14 abril 2006

La poética de Juan Panadero: versos de repente















UN EJERCICIO DE MEMORIA PARA EL SUEÑO REPUBLICANO DE ESTE 14 DE ABRIL

Tengo mi pecho de coplas
que parece un hormiguero:
se lían unas con otras
a ver cuál sale primero.


La atención que los poetas del 27 –Lorca y Alberti, sobre todo- prestaron a la poesía de tradición oral como venero ético y estético de sus propias composiciones parece estar fuera de toda duda. Ahora bien, la investigación sobre este asunto se ha ceñido al análisis de obras como el Romancero gitano, Marinero en tierra o El alba del alhelí, entendiendo –muy comprensiblemente, por otra parte- que era en estos textos donde se renovaba la esencia de la antigua poesía popular, “esa poesía –en palabras de Dámaso Alonso- blanca, breve, ligera, que toca como un ala y se aleja dejándonos estremecidos, que vibra como un arpa, y su resonancia queda exquisitamente temblando”. Menos interés ha merecido, sin embargo, la estricta vocación oral de las Coplas de Juan Panadero, redactadas por Alberti en su exilio americano y más atentas, en apariencia, al análisis de lo social y a la protesta política que a la reestructuración vanguardista de moldes populares. A mi entender, la palabra de Juan Panadero no es, por política, menos poética, ni está más lejos, por parecer más inmediata y menos sugerente, de la antigua poesía oral. Eso sí, de “otra” vertiente de la poesía oral, no la de alas blancas, sino la de cuchillos negros.

Tras redactar los versos (blancos y azules) de Marinero en tierra, Alberti comienza a intuir el lado oscuro de lo popular durante su estancia en Rute, germen de lo que saldría publicado como El alba del alhelí, pero que –tengámoslo en cuenta- iba a titularse Cales negras. Allí, en el segundo libro (El negro alhelí), en poemas como “La encerrada”, “La maldecida” o “El albardonero”, comienza a construir el poeta su otro ámbito, el del himno de un mundo que debe ser conquistado para la justicia y que, junto al canto de los paraísos perdidos, compone –en acertado juicio de García Montero- el universo albertiano. No se aprecia todavía aquí, no obstante, el estremecimiento ante la miseria que vertebra algunos poemas de Consignas, un librito que acoge los primeros cantos revolucionarios y que se publica en 1934. De éste es el poema “En forma de cuento”, que lleva la siguiente introducción en prosa: “Con frecuencia, en los periódicos, aparecen esos terribles telegramas que cuentan cómo al quedar abandonados los niños de los trabajadores que no pueden cuidarlos todo el día, se caen en los braseros, en los pozos, son mordidos por los animales, etc.” El ejemplo habla por sí mismo: a partir de un cierto momento, el poeta ha dejado de identificar lo popular sólo con el canto colectivo y gozoso aprendido en Lope y en los antiguos cancioneros, y ha empezado a incluir en su poética particular la estética atroz de la literatura de pliego, aquella que, pregonada por ciegos y mendigos, se había encargado, por lo menos desde el siglo XVII, de divulgar en la oralidad los crímenes y furias de los desheredados. El mismo Alberti ubica en los inicios de la década de los treinta este descubrimiento, cuando –según él- comienza a ser “poeta en la calle” y cuando estrena Fermín Galán, pieza dramática a la que considera “como un romance de ciego en honor del héroe republicano fusilado por la monarquía”.

Ser “poeta en la calle” parece, pues, implicar para Alberti ser cronista del pueblo, convertirse en vate callejero, a modo de esos verseadores rurales que se alimentan del anecdotario desdichado de sus vecinos para poner en rimas tales sucesos. Algo más tarde, después de 1938, encontrará definitivamente la fórmula idónea para hacerlo: los tercetos seriados de “El caudillote azul imperator”, base formal de las Coplas de Juan Panadero.

La primera edición de las Coplas (Montevideo, 1949) manifiesta a todas luces su vocación de literatura oral: en la portada se hace constar que han sido “recopiladas y ordenadas” por Rafael Alberti (algo que sólo desmentiría en la edición española de 1977) y, en el interior, los versos se acompañan de “diez aleluyas” de Toño Salazar, un caricaturista salvadoreño desterrado en Uruguay que, a la manera de los anónimos ilustradores de los antiguos pliegos, dio a los versos de Juan Panadero su definitiva apariencia de poesía de cordel.

De no haber sido por Alberti, riguroso recolector, los versos de Juan Panadero no habrían conocido nunca la letra impresa. Porque si algo está claro es que Panadero no es poeta letrado. Como el gaucho Martín Fierro, sólo es capaz de rimar al son de la guitarra, así que debemos entender que sus versos brotan de repente, acuciados por la necesidad de dar respuesta a las injusticias –pero también a las alegrías- vividas por su pueblo. Las coplas –a Martín Fierro- le iban brotando “como agua de manantial”; para Juan Panadero las coplas son saetas certeras, metralla, verdades “salidas como de un avispero”, es decir, básicamente espontáneas, esencialmente necesarias. Juan Panadero, auto-investido portavoz del pueblo, se parece –sí- a Martín Fierro. Lo cual nos lleva a pensar que el contacto con el folklore argentino, con los ritos pampeanos en concreto, resultó decisivo para Alberti. En España había conocido, la posibilidad de ser poeta en la calle, vocero, cronista de la intrahistoria, y había apreciado en la tradición literaria popular la eficacia, para esto, del verso corto, de la “rima pobre”. En Argentina se topa con la decisiva figura del payador, todavía hoy en vigencia, y parece entender que, para ciertas palabras, la escritura resulta una cárcel, que para ciertos mensajes sólo la voz y el canto se revelan efectivos. Por eso Juan Panadero nace campesino, se hace chacarero, se declara copla, dice hablar a voces y ensaya soleares y siguiriyas.

La palabra de Juan Panadero aprende, pues, del payador Martín, y –es evidente- complementa a la palabra de otro Juan, llevado en la maleta del exilio: Juan de Mairena, discípulo a su vez de otro Martín, Abel Martín. Juan de Mairena alimenta la condición fronteriza de las Coplas (entre literatura y filosofía) y, sobre todo, presta su pensamiento poético a los principios de poética defendidos por Panadero. “En nuestra literatura –decía Mairena- casi todo lo que no es folklore es pedantería”, sentencia que muy bien podría resumir la “gramática” del apócrifo albertiano, para quien la economía expresiva (“Es lo que vengo a cantar, / de diez palabras a veces / sobran más de la mitad”), la espontaneidad (“Yo soy como la saeta, / que antes de haberlo pensado / ya está clavada en la meta”) y el rechazo al preciosismo (“Mi copla es la claridad...”) son, entre otras, reglas inviolables.

Cronista ágrafo, Juan Panadero es también –según él- otro Juan, Juan Sin Miedo, cuya evocación en las Coplas instala a éstas, definitivamente, en el repertorio infinito de la poesía oral, alejándolas del muchas veces denostado academicismo y sugiriendo la ineficacia, en ciertos asuntos, de la palabra escrita. La intención primordial sería, pues, demostrar la supremacía de la voz y el alma sobre el libro y el intelecto, plantear que, en ocasiones, el mejor uso que se puede hacer de los libros es apilarlos en el suelo, para así alcanzar a dar un beso a Juan Nadie.

(Publicado en La Ronda del Libro. Períodico Literario de la Feria del Libro de Cádiz, núm. 6)