veraniegos, han sido espacios adscritos por derecho a la comunicación entre mujeres. En tales ámbitos ha florecido un cancionero tradicional profundamente sarcástico, orientado a vilipendiar al varón, a ridiculizarlo despiadadamente, y en definitiva a cohesionar al grupo por la vía de la ostentación de su superioridad moral sobre el enemigo. Proverbial resultan, en tal sentido, los numerosos romances que tienen al cornudo como protagonista, fantoche más que personaje, y en cualquier caso poseedor de una infame ignorancia, de una lamentable ceguera, que le impide siquiera atisbar las trazas de libertad con las que se desenvuelve su esposa. Ni ante las más llamativas evidencias, por ejemplo, reconoce su penosa condición el marido del romance de “La adúltera del cebollero”. En él, el retozar clandestino de la mujer con un vendedor de cebollinos culmina con el nacimiento de un niño idéntico (hasta en el delantal) a su padre biológico. Ante el recién nacido, el esposo muestra “alegría y contento, / creyendo que era su hijo / y era del cebollinero”, y dispone lo necesario para celebrar el bautizo, todo ello ante la risa sin reparos de las transmisoras.
Por su parte, el mundo tradicional masculino, poseedor de un repertorio adscrito a labores colectivas agrícolas o pesqueras, ha generado un sinfín de coplas en las que la misoginia más lacerante campea a sus anchas. En esta provincia, sin ir más lejos, pueden todavía recogerse vivos y coleando los cantos de saloma que hasta hace nada sirvieron a los almadraberos para acompañar el ritmo de los remos desde la orilla hasta el laberinto de redes donde esperaban presos los atunes. Antes de llegar a esa otra frontera bélica, los remeros desgranaban un sinfín de cancioncillas mordaces, bravuconas e insultantes, todas con la mujer –sus mujeres- como blanco de pullas. La literatura anti-femenina medieval, los versos hirientes de Quevedo, todo ese discurso clásico archisabido, ha alargado su hilo a través de la oralidad para proveer al tradicional ejército masculino de las armas del verso. Un verso, aquí, complaciente con la escatología, nada sutil, en absoluto disimulado. Los cantos de saloma están recogidos y registrados, tenemos constancia los folkloristas de ellos porque, siguiendo el consejo del maestro Machado, de la tradición oral hay que rescatar todo, lo bonito, pero también lo feo. Lo impronunciable.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 11 de abril de 2006

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